A propósito del lanzamiento de la novela "Los lacayos", un artículo aparecido en Diario El Sur, edición del martes 25 de noviembre de 2014.
sábado, 6 de diciembre de 2014
"La literatura debe aportar a la transformación de nuestra realidad"
Escritor,
periodista, estudiante de literatura y colaborador de Resumen, Oscar Sanzana
Silva acaba de publicar su segunda novela, llamada “Los lacayos”, bajo el sello
editorial Ediciones Orlando. Este trabajo viene a suceder a “Rituales”, que
lanzara a fines de 2012.
Sanzana se
declara un poeta y narrador independiente, y arremete en la escena literaria de
Concepción con una novela cargada de dos de sus ingredientes favoritos: historias
cruzadas que tienen como escenario la ciudad y un fuerte componente de crítica
social.
"Como buena novela, ‘Los Lacayos’, habla
un poco de todo. Por una parte, tienes un estudiante frustrado cuyo idealismo
se estrella contra la realidad; por otra, un ejecutivo obsesionado con escalar
posiciones; una esposa que descubre un engaño y decide llevar a cabo una cruel
venganza, y entremedio, un par de personajes cuyas convicciones los sumergen en
una paranoia constante. Es una novela que nos llama a cuestionarnos cuál
queremos que sea nuestro papel dentro de la sociedad: si nos compramos el
exitismo, si somos verdugos o, peor aún, simples lacayos, o bien si estamos
dispuestos a actuar para que las cosas sean diferentes", señala el joven
autor.
Si bien “Los
lacayos” corresponde a su tercer libro publicado en una editorial, Sanzana
tiene a su haber una serie de poemarios que corresponden a autoediciones rústicas.
Entre estos se destacan “El sueño del mundo” (2012), “El último infierno” (2013), “Trayectorias”
(2013) y “Manual de emprendimiento para suicidas” (2014). A todos ellos es
posible acceder de manera gratuita a través de su blog (http://sanzanasilva.blogspot.com).
Oscar Sanzana
Silva dice ser muy crítico frente al panorama literario actual, apuntando sus
dardos a las editoriales transnacionales. “Lo que tenemos mayoritariamente son
obras inofensivas, timoratas, que poco o nada aportan a la que, creo yo, debe
ser la función de la literatura y el arte en su conjunto: convertirse en una
fuerza transformadora de la realidad”, señala, agregando que “las editoriales
grandes prefieren replicar viejas fórmulas de venta, las obras se publican con un
estudio de mercado detrás, y eso es nefasto”.
Literatura desde los territorios
El autor de
“Los lacayos” sostiene que se siente parte de una generación literaria que parece
florecer al margen de los grandes proyectos editoriales. “Me siento mucho más
cercano a una literatura que aspire a ser una crónica desde los territorios,
una literatura capaz de acompañar un proceso de reencuentro de ideales, diverso
y colectivo. Hoy en día y poco a poco hay varios poetas, narradores y
dramaturgos jóvenes en Concepción que estamos convergiendo, que nos estamos
encontrando, y eso claramente es un buen síntoma, porque no hay cambio social
posible que no pase también por un cambio cultural”.
La novela “Los
lacayos” es posible encontrarla en la librería “Jota Libros”, de la Diagonal, a
pasos de la Plaza Perú, en la Galería Zaguán (Rengo 125), o tratando
directamente con el autor, al correo: osanzana@gmail.com
.
(Artículo aparecido en Periódico Resumen, edición de diciembre de 2014)
LANZAMIENTO DE LA NOVELA "LOS LACAYOS"
Salió todo muy bien. Buen público, buena conversa, buen vinito. El pasado martes 25 de noviembre tuvo lugar en Concepción (Galería Zaguán) el lanzamiento de mi segunda novela, a la que había dedicado algunas líneas en este mismo blog con anterioridad.
Puedo decir que "Los lacayos" ha tenido bastante buena recepción, y en términos de difusión, también estoy más que conforme. No todos los días los escritores tenemos tribuna en radio, diarios e incluso en un matinal, así es que todo bien por ese lado.
2014 ha sido un año difícil, pero se despide de muy buena forma. Agradezco a todos quienes nos acompañaron en el lanzamiento, en especial a Ingrid Odgers, directora de Ediciones Orlando, a mi colega y amigo Gabriel Meza, y por supuesto, a la gente de Zaguán por la buena onda. Quedó pendiente la lectura de algunos poemitas del "Manual de Emprendimiento para Suicidas", pero seguro que este 2015 será prolífico en encuentros y lecturas.
Acá les dejo algunas "capturas" del evento (gentileza de Zaguán):
domingo, 9 de noviembre de 2014
Fealdad
Su primer encuentro con lo feo se produjo
cerca de los siete años. Eso decían los recuerdos, al menos. Acompañó a su
padre a una librería y entonces se topó con ello.
La cubierta de una novela de samuráis se transformó en el primer verdugo de
algunas noches de su niñez. No pudo evitar despertarse de madrugada y creer
divisar en la oscuridad el horroroso rostro de aquel guerrero nipón que tanto
lo impresionara. Una despiadada abyección recorría cada surco de su cara, y le
pareció que tarde temprano se hallaría frente a él, y que entonces le habría
llegado su hora.
La segunda experiencia lo marcó de tal manera
que se creyó perdido. Solo el tiempo pudo remediar en algo su miedo, hasta
devolverle la normalidad. Sin embargo, se convenció de que cuando contemplara
una tercera Gran Fealdad como esa, no se repondría. Se trató de su primera
novia, cuando tenía algo así como diecisiete. Se tomó el asunto muy en serio.
Se hizo amigo de sus suegros, habitué en casa de su amada, y tres veces estuvo
a punto de perder su carrera universitaria por amor. O mejor dicho, por
calentura. Porque él ignoraba por completo que a su novia no le bastaba con las
dos sesiones semanales de amor. El
encontrársela desnuda en la cama de su hermano mayor fue algo realmente
feísimo. La insultó a lo largo y ancho de toda la Remodelación Paicaví. En uno
de sus jardines, consiguió que ella se arrodillara suplicándole perdón, solo
para tener una última
fotografía antes de abandonarla bajo la intensa lluvia.
La tercera vez que pasó por algo semejante,
la cosa anduvo un poco más lenta. Para cualquier ser humano, aceptar una
derrota tan dolorosa no resulta tarea fácil. Fue arriba de una micro
Rengo-Lientur. Volvía a su casa agotado luego de un turno de noche en una
industria de Hualpén. Cuando estaba a punto de quedarse dormido en su asiento,
la micro se detuvo en un paradero de Avenida Chacabuco y coincidió con que le
dio el semáforo en rojo. Esto hizo que tuviera todo el tiempo del mundo para
fijar su atención en un hombrecito de lentes, de mirada algo extraviada,
vestido desaliñadamente, y que cargaba una enorme mochila en sus espaldas. De
inmediato, reparó en el rostro del sujeto. Aquella expresión reflejaba no solo
el cansancio de portar por largo rato el peso de esa mochila. Había algo más.
Detrás de los lentes, esos ojos ocultaban una llamarada de rencor. Profundo
rencor hacia una vida que lo había reducido a eso. Supuso que en otro tiempo este hombre había soñado con ser
otro, y que había sido la vida la que se encargó de barrer con sus
expectativas, reduciéndolo a lo que era ahora: una cosa fea, peor incluso que el samurái.
La micro reanudó su marcha, pero la imagen
del sujeto del paradero se las arregló para hacerse indeleble dentro de su
cabeza. Sin embargo, no constató la fealdad sino hasta la mañana siguiente.
Cansado por el nuevo turno y con el peso del trasnoche a cuestas, no pudo
evitar mirarse un poco más de lo normal en el espejo tras lavarse la cara.
Entonces lo descubrió. Sus ojos
poseían una expresión flamígera y rencorosa similar a la de aquel individuo.
También él había soñado con ser otro. Domesticado, explotado y exprimido, los
días en los que se pensó libre, dueño de su vida, con la posibilidad de dejarlo
todo y volver a empezar una y otra vez, se habían marchado para siempre. La
vida se las arregló para atraparlo, y hacer de él también una cosa fea. Herido
y desesperado como estaba, usó un frasco de perfume para quebrar el espejo en
varios puntos. Luego se tumbó sobre la cama y se echó a llorar, como un
condenado a muerte.
(Destrozado y maligno, 2013)
lunes, 29 de septiembre de 2014
Arriba de la micro
Me encuentro algo perdido. Necesito tomar una micro y
no recuerdo exactamente cuál es la que me sirve. Sin minutos en el
teléfono y con el extraño deseo de hacerme invisible por unos instantes,
con ganas de desplazarme flotando por las calles de la ciudad, me subo
al primer microbús que se detiene a dejar un pasajero en un solitario
paradero de Avenida 21 de Mayo. Por supuesto, elijo el asiento de la
ventana, más o menos al medio.
Columna aparecida en el Periódico Resumen, edición de septiembre de 2014.
Pongo algo de música en mis oídos y por momentos me
da la impresión de estar frente a un videoclip grabado en esta ciudad,
cuyos fragmentos tejen una historia de difícil interpretación dentro de
mi cabeza. Una esquina, un gesto, un perro, un grafiti, un neón. La
ciudad me comunica y yo me comunico con este monstruo del cual
posiblemente solo seamos sus vísceras, o bien su sangre envenenada. El
rostro dibujado en el aire por un nudo de cables sobre calle Maipú
consigue sacarme de estas cavilaciones, impulsándome a mantenerme en
circulación, aunque desconociendo el destino último que tendrá este
recorrido.
Me bajo en un paradero cercano a la Universidad del
Bío Bío, cruzo la calle e inmediatamente me subo a otra micro. Intuyo
las arterias que recorreré, y me genera cierto placer pensar en que
seguiré alimentando mi mirada con las sugerentes visiones de aceras y
galerías. A esa altura, ciertamente, estoy decidido a dejarme llevar por
mi extravío. Paso frente a la Plaza Acevedo, donde un grupo de niños
juega en medio de los dinosaurios a escala real. Algunos de los que
parecen ser sus padres, por su parte, se toman fotos poniendo la cabeza
en sus fauces.
Algo sucede al llegar al paradero de micros de calle
Tucapel y Avenida Los Carrera. De allí arrancan los buses que van hacia
las comunas de Coronel, Lota y Arauco. Un par choferes se trenzan a
golpes ante la mirada de transeúntes y colegas. De cada diez manotazos,
con suerte conectan uno. Nadie se acerca para intentar separarlos. Es
probable que a nadie le importe demasiado que se lastimen entre ellos.
Creo comprobarlo al ver a dos estudiantes contemplando la grotesca
escena y riendo a carcajadas.
Tomo otra micro y entonces, en el camino comienza a
oscurecer y a medida que me acerco a Concepción experimento unas ganas
descabelladas de bajarme, de terminar a pie el recorrido que me devuelva
a casa. Sin embargo, y como dicen algunos, la noche no asegura ningún
retorno. Al pasar por la rotonda Paicaví constato lo evidente. La ciudad se ha vuelto líquida.
Por su acuosidad navegan erráticamente algunos individuos que parecen
querer desaparecer de la escena que contemplo, volver a casa, asistir a
alguna cita, llegar hasta su lugar de trabajo, o simplemente echarse a
andar a merced de las corrientes.
Encontrándome a escasas dos cuadras del paradero de
Avenida 21 de Mayo que marca el fin de mi viaje, ocurre algo. Otra
micro, con la cual el conductor se ha enfrascado en una frenética
carrera a lo largo del viaje, se detiene al lado de la máquina que me
transporta, y al coincidir ambas en la luz roja del semáforo, la
cercanía de esa otra micro me permite examinar detenidamente a sus
pasajeros. Me parece, por un instante, estar frente a un espejo con
algún grado de distorsión. Nuestras miradas se entrecruzan y funden como
las de peces examinándose desde detrás de las paredes de sus
respectivos acuarios. No somos prisioneros entonces. Pero tampoco libres
del todo. Solo cuerpos anónimos que alimentan el flujo de esta bestia
que nos acoge, acerca y separa, con una frialdad tan ominosa que
cualquiera de nosotros, pasajeros todos, estoy seguro daría cualquier
cosa por adelantar la incómoda escena, y que la micro continúe su andar,
para bajarnos pronto y volvernos a sentir únicos, dueños orgullosos de
nuestras soledades, al fin peatones caminando sobre la acera firme y no
navegantes de una ciudad que desde detrás de los cristales no es más que
un paisaje ruidoso.
(Fotografía de Michelle Foulon)
Columna aparecida en el Periódico Resumen, edición de septiembre de 2014.
viernes, 8 de agosto de 2014
De Concepción y concepciones: primer encuentro de poetas NN
Estuvo bueno el Encuentro, sobre todo ese sentimiento de ser parte de una generación que se abre paso de forma muy piolita en la escena literaria de Conce (la capital poética de Chile, y a quien no le guste, que se la banque). Siempre es bueno compartir con los colegas.
Una lluvia torrencial por poco me impidió llegar, la micro me dejó como a un kilómetro de la U. Católica y la poca visibilidad de la autopista se encargó de agregarle adrenalina al asunto. Pero entrar hecho sopa a un lugar donde se junta un buen lote de gente a leer y escuchar poesía siempre tendrá su gracia. En fin, mis agradecimientos al grupo literario "sujeto a discusión", al Pancho Valenzuela por la imprudencia de soltar a un puñado de orates a disparar sus barbaridades en la casa del señor... cura.
jueves, 31 de julio de 2014
"Los lacayos", próxima novela en el horno
Se aproxima la publicación de una nueva novela. Se trata de "Los lacayos". Actualmente se encuentra en proceso de edición editorial, bajo el sello "Ediciones Orlando". Se lanzará conjuntamente con el poemario "Manual de emprendimiento para suicidas", publicado en formato librillo por las "Ediciones Carajo".
"Los lacayos" la escribí en el primer semestre del 2013, para mejorarla luego a comienzos de este 2014. En este proceso conté con la ayuda de Gabriel Meza, con quien fuéramos socios en la Revista Azoteas. Por supuesto, la acción tiene lugar en Concepción, en un Conce invernal, en medio de temporales y azares, como la lluvia que impacta violentamente mi ventana mientras escribo esto.
Aquí les dejo una pequeña reseña de la novela. Se avisará oportunamente fecha y lugar de lanzamiento:
“'Los lacayos'” narra la historia
de un grupo de personajes que se debaten entre vivir creativamente o dejarse
llevar por el flujo propio de la vida en ciudad. En el fragor de esta lucha,
que a ratos se vuelve esencial, pueden ser al mismo tiempo víctimas y victimarios.
Víctimas, del culto al progreso y sus presumibles valores y sacrificios.
Victimarios, cuando la difícil integración despliega sus ataduras y exige
lealtades inquebrantables.
Claudio Del Monte es un outsider cuya miseria lo empuja a
aceptar un empleo detrás de un escritorio y con el debido cumplimiento de
horarios. Anastasio, en cambio, es la imagen misma del éxito: joven, admirado,
a un paso de formar parte del directorio de su empresa, y con la habitual doble
vida que suele coronar a las personalidades avasalladoras. En la vereda de
enfrente se encuentran Ramiro Nahuel y Cristina, cuyo compromiso político los
lleva a vivir en un estado de permanente paranoia.
El autor incursiona en una obra
que devela ciertos desequilibrios, anormalidades y tensiones subterráneas que
tienen lugar en la ciudad, y que se escriben como notas al margen del exitismo
proyectado por los letreros luminosos de sus avenidas".
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