Artículo aparecido en el Diario Concepción, con motivo del lanzamiento de la novela "La alta torre", escrito por el periodista Ricardo Cárcamo. Edición del martes 24 de julio de 2018.
martes, 24 de julio de 2018
lunes, 23 de julio de 2018
"La alta torre" tendrá dos presentaciones
¡Tenemos buenas noticias! Ya existen fechas para la presentación de mi novela "La alta torre". Se contemplan dos presentaciones de la obra. La primera de ellas
tendrá un “formato íntimo” y contará con números poéticos y
musicales; se llevará a cabo este jueves 26 de julio a partir de las
21.45 hrs. en el espacio Taller del Libro (Av. Los Carrera 1492,
Concepción Centro).
Una segunda presentación se realizará en el marco del Ciclo de
Conversatorios “Ciudad de Letras”, el miércoles 1 de agosto a
partir de las 19 hrs. en la Librería JotaLibros (Diagonal 1265, a
pasos de Plaza Perú).
¡Les esperamos!
martes, 17 de julio de 2018
"La alta torre" o la contemplación de nuestra humanidad frente a un espejo trizado
Escribiré algunas
palabras en relación a mi nueva novela, “La alta torre”. Será publicada por la Editorial Taller del Libro, a quienes agradezco la posibilidad de visibilizar este nuevo trabajo bajo su sello.
Quisiera señalar en primer lugar que mediante su escritura tuve el
desafío de conectar las vidas de una serie de personajes extraños y
disímiles; existencias todas aparentemente individualizadas en sus
respectivas soledades, pero cuyas circunstancias finalmente les
permiten hallar cierto cause común.
Contrariamente a lo
que ocurrió en mis novelas anteriores, en “La alta torre” los
personajes fueron incorporándose al relato uno por uno, la mayoría
de las veces por necesidad. Me explico. Desde que comencé su
escritura, tuve la impresión de que las peripecias de
Octavio Careaga y la Hija del Sol resultarían suficientes para
demostrar aquello que quería representar en la obra. El abandono, el
vacío, la imposible terapia, el horror cotidiano, la a ratos poco
digna esperanza. Y sin embargo, me di cuenta de que había una serie
de situaciones que ocurrían alrededor de los dos personajes y que de
alguna forma condicionaban su actuar. De allí que decidiera agregar
algunas historias contiguas y entrelazarlas. Asimismo, enriquecían
la narración al punto de reforzar el suspenso, para que éste se
mantuviera hasta la última página del libro.
Sin entrar en
detalles, podría señalar que esta nueva novela surgió en un
momento personal de angustia y con la insólita ilusión de que algún
personaje le devolviera -con su ficción-, algo de realidad a un
mundo que cada vez se me aparecía como más irreal y despojado de sentido. “La alta torre” o los delirios de una mente
desorientada dispuesta a su ejecución. No nos engañemos. Posiblemente,
la obra no sea más que la fotografía de un puñado de intimidades a
las que se nos permite acceder entre pasajes neblinosos. Algo así
como una mirada necesaria al ocaso de unas vidas torcidas,
desahuciadas, aunque con un instinto de conservación que resulta
casi siempre conmovedor. Cuando mirar a los personajes es
contemplarse uno mismo frente a ese espejo trizado en el que se
transforma muchas veces nuestra propia realidad, fragmentada y
aparentemente inconexa, rota nuestra humanidad por las experiencias
negativas de una vida que desde niños supimos íntimamente que sería
más compleja de lo que nos decían.
No me resulta fácil
hablar de esta novela. Me tomó casi tres años escribirla, y cada una de
sus líneas atesoró el deseo de encontrar un refugio. No sé si lo
encontré, pero comprendí al escribir su último punto que había
sobrevivido a su escritura y que era, por tanto, más fuerte que cuando la comencé. Como
los propios personajes de la novela, vivimos en una sociedad
hipócrita, en medio de realidades ocultas e invisibilizadas entre la
ostentación y la estridencia exitista. No hay un lugar, pues, para
perdedores ni perdedoras. La competencia se ha devorado la
solidaridad, y con ella ha desaparecido la consideración del prójimo
como un semejante, siendo relegado a un simple ser residual dentro de
nuestro mundo de consumo y humo, al decir de Benedetti.
Quien diga que los
seres humanos no somos animales, no sabe de lo que habla. Es allí,
muchas veces, en nuestro instinto, en nuestro ser íntimo y apegado a
su estado natural, donde radica nuestra última posibilidad de
salvación. Algunos de los personajes de “La alta torre”
encuentran valentía y resolución motivados por un deseo instintivo
de alcanzar la bondad y la salvación de su humanidad. Otros
profundizan en el horror con el objetivo de borrarse de una vez y
desaparecer. Con todo, no distingo personaje alguno en que no exista,
siquiera débilmente, un afán de supervivencia para acudir -en algún
momento- a su rescate.
La esperanza parece
amanecer semi intacta en los ojos de estos seres ficticios, a los que
di origen intentando comprender lo que pasaba a mi alrededor en una
época difícil. Entonces, lo habitual era que despertaran
anhelantes con la idea de vivir un día perfecto, tras una larga
noche de siniestras pesadillas. ¡Y allí los tienen! Luchando por
convencerse de que una mañana se despertarán siendo libres de aquel
desdibujado mundo de sombras y furias.
“La alta torre”
puede ser la historia de cualquier naufragio, de la búsqueda
lastimosa de una orilla, del horizonte lejano aunque esperanzador. La
crónica de un rescate necesario que siempre será posible si así no dejamos
de concebirlo.
Concepción,
julio de 2018.
martes, 10 de julio de 2018
"Jóvenes poetas penquistas refrescan la literatura local"
Aquí una pequeña mirada al trabajo de algunos poetas de Concepción, aparecida en el Diario La Estrella, edición del jueves 7 de junio de 2018.
Enlace: http://www.estrellaconcepcion.cl/impresa/2018/06/07/papel/#9
jueves, 24 de mayo de 2018
"Una conversación entre amigos", relato publicado en revista Vientre de Ballena
Acá les dejo el relato "Una conversación entre amigos", publicado por la impecable revista amiga Vientre de Ballena.
Pueden leer "Una conversación entre amigos" aquí.
Ahí nació el relato, de tantas andanzas en aquel antro con el Shoro Meza: el responsable de tanto deja~vu hoy por hoy en el Neruda.
Salute.
domingo, 13 de mayo de 2018
"Más silenciosa que mi sombra", de Ingrid Odgers: las necesarias lecciones del desamor
Quisiera
comenzar citando dos fragmentos de la obra La creación poética
(1969), de José Miguel
Ibáñez, a partir de los cuales estructuraré esta breve
presentación. Si bien no están referidos estrictamente al quehacer
narrativo, me parecen pertinentes para adentrarnos en una breve
descripción de Más silenciosa que mi sombra.
Señala
Ibáñez que “en el poema hay vida y experiencia, y las hay con una
intensidad concentrada y máxima; pero solo cuando esta vida se hace
vida de la forma, cuando esta experiencia se hace lenguaje, solo
entonces hay poesía”. Pues bien, Más silenciosa que mi sombra
es una novela escrita en formato de un diario de vida, y esto no
casual. ¿Existirá algo más irreductiblemente íntimo, algo más
secreto e inconfesable que las palabras náufragas que se refugian en
un diario de vida? Verónica, la protagonista, se esmera en que sus
confesiones queden a resguardo de las manos -indiferentes- de
Alberto. Y es que al esposo distante y dotado de una frialdad brutal
poco parecen importarles el sufrimiento, la precariedad afectiva de
Verónica, que finalmente y al principio culposamente, cede a la
posibilidad salvadora de salir a buscar a otro alguien que le
devuelva su juventud y su sonrisa.
Vida
y experiencia; experiencia que se hace lenguaje en clave de diario de
vida, único compañero de las alegrías, penas y desventuras de
Verónica. Es gracias a este diario que nos llega su testimonio de
soledad, hastío y postergación. El libro de Ingrid no escatima en
buscar la identificación con el lector o lectora, e incluso ofrece
ciertos pasajes que permiten situar a quienes exploran sus páginas
en una dinámica de reconocimiento.
Afirmo,
las relaciones familiares se deterioran al no saber decirse las cosas
con amor y comprensión, al no saber interpretar uno lo que el otro
le quiere decir, al tratar de cambiarle a como dé lugar para hacer
realidad las expectativas que llevaron al matrimonio, al asumir
actitudes defensivas cuando se sienten atacados en su intimidad, al
no sentirse aceptados por ser como son, y al no contar con el
estímulo para asumir con plena libertad la mejora personal
(p.43).
Lo
anterior permite establecer igualmente un diálogo con las
motivaciones creadoras, en este caso, tanto de Verónica, como de la
propia autora de la novela. Nos acercamos, pues, a la “percepción
ideal de la obra”, que consiste en la participación activa por el
espectador de las motivaciones creadoras (vivencias, sentimientos,
inspiración, intenciones), ta como en el alma del artista dieron
lugar a la obra (Ibáñez, 1969:27).
Ese
puente, aquellos “vasos comunicantes” que establece Ingrid en el
lector no serían posibles sin la utilización de un lenguaje
sencillo y directo, “cotidiano” si se quiere, pues es
precisamente el uso de este lenguaje el que nos permite aproximarnos
a la intimidad del hogar quebrado, de la familia disfuncional, pero
también de la crisis existencial y del desamor.
Sentirse
prisionera tampoco es un estado de felicidad, ni qué decirlo, es
estar enjaulada con trozos de hielos que congelan el alma, no hay
pira que lo consuma, transforma a la vida en un estado casi agónico.
Cuando Alberto está en casa, la vida parece más dura, más
condenadamente insufrible. Y eso que está poco (p.98).
Verónica,
a sus jóvenes 35 años se cree vieja. Acepta la postergación que
padece como una consecuencia natural de su “vejez”, y le parece
como si la vida avanzara sin ella. Los constantes episodios de
soledad, la conducta a ratos “enajenada”, el hecho de no sentirse
plena o al menos “en igualdad de condiciones” en las
conversaciones que sostiene con sus amistades son prueba de ello.
Adonde quiera que va, incluso dentro de su propia casa, es una
extraña. Y solo pareciera asomar la conciencia del necesario -e
inminente- despertar de esa realidad frente a las frustraciones
ajenas, como la de Pepiña, la fiel asesora del hogar.
Sí,
Ingrid consigue que no permanezcamos indiferentes frente al
desenlace. A medida que avanzamos en la lectura, las cosas se tornan
inciertas, arremolinadas; lo único que nos queda claro, y es la
impresión que posee el libro desde su primera página es que “algo
grande va a pasar”. Fíjense qué curioso. Sometidos muchas veces
en nuestra propia existencia a la rutina de una vida infeliz,
haciendo eco de lo que Adamo inmortalizó como: “es mi vida, no es
un infierno, tampoco es un edén”, y que bien podría constituirse
como un himno de los amores fracasados, de las relaciones
disfuncionales; de las pasiones kármicas o como quiera llamárselas;
bueno, sometidos a ese infierno sobrevivible y aletargante, muchos
optamos por cerrar los ojos -y pensándolo bien, todos nuestros
sentidos-, y dejarnos arrastrar por la inercia. Con eso de que “tan
malo no es esto”, o “al menos todavía tengo mis pequeños
momentos de alegría”, como si la felicidad fuera ya inalcanzable,
“a esas alturas”, “mejor diablo -o diabla- conocido que por
conocer”, cerramos la puerta y nos tragamos la llave.
Es
aquí donde yo me pregunto -es inevitable-: ¿cuántas verónicas,
cuántos verónicos nos ahorraríamos como sociedad con una adecuada
educación sentimental? ¿Acaso no son estas “habilidades blandas”
de a vida las que se encargan de resolvernos los problemas más
“duros”? Me duele esta Verónica, me duele en el alma y todo el
rato que transcurre mi lectura de Más silenciosa que mi sombra
no puede dejar de dar vueltas en mi cabeza su figura deambulando de
un lugar a otro de la casa; conformándose con la mezquina rebanada
de felicidad que se anida en el amor de sus hijos, o en la casi
ingenua emoción y ansiedad que antecede a sus juntas con las amigas.
Bien Verónica, son finamente los amigos y amigas quienes acaban por
sacudirlo a uno. Es la contemplación de las vidas ajenas, siempre
imperfectas, a veces felices, a veces no, pero reales al fin y
al cabo. No es la felicidad ajena sino el simulacro de la nuestra la
que nos remece y despierta.
Y
entonces tiene lugar la subversión, el decidirse a ir al encuentro
de lo prohibido. Verónica y Matías. Verónica y Álvaro. Nuevas
personas para enfrentar las mismas dificutades, como dice una canción
por ahí. Entrar en la búsuqeda de ese otro que acabe de liberarnos
de la cárcel que sigilosamente la vida se ha encargado de tendernos
y perpetuar en nosotros…, hasta aquel instante definitivo: caemos
en la trampa.
Reflexiono
en nosotros, convertidos en amantes, furtivos enamorados, en lo
terrible que es la infidelidad, ella no nos hace más felices, nos
corrompe al convertirnos en embusteros. La trampa del engaño tiene
la ferocidad de un gato montés. Pienso: nos hiere en las cuerdas del
placer (p.63).
Lo
que sobreviene es la contemplación de uno mismo como un ser curioso,
una nueva forma de vida extraña que se abre paso hacia nosotros sin
que casi nos enteremos. Al menos, la contemplación en el espejo nos
parece un ritual ligeramente menos patético que antes. Eso sí,
cualquier brillo en la mirada no podrá omitir su carga culposa,
después de todo, estamos haciendo mal, estamos siendo infieles. Casi
sin reconocer que hace mucho, muchísimo tiempo, comenzamos a sernos
infieles a nosotros mismos.
Álvaro
llamó temprano y yo feliz de escucharlo. Hoy lo vería. Vamos a dar
una vuelta a Talcahuano, Tumbes o al aeropuerto, me dijo. Pensé:
dónde me lleves está bien, el lugar no importa contigo al lado. Soy
una fresca, me digo, por primera vez no me asusta serlo o parecerlo
(p.81).
Lo
que viene después lo dejo a a expectación del lector o lectora. Es
él quien habrá de juzgar o no a Verónica, a la espera de “eso
grande” que está por pasar…, y pasará. Está en todos y todas
las potenciales Verónicas el atender a tiempo el llamado de nuestra
propia felicidad, sea porque está allí para cobijarnos del mundo
exterior, para armonizarnos con él, o bien para evidenciar nuestro
apego a una vida exenta de emociones y afectos.
Estoy
convencido que el amor es un acto revolucionario; contrario sensu,
el desamor es lo más reaccionario que puede haber, ya que atenta a
las raíces mismas de aquello que esencialmente somos. Más
silenciosa que mi sombra es un grito que nos alerta frente a
estas cuestiones que de tan aterradoramente cotidianas que son a mí
en lo personal me horrorizan. Verónica se vuelve hacia nosotros,
lectores todos, con la urgencia de examinarnos a nosotros mismos:
quiénes somos y hacia dónde vamos. Movimiento propio y no ajeno, no
vaya a ser cosa que de tanto autoconvencimiento, de tanta
resignación, acabemos transformándonos en una sombra. Salgamos de
allí. Gracias, Ingrid, por el consejo.
Concepción, viernes 9 de marzo de
2018.
martes, 16 de enero de 2018
Bitácora de instantes y paisajes: una lectura a "Miradas" de Alan González
Los diálogos, las miradas, los
fragmentos. La conversación de las aves que planean sobre las
ciudades. El sonido de unos tambores que te inquietan y parecen
provenir de la Laguna Tres Pascualas, justo antes de que la micro
siga su curso hacia un lugar al que no estás seguro de querer
llegar. Los avances, los retrocesos, los repliegues tácticos; las
formas de ver la vida, los horizontes posibles de cada perspectiva.
Y uno. Uno mismo fragmentándose en toda
esa locura, en todas esas visiones que en esta u otra vida pudieron
ser las nuestras, con la misma y arrogante fragilidad que
evidenciamos al contemplar un amanecer u ocaso creyendo que nos
pertenece por el solo hecho de necesitar su imagen.
Porque es el hecho de atisbar lo que se
oculta detrás de cada mirada, aquel breve universo, lo que mucha
veces nos arroja luces sobre nuestras propias sombras. Como las
“tragedias que no nos dejan hacer celebración” (Denuncia,
p.23), y por las que nos tildan de “resentidos”, como si la
fascinación por un mismo vacío no pudiese hermanar en algún punto
nuestras miradas. Como si estuviéramos dispuestos a otorgarle la
razón, a hacer que se salga con la de ellos, esos que devastan la
felicidad ajena para poder edificar la suya; esa felicidad egoísta y
siempre solitaria de los poderosos. A los que, por cierto, se les ve
tan sonrientes por estos días…
Veo en ese puñado de miradas que nos
ofrece Alan un pasaje hacia numerosos y secretos jardines
existenciales, cuyas imágenes en mosaico en mucho se parecen a la
bitácora de un viaje muy querido. “Entonces disfruto de estar
solo, aunque no lo estoy, pues tengo todos los paisajes como mi hogar
y a todos los habitantes del mundo como mis hermanos” (Viaje,
p.50), nos dice Alan, y al menos yo le creo, pues desde hace ya
varios años que también sueño y creo -¡vaya contradicción!-, en
que el arte es una manera de darle sentido y forma al mundo.
“Esa mano invisible que maneja el
sistema capitalista, ¿no seremos quizás todos nosotros?”
(Invisible, p.114) nos pregunta el autor, disparando al
corazón de nuestros sentidos, muchas veces aturdidos por el capital
y sus artimañas. No somos, no seremos, y la negación que pudiese
continuar horriblemente ejerciendo nuestra 'autoridad microfascista',
sobre el pobre borracho que pasó a llevarnos en el bar, sobre el
mendigo víctima del sistema, claro, pero por Dios que huele mal, no
pues, que así cómo te voy a dar una chaucha para tranquilizar mi
conciencia, ¡báñate primero!
Es la mirada del otro, entonces, la que
nos aterriza. Cierto. Igualmente hay miradas que nos hechizan hacen
volar, pero qué bien viene a veces remecernos con el alma desnuda de
algún semejante. Y es que no olvidemos que estamos tratando de
“grandes asuntos”. Una mirada puede poner en juego no solo
nuestro mundo interior, sino también la trayectoria de dos pájaros
en vuelo.
“Cuando pienso en la utopía, siento
miedo a que podamos ser permanentemente felices” (Utopía,
p.119), porque claro, ya sabemos lo mal que terminan algunas. Mucho
peor las que nunca se empiezan. Son esos 'fuegos bajo el agua', como
alguien los llama por ahí, los que conjugan además el territorio y
nuestra memoria. Allá quien se alimente solo de certezas; es la
incertidumbre, las dulces corazonadas, las que nos hacen dar nuestros
mejores pasos.
Los diálogos, las miradas, los
fragmentos. La conversación de las aves que planean sobre las
ciudades. Las miles de vidas presentes en el resplandor de unas
pupilas dilatadas al infinito de la contemplación. Es cierto que
solo unas pocas miradas verdaderamente nos iluminarán a lo largo de
nuestras vidas, y eso ya nos hace afortunados y afortunadas.
No tengo, pues, nada que agregar más que
el deseo que en alguno de estos microcuentos encuentres aunque sea un
resplandor de lo que buscaste al comenzar su lectura; que tus ojos se
posen en las palabras de Alan y que sus miradas al fin se encuentren
y fusionen.
Muchas gracias.
Taller del Libro, Concepción, 21 de
diciembre de 2017.
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