El gusto es mío, aunque la covid diga lo contrario.
Sin conocerte te juzgué.
Sin buscarte, te hallé en el paso de una nube nortina y difusa
en un cielo de verano.
Tú dijiste lo mismo, en todo caso,
y nos dimos el gusto
de saborearnos.
El gusto es mío, aunque la covid diga lo contrario.
Sin conocerte te juzgué.
Sin buscarte, te hallé en el paso de una nube nortina y difusa
en un cielo de verano.
Tú dijiste lo mismo, en todo caso,
y nos dimos el gusto
de saborearnos.
Debo reconocer que me pone contento el poner a disposición de ustedes este pequeño librillo inspirado en la Revuelta de Octubre de 2019. Cierto es que lo tenía pendiente hace bastante tiempo.
La mayoría de los textos fueron creados durante las primeras semanas de la Revuelta; lo hermoso fue haber tenido la oportunidad de leerlos junto con otrxs compañerxs poetas en varias plazas y esquinas de la ciudad en rebelión. Algunas de aquellas lecturas espontáneas terminaron antes de tiempo, reprimidas entre gases y balines.
¿Por qué no lo subí antes? Pues porque en términos literarios e incluso personales, concebí la pandemia como un momento de repliegue táctico, pero ya venía siendo tiempo de ponerse al día. Les dejo, entonces, estos primeros apuntes de una Revolución en curso.
LEER AQUÍ:
Acepté juntarme con ella después de todos esos meses que había pasado lejos de su lado. Cierto es que los asuntos de mi terapia marchaban bien. Ya no temía despertar por las noches para transformarme en un ser insomne que vagara por mi casa con la triste soledad de un espectro. Las pastillas hacían lo suyo y, aunque en mi condición de medicado la felicidad es algo que se mira con resignación y no poca desconfianza, los días traían consigo cierto sosiego que por largo tiempo me fuera esquivo. De allí a que cuando encontrara su mensaje de voz en mi teléfono, decidiera aceptar su invitación.
A la Pancha
la conocía desde harán unos cinco años. Los primeros dos fueron los mejores quizás,
cuando nos enamoramos locamente y hasta decidimos vivir juntos un tiempo. Una
decisión que me costaría caro, pues en poco más de seis meses meses perdí mi
empleo y comencé a experimentar lentamente el abandono de mis amigos. Y no es
que la Pancha fuera en realidad, cómo se dice, absorbente. Por el contrario, me
empujaba a reunirme con mis amistades, a salir a los bares y a continuar con mi
vida social.
De hecho, tenía
todo lo que yo esperaba de una compañera. Podía contarle cualquier idea loca
que se me viniera a la mente y a lo sumo se reiría a carcajadas, pero sin jamás
juzgarme. Es fácil encontrar dulce una vida así: salir de mi empleo en esa
tediosa oficina y saber que la Pancha me esperaría en la Perú, o debajo de los
Tribunales, y que pasearíamos sin más horizonte que el de dos almas algo
descompuestas y solitarias que se hacen compañía.
Las noches
más delirantes tenían lugar cuando aceptaba fumar algo de marihuana con ella.
Si hasta creo que me enamoré con solo mirarla enrolando pitos. Paciencia,
serenidad, arte, deseo. Grupos de nubes, cúmulos colosales galopando en mi
conciencia a la espera de que aquel ser de luz terminara su tarea y me llevara
a ese otro mundo. Puedes juzgar a una persona por cómo enrola sus pitos. Por
supuesto que sí.
-Ya está
listo, dale tú primero, enciéndelo. ¡Besa La Cabra! –me decía mirándome
profundamente a los ojos, aludiendo al título de una canción de rock algo
satánica que hablaba de ceder a los placeres.
-Vale.
Y entonces
venía el caminar por el Parque Manuel Rodríguez examinando atentamente los
matices de cada color otoñal, deleitarnos con el cielo y con la acuarela
crepuscular. Abrir nuestras mentes y corazones a la rareza. Luego comer algo, llegar a la casa a ver una película o, en
el mejor de los casos, a hacer el amor. Tal vez no se trate precisamente de una
vida gloriosa ni altruista, pero por aquel entonces me parecía suficiente para
continuar viviendo con algo de salud mental. Debo admitir que a menudo olvidaba
mis pastillas y, con el correr de los días, aquello que antes me mortificaba, simplemente
dejó de importarme.
Una noche
de sábado, tras haberme pasado todo el día en la cama junto a la Pancha, me
sorprendí arrojando por el wáter las últimas pastillas que me quedaban. Una extraña
sensación de libertad, ansiedad y miedo se apoderó de mí por algunos segundos.
Luego llegó la Pancha toda arreglada a decirme que íbamos a salir a bailar:
-¿De qué
hablas? Si estamos en cuarentena…
-Iremos a
bailar de todas maneras esta noche, aunque solo seamos los tres junto a la
luna. ¿O crees que me emperifollé por las puras?
Y ahí iba
yo junto ella camino a alguna plazoleta o jardín donde pudiéramos sortear a los
pacos y sentirnos más libres. Y, por cierto, el asunto siempre terminaba en
baile junto al par de perros callejeros que aceptaban acompañarnos.
Fue una
tarde gris cuando ella me habló de ese curso que debía hacer fuera de
Concepción y que mejor termináramos en buena porque no confiaba en las
relaciones a distancia. Le dije que no fuera lesa, que la esperaría lo que
necesitara, pero no hubo caso. Recuerdo que estábamos sentados en una banca de
la Avenida Los Carrera, y el ruido de los autos me resultaba particularmente
molesto. Una ola de súbita tristeza se apoderó de mí y llegó en la forma de mis
demonios habituales: “weón, te vas a morir sin haber hecho ni una weá
importante en tu vida”. Y pensaba en esa antigua vida mía que me esperaba, la
del insomnio y del grácil consuelo de las pastillas.
-Escucha,
no seas tonto, vas a estar bien sin mí. Ya no tendrás que aguantarme. Además,
quién sabe si el tiempo vuelva a reunirnos…
La miré de una forma que ella percibió extraña, como si quisiera atesorar ese rostro tan querido por toda la vida. Entonces desvió su mirada hacia el rayado que había en una pared, que decía: “ACAB en mi corazón… Piñera no existe”. Luego me miró y me repitió con dulzura:
-ACAB en mi
corazón…
Y no volví
a saber de ella hasta el audio de esta mañana. Que me había extrañado mucho en
este tiempo, pero que había aprendido varias lecciones de vida y que estaba
lista para regresar a Conce. Que me esperaría en la Perú, cerca de la pileta,
como en los viejos tiempos. Y ahí estuve yo, como esperando este momento toda
la vida, echando por el wáter todas mis pastillas nuevamente, dispuesto a
arriesgar lo poco que me quedó de alma cuando ella se marchó; dispuesto tal vez
a perdonarle estos meses de soledad y nostalgia.
A medida
que me acercaba a la Perú mi corazón latía más de prisa, como el zorro
domesticado del Principito. Yo había sido domesticado por la Pancha, qué duda
cabía. Entonces el sonido de los tambores, la algarabía, los grupos de bailarines
y la diversidad noctámbula. La Pancha apareciendo entre los fuegos de una
malabarista, su abrazo que me devolviera a esa forma de vida extraña que
teníamos los dos, el beso de aquella boca pequeña con la que había soñado
largos meses. Ella que saca uno bueno y me dice:
-Ven,
tenemos mucho que conversar, pero antes, ya sabes, besa La Cabra.
Eso hice.
Bebo
esta cerveza rebelde en la Martínez de Rozas
Vuelvo
recién de la marcha y de su represión
Afuera
continúan las sirenas, los disparos y los gritos
Salgo
nuevamente, una micro de pacos a medio quemar nos persigue
Me refugio
en el Taller del Libro y salgo
inmediatamente detrás de la micro
A buscar
a mi compañera
Apenas
puedo respirar por el humo y los gases
Agarro
un camote para darme seguridad
La veo a
mi compa, me ve, y nos sonreímos a la distancia.
Vaya
tiempos de locura estos.
Es
inevitable disfrutar cualquier segundo de alivio.
Mierda,
tanta belleza y pudrición juntas en las calles
Como dos
lenguas retorciéndose en un mismo y apasionado beso
De amor
y de muerte.
El
principio del cielo es el infierno.
¡El cambio es
inminente! ¡El modelo está liquidado! Desde mi cuarto escuchaba los vítores de
mi vecino ebrio de vino barato y revolución. Poco antes había repartido una
malla de limones a un grupo de manifestantes que huían de los milicos. Era la
tercera o cuarta noche de éxtasis en la pequeña trinchera que constituía esa
pieza que arrendaba en el cité de calle Ongolmo. Me lo imaginé altivo, dichoso
y pleno. Lo imaginé solitario, soñador y niño. Dando vueltas por la habitación
ignorando el reporte de saqueos de la tele; danzando en calzoncillos todo
libre, todo loco y con el alma llena de banderas.
El comienzo de todo
esto fue más o menos el siguiente. Llevaba algún tiempo viendo esas imágenes de
protestas en el metro de Santiago. Casi siempre a la hora de almuerzo, devoraba
mi cuenco de pollo con arroz que compraba en un local de comida turca de la
avenida Paicaví. Miraba las redes sociales y allí me lo encontraba: cientos de
secundarios saltando las vallas del metro en protesta por el alza del
transporte. En Conce estábamos igualmente acostumbrados a un estilo de vida
injustificadamente caro, y sin embargo, nadie se hacía cargo.
Así es que yo
devoraba mi almuerzo contemplando a aquellos cuerpos saltando con una alegría
salvaje, como poseídos por vapores rebeldes, subvirtiendo con su tan adorable
caos la realidad gris del orden neoliberal chilensis. Desde luego, lo más
divertido era escuchar los discursos graves y mediocres de las autoridades,
condenándoles:
-¡Estamos siendo víctimas de una violencia irracional!
-Cuando sube el pan no hacen ninguna protesta.
-¡Esto no es protesta, es vandalismo!
-¡Soy partidario de
reprimir con energía! – llegó a vociferar un anciano senador social-cocainómano
renovado.
Y yo, insisto,
adoré beber mi café escuchando su rabia. Luego, como el acto más normal del
mundo, salía de las redes sociales y volvía a la monotonía de mi trabajo. Las
horas pasaban para mí entre el trabajo y los estudios. Maldito examen que tenía
aquel sábado en la mañana. Cada hora libre de esa semana la aproveché para
estudiar, intentando retener lo mejor posible los conceptos fundamentales del
ITER CRIMINIS, la vía al delito. ¿Qué es lo que lleva a un ser humano a
delinquir? Detrás de todos aquellos conceptos técnicos se escondía una
interrogante así de brutal, pero la materia, tal vez por suerte, no llegaba a
explicarlo.
Así fueron los días
anteriores a esa tarde y noche de día viernes 18 de octubre. Ciertamente,
sentía que mi cabeza explotaría de un momento a otro con el estrés y la
ansiedad, por lo que siendo alrededor de las nueve decidí dejar el estudio
hasta allí y relajarme en las nerviosas horas previas a mi examen de Derecho
Penal. Necesitaba de un plan y lo tenía: hacía ya un tiempo que no invitaba al
cine a Paola y decidí que ir a ver Joker
sería un buen escape. Además, el Hermanito de los Queques Mágicos me hizo un
ofrecimiento que no pude rechazar: me vendió tres porciones de sus alucinantes
dulces. Podría invitar a Felipe, así aprovecharía de comentar lo que estaba
pasando en Santiago, que a esa hora continuaba con protestas. Así lo haría.
Pero antes, un último repaso de la materia del examen…
Me vi corriendo sin querer por una Avenida Paicaví
colapsada como buena noche de viernes, tratando de llegar a tiempo a la
pizzería donde me esperaba el Hermanito de los Queques Mágicos con la merca.
-Ten cuidado con
estos –me dijo- son pequeños, pero están mucho más potentes que la última vez.
No te atrevas a comerte más de la mitad de uno.
-Vale, así lo haré
–le dije sabiendo que mi instinto drogata podría más y acabaría comiéndome uno
entero.
El estudio había
sido tan desgastante que, junto con el cansancio mental, me sentía incluso físicamente
un poco debilitado. Tenía hambre. Fue un alivio saber que Paola había pasado por
algo de comida. Para mi sorpresa, compró otros cuencos de pollo. Desde luego,
comer un cuenco de pollo en el cine constituía una ordinariez tamaña, empero,
zamparse esas dosis aquellos queques con la guata vacía habría sido aún más
demencial.
Nos juntamos los
tres en la entrada del cine, llegando justo a tiempo al comienzo de la función.
-¿Cachai la cagadita que está quedando en Santiago?
-Oye sí.
-¿Compraste las entradas?
-Aquí los tengo.
-Entremos de una vez.
Reconozco que me
siempre me llamó la atención la extraña sensación de impunidad que rodea la
oscuridad del cine. El hecho de poder bajonear libremente y sin que la gente supiera
de dónde diablos salía ese olor a comida fue algo que de no ser por la penumbra
me habría avergonzado. Luego, hacia el final de la película, justo en la escena
en la que Joker le vuela la tapa de
los sesos al mierda de Murray, un sucedáneo de nuestro pestilente Don
Francisco, no pude evitar aplaudir. La porción de queque, aunque pequeña,
efectivamente se venía muy potente y comenzaba lentamente a hacer lo suyo.
Luego vinieron las
escenas de protestas callejeras tan características de la película. Recordé mis
viejos tiempos de capucha. Fue inevitable emocionarse con la rebelión de les
pobres, marginades, prójimes todes. Mierda,
si hasta debí contener las lágrimas al contemplar aquella danza carnavalesca y
macabra del sangrante protagonista sobre el coche policial, con la que
respondía gloriosamente a sus años de cotidiana humillación.
Drogábamos como
estábamos, nos pegamos largo rato mirando los créditos. Debo decir que en
ningún segundo se me habría pasado ni remotamente por la mente que al salir de
la sala nos encontraríamos con que el mundo, tal cual lo conocíamos hasta
entonces, había cambiado y continuaría cambiando para siempre. Incluso hoy me
pregunto, ¿habrá sido el queque mágico?, ¿y si solo me hubiese comido la mitad
de la porción como me recomendó el Hermanito de los Queques Mágicos? A veces
pienso que incluso la clave para comprender toda la bella y terrible locura que
se desataría a partir de ese momento en que nos levantamos de nuestros
asientos, se hallaba en el fondo mismo del cuenco de pollo que ingerimos con
tantas ganas…
-Espérenme un poquito, que necesito hacer pipí –nos
dijo Paola al salir al hall.
-Dale, te esperaremos en la entrada.
Entonces me di
cuenta que la expresión del rostro de Felipe había cambiado por completo luego
de que comenzara a revisar su teléfono:
-Weón, se echaron a un compa en Santiago. Piñera
decretó estado de emergencia y los pacos se echaron a un compa en Maipú.
-Me estás webiando…
Revisé mi teléfono
y estaba rebosante de mensajes. Una sensación eléctrica me sacudió el cuerpo.
Ya no se trataba de una simple protesta en Santiago. El sátrapa que teníamos
por presidente había declarado la guerra al pueblo que a esa altura se había
volcado a las calles por mucho más que un alza en el transporte. Nos había declarado la guerra a todes.
A Paola le tomó
unos minutos comprender qué ocurría cuando volvió del baño toda llena de locura
y vio nuestras caras.
-¿Y a ustedes qué les pasó?
-Va a quedar la cagá…
Salimos del cine a
la calle y se respiraba una tensa calma. Esa sería la última noche tranquila de
la ciudad en mucho, mucho tiempo. Nuestros teléfonos seguían recepcionando
decenas de mensajes provenientes de los muchos grupos que teníamos. Algunos
contaban detalles de lo que estaba pasando en Santiago, habría otros dos
muertos por la policía y los militares. Había que reaccionar al día siguiente.
Aquello era intolerable.
Decidimos ir a un
local llamado El Averno para
conversar una cerveza antes de irnos a nuestras respectivas casas. Caminamos
por la calle Orompello de una ciudad que no se parecía a Conce. Cierto es que
eran pasadas las una de la madrugada, pero el silencio de esa noche de viernes
lo recuerdo perfectamente, como si las personas y los sonidos se hubieran recogido,
como lo hace el mar antes de abrazarnos con sus olas cuando hay tsunamis. Recordé fugazmente el examen que debía dar al
día siguiente, pero se perdió ante la visión de los acontecimientos. Las
noticias modificaron nuestro viaje, huelga decirlo, no obstante, nos sentíamos
todavía navegando entre las brumas oníricas de la droga.
-Ya está -dijo
Felipe, ya instalados en una mesa frente al escenario en donde nadie tocaba-,
hay una convocatoria en la Plaza de los Tribunales para mañana al mediodía.
-Voy a pasar de los
primeros a dar mi examen para estar listo a esa hora. Te anticipo que se viene
pesado el día de mañana. Si en Santiago sacaron milicos, nada impide que no lo
hagan acá.
-Cierto, va a
depender de la cagadita que quede.
Nos fuimos
caminando hacia la Remo, pensando en lo que se vendría al día siguiente y a
cada tanto deteniéndonos a leer tal o cual nuevo mensaje que llegaba a nuestros
teléfonos.
Aquella mañana del
sábado 19 de septiembre me levanté a las 6.30 para alcanzar a repasar la
materia una última vez antes de mi examen. Sin embargo, no contaba con que el
efecto del queque mágico me duraría algunas horas más de lo pensado. Con todo,
conseguí releer la materia. Luego, sin desayunar, me puse mi terno –el mismo y
único terno que he usado en la vida-, y fui a dar mi examen. Me las arreglé
para pasar de los primeros, para aprobar y llegar puntualmente al mediodía a la
Plaza de los Tribunales.
Lo que ocurrió
luego, que al principio fuéramos cien, luego quinientos y a las pocas horas,
miles en las calles de Conce y de todo Chile, es algo que a esta altura forma
parte de un relato colectivo de quienes ese día decidimos encontrarnos y
comenzar a cambiar de una vez por todas nuestra realidad. Palabras como
justicia, dignidad, igualdad, pueblo y revolución volverían a escucharse en las
esquinas de nuestros barrios. Había pues, que ponerse manos a la obra con las
transformaciones sociales pendientes y urgentes. Y bueno, en eso estamos.
18 de Octubre Revolucionario de 2020.
(…) el otoño y el invierno eran duros, hostiles. Salían del océano, del río, de las altas copas de los pinos, y envolvían la ciudad en un manto de bruma, en un opalescente sudario de niebla, que, durante el día, mojaba el pavimento y los muros, goteaba desde las ramas de los árboles. Y en la noche, esfumaba el contorno de las cosas en un paisaje submarino y turbio, quieto, siniestro, por donde discurrían silenciosos y pálidos fantasmas apenas vislumbrados un instante bajo la luz borrosa de los focos.
Sí. Era una ciudad. Una ciudad brumosa.1
Tal vez uno de los mejores espacios para comprender la capacidad que tiene la bruma para definir la ciudad, sea el mirador en ruinas del Cerro Chepe. El siguiente es el relato de una excursión realizada en las primeras horas de la mañana, en condiciones de neblina intensa.
Aproximarse a este cerro es allegarse al que parece ser un pasaje secreto, un lugar mágico, al que uno se interna (o al que, mejor dicho, se es conducido) en medio de una intensa búsqueda. La irrealidad que la densa capa de niebla otorga a este mirador lo reviste al mismo tiempo de un particular encanto: la sensación de no estar en ningún lugar. Se está sobre una ciudad que verdaderamente resulta invisible. Y no solo la ciudad de los vivos. Numerosos senderos que se pierden a la distancia, conducen a la polis de los muertos, a la necrópolis, enclavada a los pies del Cerro Chepe: el Cementerio General de Concepción.
Se necesita ascender por un sendero que a ratos se vuelve un tanto difuso, sortear a los agresivos perros guardianes de las casas vecinas y, por supuesto, de estas ruinas. La bruma, otra vez la bruma, abre el paso a una primera revelación: la inmensa cruz que el entonces administrador del cementerio, Guillermo Otto, ordenó construir en 1933. La estructura posee una altura de 20 metros, y se encuentra instalada sobre una base de dos metros cuadrados. En dicha base existe una placa con el siguiente mensaje:
“IN MEMORIAM XIX CENTENAR RENEPTIONIS XXXIX MCMXXXIII”
Situada allí desde hace muchos años, con el objetivo de recibir a quienes regresan de su peregrinar a poblar la necrópolis, esta Cruz pareciera abrigar el eco de una compasión que en el resto de la urbe parece ausente.
Es necesario continuar el ascenso, dejarse conducir a tientas por aquel sendero que continúa hacia lo incierto. La visión del antiguo mirador sugiere al caminante que desde sus ruinosas alturas bien podría contemplarse tanto el cielo como el infierno. Al igual que la Cruz, esta estructura de hormigón fue edificada por instrucciones de Guillermo Otto, en 1933. Posee una altura de cuatro metros, con siete metros cuadrados de base
El mirador está emplazado en una pequeña cima. Se sabe, pero además se intuye y se siente. Allá abajo existe una ciudad, una ciudad que la bruma se encarga de volver invisible. Y existe de igual modo el silencio, que se acerca y por un instante lo posee todo. Incluso al caminante. El espacio en su conjunto resulta absolutamente superado por su historia. Todavía sobreviven acá las voces de los muertos, y a ratos se escuchan con mayor claridad que las de los vivos. Nos hablan desde las faldas del Chepe, subiendo a través de sus senderos como lo haría cualquiera de sus visitantes. Y es que este cerro se encuentra en un lugar limítrofe, en una evidente zona de peligro. Su falda es la que separa las dos ciudades. La urbe de los vivos, la polis de los muertos. La cima, por tanto, pertenece a ambos reinos.
Algunos rayos de sol consiguen romper la densa capa de niebla. El avance entre el pastizal de gran altura, tan característico de los baldíos, se asemeja ahora a un extraño peregrinar entre las llamas de un pequeño infierno.
El último terremoto destruyó la escalera de hormigón que posibilitaba el ascenso al mirador. La necesidad de subir hasta lo alto de esta estructura, salvaguardando la utilidad del mirador, motivó a algún visitante a confeccionar una improvisada escalera de madera. Después de todo, el Cerro Chepe nunca ha dejado de recibir visitas. Así lo atestiguan algunas botellas de licor dispersadas a la redonda, cuya soledad resulta a ratos desgarradora. La parte alta del mirador, curiosamente, se encuentra libre de desperdicios. Resulta difícil imaginar a algún borracho deambular entre estas soledades, en medio de este silencio, sin el riesgo de que la intoxicación culmine en un peligroso extravío. O en la muerte. Una caída, un atraco, una desaparición.
La escalera de palos parece a punto de derrumbarse. Quien decide subir por ella requiere por sobre todo audacia, determinación y deseos desbordantes de trepar a ese mirador en ruinas. Acaso para encontrarse a sí mismo contemplando una ciudad ausente, pues a esa hora de la mañana no se vislumbra ningún otro sentido. Entonces, nuevamente el espacio es el que desplaza al visitante. No se trata de ningún espejismo, sino más bien de un espejo. La interrogación es a uno mismo; el juego a encontrarse en las calles de una ciudad que emerge por momentos, para luego regresar a su brumoso anonimato. Es imposible que una sencilla cámara fotográfica pueda captar lo que significa el paso de las nubes sobre las ruinas, al mismo nivel del observador. No se ha inventado todavía el aparato que permita capturar con toda intensidad al silencio y su misteriosa estridencia.
Una vez arriba, pudiera ser que la escalera de palos termine por ceder, o simplemente desaparezca sin más (lo que, por cierto, reforzaría más aun la mágica percepción del entorno). El visitante poco ágil, física, mental o espiritualmente, podría quedarse para siempre allá arriba, como dentro de una pesadilla, con una neblina dispuesta a devolverle cualquier interrogante hacia sí mismo. ¡He aquí lo más intenso! Bajar esa frágil escalera con la posibilidad de una caída que podría resultar aun fatal; devolverse a la irrealidad de aquel cerro y a la certeza de que no importa la dirección en que se inicie el descenso, pues algo indica que de cualquier forma todos sus senderos terminan en alguna ciudad de muertos vivientes.
Regresando desde el Mirador hacia la Cruz, y luego desde la Cruz al Mirador, pareciera que en aquel tránsito algo se desintegra. El sentido de la orientación, la brújula interior, se va al carajo como si fuera una especie de Triángulo de las Bermudas, recordándole una y otra vez al caminante que se encuentra en una zona limítrofe. Así también lo atestiguan y resumen las palabras del poeta Jaime Giordano, cuando en 1965 describió de esta forma la vista de la ciudad desde el Cerro Chepe:
(…) parece una inmensa fosa común donde los muertos yacen enterrados por el cemento y el barro… Lo más hermoso, plácido, espiritual e inquietante entre lo creado por el hombre en Concepción es su Cementerio. 2
Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva
(1) Belmar, Daniel. 1952. Ciudad Brumosa. Santiago: Zig-Zag.
(2) Jaime Giordano. 1965. Treinta años de poesía en Concepción. Concepción: Revista Atenea.