martes, 10 de julio de 2018

"Jóvenes poetas penquistas refrescan la literatura local"


Aquí una pequeña mirada al trabajo de algunos poetas de Concepción, aparecida en el Diario La Estrella, edición del jueves 7 de junio de 2018.

Enlace: http://www.estrellaconcepcion.cl/impresa/2018/06/07/papel/#9




jueves, 24 de mayo de 2018

"Una conversación entre amigos", relato publicado en revista Vientre de Ballena


Acá les dejo el relato "Una conversación entre amigos", publicado por la impecable revista amiga Vientre de Ballena.

Pueden leer "Una conversación entre amigos" aquí.

Ahí nació el relato, de tantas andanzas en aquel antro con el Shoro Meza: el responsable de tanto deja~vu hoy por hoy en el Neruda.

Salute.



domingo, 13 de mayo de 2018

"Más silenciosa que mi sombra", de Ingrid Odgers: las necesarias lecciones del desamor



Quisiera comenzar citando dos fragmentos de la obra La creación poética (1969), de José Miguel Ibáñez, a partir de los cuales estructuraré esta breve presentación. Si bien no están referidos estrictamente al quehacer narrativo, me parecen pertinentes para adentrarnos en una breve descripción de Más silenciosa que mi sombra.

Señala Ibáñez que “en el poema hay vida y experiencia, y las hay con una intensidad concentrada y máxima; pero solo cuando esta vida se hace vida de la forma, cuando esta experiencia se hace lenguaje, solo entonces hay poesía”. Pues bien, Más silenciosa que mi sombra es una novela escrita en formato de un diario de vida, y esto no casual. ¿Existirá algo más irreductiblemente íntimo, algo más secreto e inconfesable que las palabras náufragas que se refugian en un diario de vida? Verónica, la protagonista, se esmera en que sus confesiones queden a resguardo de las manos -indiferentes- de Alberto. Y es que al esposo distante y dotado de una frialdad brutal poco parecen importarles el sufrimiento, la precariedad afectiva de Verónica, que finalmente y al principio culposamente, cede a la posibilidad salvadora de salir a buscar a otro alguien que le devuelva su juventud y su sonrisa.



Vida y experiencia; experiencia que se hace lenguaje en clave de diario de vida, único compañero de las alegrías, penas y desventuras de Verónica. Es gracias a este diario que nos llega su testimonio de soledad, hastío y postergación. El libro de Ingrid no escatima en buscar la identificación con el lector o lectora, e incluso ofrece ciertos pasajes que permiten situar a quienes exploran sus páginas en una dinámica de reconocimiento.

Afirmo, las relaciones familiares se deterioran al no saber decirse las cosas con amor y comprensión, al no saber interpretar uno lo que el otro le quiere decir, al tratar de cambiarle a como dé lugar para hacer realidad las expectativas que llevaron al matrimonio, al asumir actitudes defensivas cuando se sienten atacados en su intimidad, al no sentirse aceptados por ser como son, y al no contar con el estímulo para asumir con plena libertad la mejora personal (p.43).

Lo anterior permite establecer igualmente un diálogo con las motivaciones creadoras, en este caso, tanto de Verónica, como de la propia autora de la novela. Nos acercamos, pues, a la “percepción ideal de la obra”, que consiste en la participación activa por el espectador de las motivaciones creadoras (vivencias, sentimientos, inspiración, intenciones), ta como en el alma del artista dieron lugar a la obra (Ibáñez, 1969:27).

Ese puente, aquellos “vasos comunicantes” que establece Ingrid en el lector no serían posibles sin la utilización de un lenguaje sencillo y directo, “cotidiano” si se quiere, pues es precisamente el uso de este lenguaje el que nos permite aproximarnos a la intimidad del hogar quebrado, de la familia disfuncional, pero también de la crisis existencial y del desamor.

Sentirse prisionera tampoco es un estado de felicidad, ni qué decirlo, es estar enjaulada con trozos de hielos que congelan el alma, no hay pira que lo consuma, transforma a la vida en un estado casi agónico. Cuando Alberto está en casa, la vida parece más dura, más condenadamente insufrible. Y eso que está poco (p.98).



Verónica, a sus jóvenes 35 años se cree vieja. Acepta la postergación que padece como una consecuencia natural de su “vejez”, y le parece como si la vida avanzara sin ella. Los constantes episodios de soledad, la conducta a ratos “enajenada”, el hecho de no sentirse plena o al menos “en igualdad de condiciones” en las conversaciones que sostiene con sus amistades son prueba de ello. Adonde quiera que va, incluso dentro de su propia casa, es una extraña. Y solo pareciera asomar la conciencia del necesario -e inminente- despertar de esa realidad frente a las frustraciones ajenas, como la de Pepiña, la fiel asesora del hogar.

Sí, Ingrid consigue que no permanezcamos indiferentes frente al desenlace. A medida que avanzamos en la lectura, las cosas se tornan inciertas, arremolinadas; lo único que nos queda claro, y es la impresión que posee el libro desde su primera página es que “algo grande va a pasar”. Fíjense qué curioso. Sometidos muchas veces en nuestra propia existencia a la rutina de una vida infeliz, haciendo eco de lo que Adamo inmortalizó como: “es mi vida, no es un infierno, tampoco es un edén”, y que bien podría constituirse como un himno de los amores fracasados, de las relaciones disfuncionales; de las pasiones kármicas o como quiera llamárselas; bueno, sometidos a ese infierno sobrevivible y aletargante, muchos optamos por cerrar los ojos -y pensándolo bien, todos nuestros sentidos-, y dejarnos arrastrar por la inercia. Con eso de que “tan malo no es esto”, o “al menos todavía tengo mis pequeños momentos de alegría”, como si la felicidad fuera ya inalcanzable, “a esas alturas”, “mejor diablo -o diabla- conocido que por conocer”, cerramos la puerta y nos tragamos la llave.

Es aquí donde yo me pregunto -es inevitable-: ¿cuántas verónicas, cuántos verónicos nos ahorraríamos como sociedad con una adecuada educación sentimental? ¿Acaso no son estas “habilidades blandas” de a vida las que se encargan de resolvernos los problemas más “duros”? Me duele esta Verónica, me duele en el alma y todo el rato que transcurre mi lectura de Más silenciosa que mi sombra no puede dejar de dar vueltas en mi cabeza su figura deambulando de un lugar a otro de la casa; conformándose con la mezquina rebanada de felicidad que se anida en el amor de sus hijos, o en la casi ingenua emoción y ansiedad que antecede a sus juntas con las amigas. Bien Verónica, son finamente los amigos y amigas quienes acaban por sacudirlo a uno. Es la contemplación de las vidas ajenas, siempre imperfectas, a veces felices, a veces no, pero reales al fin y al cabo. No es la felicidad ajena sino el simulacro de la nuestra la que nos remece y despierta.

Y entonces tiene lugar la subversión, el decidirse a ir al encuentro de lo prohibido. Verónica y Matías. Verónica y Álvaro. Nuevas personas para enfrentar las mismas dificutades, como dice una canción por ahí. Entrar en la búsuqeda de ese otro que acabe de liberarnos de la cárcel que sigilosamente la vida se ha encargado de tendernos y perpetuar en nosotros…, hasta aquel instante definitivo: caemos en la trampa.

Reflexiono en nosotros, convertidos en amantes, furtivos enamorados, en lo terrible que es la infidelidad, ella no nos hace más felices, nos corrompe al convertirnos en embusteros. La trampa del engaño tiene la ferocidad de un gato montés. Pienso: nos hiere en las cuerdas del placer (p.63).

Lo que sobreviene es la contemplación de uno mismo como un ser curioso, una nueva forma de vida extraña que se abre paso hacia nosotros sin que casi nos enteremos. Al menos, la contemplación en el espejo nos parece un ritual ligeramente menos patético que antes. Eso sí, cualquier brillo en la mirada no podrá omitir su carga culposa, después de todo, estamos haciendo mal, estamos siendo infieles. Casi sin reconocer que hace mucho, muchísimo tiempo, comenzamos a sernos infieles a nosotros mismos.

Álvaro llamó temprano y yo feliz de escucharlo. Hoy lo vería. Vamos a dar una vuelta a Talcahuano, Tumbes o al aeropuerto, me dijo. Pensé: dónde me lleves está bien, el lugar no importa contigo al lado. Soy una fresca, me digo, por primera vez no me asusta serlo o parecerlo (p.81).



Lo que viene después lo dejo a a expectación del lector o lectora. Es él quien habrá de juzgar o no a Verónica, a la espera de “eso grande” que está por pasar…, y pasará. Está en todos y todas las potenciales Verónicas el atender a tiempo el llamado de nuestra propia felicidad, sea porque está allí para cobijarnos del mundo exterior, para armonizarnos con él, o bien para evidenciar nuestro apego a una vida exenta de emociones y afectos.

Estoy convencido que el amor es un acto revolucionario; contrario sensu, el desamor es lo más reaccionario que puede haber, ya que atenta a las raíces mismas de aquello que esencialmente somos. Más silenciosa que mi sombra es un grito que nos alerta frente a estas cuestiones que de tan aterradoramente cotidianas que son a mí en lo personal me horrorizan. Verónica se vuelve hacia nosotros, lectores todos, con la urgencia de examinarnos a nosotros mismos: quiénes somos y hacia dónde vamos. Movimiento propio y no ajeno, no vaya a ser cosa que de tanto autoconvencimiento, de tanta resignación, acabemos transformándonos en una sombra. Salgamos de allí. Gracias, Ingrid, por el consejo.

Concepción, viernes 9 de marzo de 2018.








martes, 16 de enero de 2018

Bitácora de instantes y paisajes: una lectura a "Miradas" de Alan González



     Los diálogos, las miradas, los fragmentos. La conversación de las aves que planean sobre las ciudades. El sonido de unos tambores que te inquietan y parecen provenir de la Laguna Tres Pascualas, justo antes de que la micro siga su curso hacia un lugar al que no estás seguro de querer llegar. Los avances, los retrocesos, los repliegues tácticos; las formas de ver la vida, los horizontes posibles de cada perspectiva.

     Y uno. Uno mismo fragmentándose en toda esa locura, en todas esas visiones que en esta u otra vida pudieron ser las nuestras, con la misma y arrogante fragilidad que evidenciamos al contemplar un amanecer u ocaso creyendo que nos pertenece por el solo hecho de necesitar su imagen.

    Porque es el hecho de atisbar lo que se oculta detrás de cada mirada, aquel breve universo, lo que mucha veces nos arroja luces sobre nuestras propias sombras. Como las “tragedias que no nos dejan hacer celebración” (Denuncia, p.23), y por las que nos tildan de “resentidos”, como si la fascinación por un mismo vacío no pudiese hermanar en algún punto nuestras miradas. Como si estuviéramos dispuestos a otorgarle la razón, a hacer que se salga con la de ellos, esos que devastan la felicidad ajena para poder edificar la suya; esa felicidad egoísta y siempre solitaria de los poderosos. A los que, por cierto, se les ve tan sonrientes por estos días…

     Veo en ese puñado de miradas que nos ofrece Alan un pasaje hacia numerosos y secretos jardines existenciales, cuyas imágenes en mosaico en mucho se parecen a la bitácora de un viaje muy querido. “Entonces disfruto de estar solo, aunque no lo estoy, pues tengo todos los paisajes como mi hogar y a todos los habitantes del mundo como mis hermanos” (Viaje, p.50), nos dice Alan, y al menos yo le creo, pues desde hace ya varios años que también sueño y creo -¡vaya contradicción!-, en que el arte es una manera de darle sentido y forma al mundo.

   “Esa mano invisible que maneja el sistema capitalista, ¿no seremos quizás todos nosotros?” (Invisible, p.114) nos pregunta el autor, disparando al corazón de nuestros sentidos, muchas veces aturdidos por el capital y sus artimañas. No somos, no seremos, y la negación que pudiese continuar horriblemente ejerciendo nuestra 'autoridad microfascista', sobre el pobre borracho que pasó a llevarnos en el bar, sobre el mendigo víctima del sistema, claro, pero por Dios que huele mal, no pues, que así cómo te voy a dar una chaucha para tranquilizar mi conciencia, ¡báñate primero!



     Es la mirada del otro, entonces, la que nos aterriza. Cierto. Igualmente hay miradas que nos hechizan hacen volar, pero qué bien viene a veces remecernos con el alma desnuda de algún semejante. Y es que no olvidemos que estamos tratando de “grandes asuntos”. Una mirada puede poner en juego no solo nuestro mundo interior, sino también la trayectoria de dos pájaros en vuelo.

    “Cuando pienso en la utopía, siento miedo a que podamos ser permanentemente felices” (Utopía, p.119), porque claro, ya sabemos lo mal que terminan algunas. Mucho peor las que nunca se empiezan. Son esos 'fuegos bajo el agua', como alguien los llama por ahí, los que conjugan además el territorio y nuestra memoria. Allá quien se alimente solo de certezas; es la incertidumbre, las dulces corazonadas, las que nos hacen dar nuestros mejores pasos.

      Los diálogos, las miradas, los fragmentos. La conversación de las aves que planean sobre las ciudades. Las miles de vidas presentes en el resplandor de unas pupilas dilatadas al infinito de la contemplación. Es cierto que solo unas pocas miradas verdaderamente nos iluminarán a lo largo de nuestras vidas, y eso ya nos hace afortunados y afortunadas.

      No tengo, pues, nada que agregar más que el deseo que en alguno de estos microcuentos encuentres aunque sea un resplandor de lo que buscaste al comenzar su lectura; que tus ojos se posen en las palabras de Alan y que sus miradas al fin se encuentren y fusionen.

      Muchas gracias.


Taller del Libro, Concepción, 21 de diciembre de 2017.




viernes, 29 de diciembre de 2017

Recuento paranormal


¡El año viejo se va!
Es momento de enviarle un saludo muy especial a los duendes
cuya existencia comprobé hace solo unos meses,
a las dos o tres naves nodrizas que avisté lúcidamente en Playa Blanca,
a las hadas, de las que por poco me enamoro y decido mandar todo al diablo;
con sentido afecto agradezco a la sirena que me sonrió a lo lejos en la Playa de Paloma
poco antes de escabullirse entre las rocas,
y al tritón miserable que me hizo pagar su coquetería.
Sí, yo le estoy agradecido a la media docena de fantasmas, a los espíritus chocarreros que me penaron
-especialmente al ánima morena que se escurrió entre mis sábanas alguna que otra noche-.
Y sí, soy un creyente de todo aquello
¿Y cómo no serlo, si acaso yo mismo dudo a ratos de ser real?
Aparecidos, tue-tués, grises, cueros vivos, elementales, muertos vivos (que son legión, como los vivos muertos), vampiros, imbunches, vampiros, hombres lobos, mujeres lobas, hechiceras, médiums, jueces de la república...
Criaturas de la imaginación de Dios, todas,
gracias a ustedes por intentar -y a veces con inquietante éxito-,

hacer este mundo algo menos aburrido y predecible.






domingo, 10 de diciembre de 2017

Notas para "EL DESEO INVISIBLE: Santiago cola antes del golpe", de Gonzalo Asalazar


        Antes de que se vaya el año, aprovecho de darle algo de vida al blog. Y lo hago subiendo estas notitas de la presentación del libro "EL DESEO INVISIBLE: Santiago cola antes del golpe", del escritor e historiador Gonzalo Asalazar. La obra vio la luz este 2017 y fue publicada por Editorial Cuarto Propio. Agradezco a Ángela Neira, docente, editora y escritora, por invitarme a presentar este interesante libro en Concepción, así como a Artistas del Acero por el espacio y por las fotografías que acompañan esta nota. El lanzamiento fue todo un éxito y especial mención tiene la tertulia post evento acontecida en un bar de las inmediaciones. 


      Adentrarse en la ciudad perdida con un mapa en la mano. Mapa que es cartografía, que es historia y ruta. Recorrer Santiago en busca de la urbe cola perdida tras más de cuatro décadas que la redefinieron y resignificaron en lo urbanístico, político, social y cultural, como ciudad-laberinto-dispositivo de control sobre cuerpos y mercancías-lugar de encuentros ardientes y clandestinos para amantes furtivos sobre los que pesaba la persecución y el castigo.

       Gonzalo Asalazar nos propone en su obra el siempre interesante ejercicio de conciliar la historiografía con la crónica de una ciudad que ya no existe. Y a nosotros -sus lectores- nos queda la misión de internarnos en las calles nocturnas y deseantes a las que nos invita Gonzalo. Atisbar, por ejemplo, a los mostaceros de la Plaza de Armas y sus clientes casi siempre discretos, aunque poseedores de la audacia que solo permite desarrollar el saberse subvirtiendo el orden heteronormativo de una ciudad gris.



       Así, seguiremos detrás de los hombros al temerario Fabián en su reencuentro con Juan, el obrero orgullosamente revolucionario y cola que le espera en una esquina para cobrarse revancha por una felación virtuosa que devino pelea a combos.

       El Fabián arruga la cara y le planta un combo en la nariz, qué te creís culiao, yo no soy maricón, le espeta y el Juan le aforra de vuelta, pega fuerte el hueón, piensa el Fabián mientras levanta la mano para pegar de nuevo, más rápido que su rival, y le da en plena nariz al Juan, quien se agarra la cara con ambas manos mientras un chorro de sangre tiñe el piso mierdiento, y se agacha adolorido cuando el Fabián sale rajao' por San Antonio hacia el sur (pp.36-37).

    Asistiremos a la descomunal orgía que se arma en algún sitio del cine Miami -aquellos cines que servían de lugares de encuentro “casual” para colas angustiados, empujados por la soledad y el deseo-. Orgía que comenzara con el simple flirteo de Oscar y el chico universitario en esa tórrida noche de 1969. Aquí, al compás de una crónica tan seductora como vertiginosa, el autor nos intercala el testimonio de un antiguo “espectador” de aquellos cines, para retrotraernos y decirnos “esto es lo que pasaba, así eran las cosas por entonces”.

   Yo cuando venía al cine, llegaba, se sentaba alguien, bien oscuro, y con la pierna empezaba, así y la mano la ponían aquí… así. Yo llegaba al cine, cuando en eso sentía la pierna… después la mano en la butaca […] También era prudente ir a los baños, porque todos me ofrecían, hola, cómo estay, pero hacer cosas al baño, me invitaban para afuera. Dentro de los baños se veía gente chupándolo, sobre todo (p.48).



     A propósito de los cines, cabría aquí mencionar el concepto de “heterotopía”, acuñado por el filósofo Michael Foucault en 1967, para referirse a aquellos lugares que son capaces de transformar el tiempo y el espacio de quienes los habitan. Los cines, la esquina oscura, las laderas del Cerro Santa Lucía, el antiguo Barrio de Bellas Artes, se transforman así en refugios habituales, en guaridas. Existe en cada uno de estos encuentros un afán de encontrarse con ese otro que es mi compañero y cómplice en esta fuga. Sí, fuga, porque hay necesidad de escapar del entorno asfixiante de la heteronormatividad -para estos efectos, lo mismo daba ser “momio” o “upeliento” dogmático y homofóbico-. Luego, finalizado el sexo, la reflexión culposa, el autodesprecio, pero también el secreto convencimiento de que no será en ningún caso la última vez, de que vendrán muchas más, porque el cuerpo -¿y el corazón?- así lo piden. Y entonces la fiesta de máscaras que se arma a escondidas del poder, en cada micro espacio capaz de ser resignificado a punta de cachas ilegales, de sórdidas transacciones, acaso también de aventuradas declaraciones.

     Especial mención merece la impecable contextualización de la época histórica que vivía nuestro país, con el gobierno de la Unidad Popular propiciando un ambiente de gran agitación política y social, así como de un bohemia intensa, buena parte de la cual es retratada de forma virtuosa por Gonzalo. Pero claro, ni siquiera este ambiente de esperanza en las grandes transformaciones estructurales anunciadas por el gobierno podrían salvar del oprobio al joven obrero militante:

     Es el caso del Juan. No es religioso y vive lo más libre que puede sus placeres, pero sabe que si en el Partido lo supieran, lo echarían cascando. Y eso que a él no se le nota lo maraco. Actúa y se siente hombre. E incluso más: obrero revolucionario. Y por eso mismo sabe que sus gustos no serían bien mirados por sus compañeros. Porque el deber de todo revolucionario, una parte de su moral, el tener una mujer y procrear los niños que vivirán el socialismo. Lo demás es desviación burguesa (p.85).



    El mapa que se aloja en el libro no es ningún accesorio inútil. A través de sus zonas rosadas podemos aproximarnos a las calles y barrios que componían el Santiago cola de los años 50 a 1973. Su función es volvernos lectores y lectoras navegantes. Allí están señalados los 30 puntos más emblemáticos que se desperdigaban por esas nocturnas y delirantes calles.

     Quisiera finalizar haciendo énfasis en la navegación propuesta en el texto. Navegamos, pues, entre calles, las mismas que Humberto Gianinni define como el lugar de comunicación con el prójimo por excelencia, pero también espacio en el que nos internamos hacia profundidades invisibles, al encuentro con el otro. La calle, pues, como arteria que nos conducirá hacia esa otra noche sórdida y secreta que acaso aún late ardientemente en el subterráneo corazón de Santiago.

       Muchas gracias.


                                                                                  Concepción, viernes 17 de noviembre de 2017.





sábado, 24 de junio de 2017

"'Ciudad de Letras' llega a la academia"


Artículo publicado en Diario Concepción, edición del miércoles 21 de junio de 2017, escrito por el periodista Ángel Rogel, en relación a los Conversatorios "Ciudad de Letras".

Enlace: http://www.diarioconcepcion.cl/cultura-y-espectaculos/2017/06/21/ciudad-de-letras-llega-a-la-academia.html