¡El cambio es
inminente! ¡El modelo está liquidado! Desde mi cuarto escuchaba los vítores de
mi vecino ebrio de vino barato y revolución. Poco antes había repartido una
malla de limones a un grupo de manifestantes que huían de los milicos. Era la
tercera o cuarta noche de éxtasis en la pequeña trinchera que constituía esa
pieza que arrendaba en el cité de calle Ongolmo. Me lo imaginé altivo, dichoso
y pleno. Lo imaginé solitario, soñador y niño. Dando vueltas por la habitación
ignorando el reporte de saqueos de la tele; danzando en calzoncillos todo
libre, todo loco y con el alma llena de banderas.
viernes, 9 de abril de 2021
VECINO
domingo, 18 de octubre de 2020
EL CUENCO DE POLLO
El comienzo de todo
esto fue más o menos el siguiente. Llevaba algún tiempo viendo esas imágenes de
protestas en el metro de Santiago. Casi siempre a la hora de almuerzo, devoraba
mi cuenco de pollo con arroz que compraba en un local de comida turca de la
avenida Paicaví. Miraba las redes sociales y allí me lo encontraba: cientos de
secundarios saltando las vallas del metro en protesta por el alza del
transporte. En Conce estábamos igualmente acostumbrados a un estilo de vida
injustificadamente caro, y sin embargo, nadie se hacía cargo.
Así es que yo
devoraba mi almuerzo contemplando a aquellos cuerpos saltando con una alegría
salvaje, como poseídos por vapores rebeldes, subvirtiendo con su tan adorable
caos la realidad gris del orden neoliberal chilensis. Desde luego, lo más
divertido era escuchar los discursos graves y mediocres de las autoridades,
condenándoles:
-¡Estamos siendo víctimas de una violencia irracional!
-Cuando sube el pan no hacen ninguna protesta.
-¡Esto no es protesta, es vandalismo!
-¡Soy partidario de
reprimir con energía! – llegó a vociferar un anciano senador social-cocainómano
renovado.
Y yo, insisto,
adoré beber mi café escuchando su rabia. Luego, como el acto más normal del
mundo, salía de las redes sociales y volvía a la monotonía de mi trabajo. Las
horas pasaban para mí entre el trabajo y los estudios. Maldito examen que tenía
aquel sábado en la mañana. Cada hora libre de esa semana la aproveché para
estudiar, intentando retener lo mejor posible los conceptos fundamentales del
ITER CRIMINIS, la vía al delito. ¿Qué es lo que lleva a un ser humano a
delinquir? Detrás de todos aquellos conceptos técnicos se escondía una
interrogante así de brutal, pero la materia, tal vez por suerte, no llegaba a
explicarlo.
Así fueron los días
anteriores a esa tarde y noche de día viernes 18 de octubre. Ciertamente,
sentía que mi cabeza explotaría de un momento a otro con el estrés y la
ansiedad, por lo que siendo alrededor de las nueve decidí dejar el estudio
hasta allí y relajarme en las nerviosas horas previas a mi examen de Derecho
Penal. Necesitaba de un plan y lo tenía: hacía ya un tiempo que no invitaba al
cine a Paola y decidí que ir a ver Joker
sería un buen escape. Además, el Hermanito de los Queques Mágicos me hizo un
ofrecimiento que no pude rechazar: me vendió tres porciones de sus alucinantes
dulces. Podría invitar a Felipe, así aprovecharía de comentar lo que estaba
pasando en Santiago, que a esa hora continuaba con protestas. Así lo haría.
Pero antes, un último repaso de la materia del examen…
Me vi corriendo sin querer por una Avenida Paicaví
colapsada como buena noche de viernes, tratando de llegar a tiempo a la
pizzería donde me esperaba el Hermanito de los Queques Mágicos con la merca.
-Ten cuidado con
estos –me dijo- son pequeños, pero están mucho más potentes que la última vez.
No te atrevas a comerte más de la mitad de uno.
-Vale, así lo haré
–le dije sabiendo que mi instinto drogata podría más y acabaría comiéndome uno
entero.
El estudio había
sido tan desgastante que, junto con el cansancio mental, me sentía incluso físicamente
un poco debilitado. Tenía hambre. Fue un alivio saber que Paola había pasado por
algo de comida. Para mi sorpresa, compró otros cuencos de pollo. Desde luego,
comer un cuenco de pollo en el cine constituía una ordinariez tamaña, empero,
zamparse esas dosis aquellos queques con la guata vacía habría sido aún más
demencial.
Nos juntamos los
tres en la entrada del cine, llegando justo a tiempo al comienzo de la función.
-¿Cachai la cagadita que está quedando en Santiago?
-Oye sí.
-¿Compraste las entradas?
-Aquí los tengo.
-Entremos de una vez.
Reconozco que me
siempre me llamó la atención la extraña sensación de impunidad que rodea la
oscuridad del cine. El hecho de poder bajonear libremente y sin que la gente supiera
de dónde diablos salía ese olor a comida fue algo que de no ser por la penumbra
me habría avergonzado. Luego, hacia el final de la película, justo en la escena
en la que Joker le vuela la tapa de
los sesos al mierda de Murray, un sucedáneo de nuestro pestilente Don
Francisco, no pude evitar aplaudir. La porción de queque, aunque pequeña,
efectivamente se venía muy potente y comenzaba lentamente a hacer lo suyo.
Luego vinieron las
escenas de protestas callejeras tan características de la película. Recordé mis
viejos tiempos de capucha. Fue inevitable emocionarse con la rebelión de les
pobres, marginades, prójimes todes. Mierda,
si hasta debí contener las lágrimas al contemplar aquella danza carnavalesca y
macabra del sangrante protagonista sobre el coche policial, con la que
respondía gloriosamente a sus años de cotidiana humillación.
Drogábamos como
estábamos, nos pegamos largo rato mirando los créditos. Debo decir que en
ningún segundo se me habría pasado ni remotamente por la mente que al salir de
la sala nos encontraríamos con que el mundo, tal cual lo conocíamos hasta
entonces, había cambiado y continuaría cambiando para siempre. Incluso hoy me
pregunto, ¿habrá sido el queque mágico?, ¿y si solo me hubiese comido la mitad
de la porción como me recomendó el Hermanito de los Queques Mágicos? A veces
pienso que incluso la clave para comprender toda la bella y terrible locura que
se desataría a partir de ese momento en que nos levantamos de nuestros
asientos, se hallaba en el fondo mismo del cuenco de pollo que ingerimos con
tantas ganas…
-Espérenme un poquito, que necesito hacer pipí –nos
dijo Paola al salir al hall.
-Dale, te esperaremos en la entrada.
Entonces me di
cuenta que la expresión del rostro de Felipe había cambiado por completo luego
de que comenzara a revisar su teléfono:
-Weón, se echaron a un compa en Santiago. Piñera
decretó estado de emergencia y los pacos se echaron a un compa en Maipú.
-Me estás webiando…
Revisé mi teléfono
y estaba rebosante de mensajes. Una sensación eléctrica me sacudió el cuerpo.
Ya no se trataba de una simple protesta en Santiago. El sátrapa que teníamos
por presidente había declarado la guerra al pueblo que a esa altura se había
volcado a las calles por mucho más que un alza en el transporte. Nos había declarado la guerra a todes.
A Paola le tomó
unos minutos comprender qué ocurría cuando volvió del baño toda llena de locura
y vio nuestras caras.
-¿Y a ustedes qué les pasó?
-Va a quedar la cagá…
Salimos del cine a
la calle y se respiraba una tensa calma. Esa sería la última noche tranquila de
la ciudad en mucho, mucho tiempo. Nuestros teléfonos seguían recepcionando
decenas de mensajes provenientes de los muchos grupos que teníamos. Algunos
contaban detalles de lo que estaba pasando en Santiago, habría otros dos
muertos por la policía y los militares. Había que reaccionar al día siguiente.
Aquello era intolerable.
Decidimos ir a un
local llamado El Averno para
conversar una cerveza antes de irnos a nuestras respectivas casas. Caminamos
por la calle Orompello de una ciudad que no se parecía a Conce. Cierto es que
eran pasadas las una de la madrugada, pero el silencio de esa noche de viernes
lo recuerdo perfectamente, como si las personas y los sonidos se hubieran recogido,
como lo hace el mar antes de abrazarnos con sus olas cuando hay tsunamis. Recordé fugazmente el examen que debía dar al
día siguiente, pero se perdió ante la visión de los acontecimientos. Las
noticias modificaron nuestro viaje, huelga decirlo, no obstante, nos sentíamos
todavía navegando entre las brumas oníricas de la droga.
-Ya está -dijo
Felipe, ya instalados en una mesa frente al escenario en donde nadie tocaba-,
hay una convocatoria en la Plaza de los Tribunales para mañana al mediodía.
-Voy a pasar de los
primeros a dar mi examen para estar listo a esa hora. Te anticipo que se viene
pesado el día de mañana. Si en Santiago sacaron milicos, nada impide que no lo
hagan acá.
-Cierto, va a
depender de la cagadita que quede.
Nos fuimos
caminando hacia la Remo, pensando en lo que se vendría al día siguiente y a
cada tanto deteniéndonos a leer tal o cual nuevo mensaje que llegaba a nuestros
teléfonos.
Aquella mañana del
sábado 19 de septiembre me levanté a las 6.30 para alcanzar a repasar la
materia una última vez antes de mi examen. Sin embargo, no contaba con que el
efecto del queque mágico me duraría algunas horas más de lo pensado. Con todo,
conseguí releer la materia. Luego, sin desayunar, me puse mi terno –el mismo y
único terno que he usado en la vida-, y fui a dar mi examen. Me las arreglé
para pasar de los primeros, para aprobar y llegar puntualmente al mediodía a la
Plaza de los Tribunales.
Lo que ocurrió
luego, que al principio fuéramos cien, luego quinientos y a las pocas horas,
miles en las calles de Conce y de todo Chile, es algo que a esta altura forma
parte de un relato colectivo de quienes ese día decidimos encontrarnos y
comenzar a cambiar de una vez por todas nuestra realidad. Palabras como
justicia, dignidad, igualdad, pueblo y revolución volverían a escucharse en las
esquinas de nuestros barrios. Había pues, que ponerse manos a la obra con las
transformaciones sociales pendientes y urgentes. Y bueno, en eso estamos.
18 de Octubre Revolucionario de 2020.
martes, 29 de septiembre de 2020
Mirador en ruinas del Cerro Chepe
(…) el otoño y el invierno eran duros, hostiles. Salían del océano, del río, de las altas copas de los pinos, y envolvían la ciudad en un manto de bruma, en un opalescente sudario de niebla, que, durante el día, mojaba el pavimento y los muros, goteaba desde las ramas de los árboles. Y en la noche, esfumaba el contorno de las cosas en un paisaje submarino y turbio, quieto, siniestro, por donde discurrían silenciosos y pálidos fantasmas apenas vislumbrados un instante bajo la luz borrosa de los focos.
Sí. Era una ciudad. Una ciudad brumosa.1
Tal vez uno de los mejores espacios para comprender la capacidad que tiene la bruma para definir la ciudad, sea el mirador en ruinas del Cerro Chepe. El siguiente es el relato de una excursión realizada en las primeras horas de la mañana, en condiciones de neblina intensa.
Aproximarse a este cerro es allegarse al que parece ser un pasaje secreto, un lugar mágico, al que uno se interna (o al que, mejor dicho, se es conducido) en medio de una intensa búsqueda. La irrealidad que la densa capa de niebla otorga a este mirador lo reviste al mismo tiempo de un particular encanto: la sensación de no estar en ningún lugar. Se está sobre una ciudad que verdaderamente resulta invisible. Y no solo la ciudad de los vivos. Numerosos senderos que se pierden a la distancia, conducen a la polis de los muertos, a la necrópolis, enclavada a los pies del Cerro Chepe: el Cementerio General de Concepción.
Se necesita ascender por un sendero que a ratos se vuelve un tanto difuso, sortear a los agresivos perros guardianes de las casas vecinas y, por supuesto, de estas ruinas. La bruma, otra vez la bruma, abre el paso a una primera revelación: la inmensa cruz que el entonces administrador del cementerio, Guillermo Otto, ordenó construir en 1933. La estructura posee una altura de 20 metros, y se encuentra instalada sobre una base de dos metros cuadrados. En dicha base existe una placa con el siguiente mensaje:
“IN MEMORIAM XIX CENTENAR RENEPTIONIS XXXIX MCMXXXIII”
Situada allí desde hace muchos años, con el objetivo de recibir a quienes regresan de su peregrinar a poblar la necrópolis, esta Cruz pareciera abrigar el eco de una compasión que en el resto de la urbe parece ausente.
Es necesario continuar el ascenso, dejarse conducir a tientas por aquel sendero que continúa hacia lo incierto. La visión del antiguo mirador sugiere al caminante que desde sus ruinosas alturas bien podría contemplarse tanto el cielo como el infierno. Al igual que la Cruz, esta estructura de hormigón fue edificada por instrucciones de Guillermo Otto, en 1933. Posee una altura de cuatro metros, con siete metros cuadrados de base
El mirador está emplazado en una pequeña cima. Se sabe, pero además se intuye y se siente. Allá abajo existe una ciudad, una ciudad que la bruma se encarga de volver invisible. Y existe de igual modo el silencio, que se acerca y por un instante lo posee todo. Incluso al caminante. El espacio en su conjunto resulta absolutamente superado por su historia. Todavía sobreviven acá las voces de los muertos, y a ratos se escuchan con mayor claridad que las de los vivos. Nos hablan desde las faldas del Chepe, subiendo a través de sus senderos como lo haría cualquiera de sus visitantes. Y es que este cerro se encuentra en un lugar limítrofe, en una evidente zona de peligro. Su falda es la que separa las dos ciudades. La urbe de los vivos, la polis de los muertos. La cima, por tanto, pertenece a ambos reinos.
Algunos rayos de sol consiguen romper la densa capa de niebla. El avance entre el pastizal de gran altura, tan característico de los baldíos, se asemeja ahora a un extraño peregrinar entre las llamas de un pequeño infierno.
El último terremoto destruyó la escalera de hormigón que posibilitaba el ascenso al mirador. La necesidad de subir hasta lo alto de esta estructura, salvaguardando la utilidad del mirador, motivó a algún visitante a confeccionar una improvisada escalera de madera. Después de todo, el Cerro Chepe nunca ha dejado de recibir visitas. Así lo atestiguan algunas botellas de licor dispersadas a la redonda, cuya soledad resulta a ratos desgarradora. La parte alta del mirador, curiosamente, se encuentra libre de desperdicios. Resulta difícil imaginar a algún borracho deambular entre estas soledades, en medio de este silencio, sin el riesgo de que la intoxicación culmine en un peligroso extravío. O en la muerte. Una caída, un atraco, una desaparición.
La escalera de palos parece a punto de derrumbarse. Quien decide subir por ella requiere por sobre todo audacia, determinación y deseos desbordantes de trepar a ese mirador en ruinas. Acaso para encontrarse a sí mismo contemplando una ciudad ausente, pues a esa hora de la mañana no se vislumbra ningún otro sentido. Entonces, nuevamente el espacio es el que desplaza al visitante. No se trata de ningún espejismo, sino más bien de un espejo. La interrogación es a uno mismo; el juego a encontrarse en las calles de una ciudad que emerge por momentos, para luego regresar a su brumoso anonimato. Es imposible que una sencilla cámara fotográfica pueda captar lo que significa el paso de las nubes sobre las ruinas, al mismo nivel del observador. No se ha inventado todavía el aparato que permita capturar con toda intensidad al silencio y su misteriosa estridencia.
Una vez arriba, pudiera ser que la escalera de palos termine por ceder, o simplemente desaparezca sin más (lo que, por cierto, reforzaría más aun la mágica percepción del entorno). El visitante poco ágil, física, mental o espiritualmente, podría quedarse para siempre allá arriba, como dentro de una pesadilla, con una neblina dispuesta a devolverle cualquier interrogante hacia sí mismo. ¡He aquí lo más intenso! Bajar esa frágil escalera con la posibilidad de una caída que podría resultar aun fatal; devolverse a la irrealidad de aquel cerro y a la certeza de que no importa la dirección en que se inicie el descenso, pues algo indica que de cualquier forma todos sus senderos terminan en alguna ciudad de muertos vivientes.
Regresando desde el Mirador hacia la Cruz, y luego desde la Cruz al Mirador, pareciera que en aquel tránsito algo se desintegra. El sentido de la orientación, la brújula interior, se va al carajo como si fuera una especie de Triángulo de las Bermudas, recordándole una y otra vez al caminante que se encuentra en una zona limítrofe. Así también lo atestiguan y resumen las palabras del poeta Jaime Giordano, cuando en 1965 describió de esta forma la vista de la ciudad desde el Cerro Chepe:
(…) parece una inmensa fosa común donde los muertos yacen enterrados por el cemento y el barro… Lo más hermoso, plácido, espiritual e inquietante entre lo creado por el hombre en Concepción es su Cementerio. 2
Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva
(1) Belmar, Daniel. 1952. Ciudad Brumosa. Santiago: Zig-Zag.
(2) Jaime Giordano. 1965. Treinta años de poesía en Concepción. Concepción: Revista Atenea.
miércoles, 8 de julio de 2020
EL QUE BAILA PASA
De acuerdo,
repensemos el mundo
Todo cuanto debamos
dejar atrás
No será desde ahora más que ruina.
Evade todo, menos
la realidad.
Enfrenta la
vergüenza de mirarte tú mismo
en relación a los demás.
El que baila pasa.
Y no hay en verdad
quien te impida continuar tu marcha
Más que tu extravío
del mundo.
Por estos días
No hay quien te
exima de la responsabilidad revolucionaria
De habitar este
vasto mundo tan necesitado de dignidad
Y transformarlo.
viernes, 29 de mayo de 2020
EL COMIENZO
Tal vez sería por la cantidad de vehículos
policiales con los que me crucé en el camino, pero me sentía nervioso. No era
la primera vez, y difícilmente sería la última, que robaba la bodega de una
multitienda. Pero está claro que a quienes iban dentro de los coches policiales
poco o nada les importó verme caminando entre las sombras a un costado de la
ruta cercana al Terminal de Buses, con las manos en los bolsillos y la cabeza
cubierta con el gorro de mi polerón. Aparentemente iban camino a algún lugar
mucho más importante.
Mierda, cómo me habría gustado fumar, pero el
tabaco lo había dejado hace años, y cualquier otra sustancia no me la permitía antes
del trabajo. No hacía frío, si bien reconozco que experimentaba una especie de
temblor que parecía provenir desde mi interior. Tenía un extraño presentimiento
esa noche. Como si algo muy superior en importancia a nuestra pega se estuviera
gestando en algún lugar. Tal vez fuera porque en las afueras de la ciudad se
experimentaba un inusual silencio, sin embargo, en cuanto la brisa se calmaba y
las ramas de los árboles dejaban de agitarse, comenzaban a escucharse sonidos
de sirenas y alguno que otro estampido proveniente desde el corazón mismo de la
urbe.
Ahí estaba yo, sentado con las manos en los
bolsillos contemplando el galpón cuando apareció el sujeto al que esperaba. Su
nombre era Hernán, aunque me quedó claro a los pocos minutos que tal
denominación correspondía tan solo a una de sus numerosas chapas.
-¡Vaya nochecita ésta la que elegimos para
hacer nuestras fechorías! –me gritó sin el más mínimo disimulo en cuanto me vio
agazapado bajo los árboles.
Miré
alrededor, y luego enfrenté su mirada con un aire de desaprobación. La
naturaleza de nuestra misión allí exigía la máxima cautela.
-No te preocupes, León (no sé qué chucha le dio
por decirme así), la yuta está demasiado ocupada en el centro. ¿Es que no sabes
lo que pasa? ¡Despertó Chile, el país entero se levantó contra este sistema de
mierda!
Debo confesar que me habían advertido de la
personalidad un tanto curiosa de mi compañero. De hecho, había llegado hasta él
por un dato que me pasaron unos viejos ladrones, curtidos en asaltos y robos en
bancos y grandes tiendas. Muchos años atrás, esos mismos viejos habían
participado en la resistencia armada contra la dictadura. Cierto, hasta cierto
punto yo era un novato, pero hasta el momento había tenido mejor suerte robando
que ejerciendo la carrera universitaria que estudié. En solo dos años me había
salvado robando, casi siempre en bodegas de grandes tiendas. Mi naturaleza
esencialmente pacífica me prevenía de exponerme a situaciones en las que me
viera obligado a enfrentarme a guardias desclasados o a la yuta misma.
-Así que te dicen el ingeniero, ¿eh? Bueno,
vamos a ver si hiciste bien la pega. Éste es el tipo de alarma que usan estos
giles, ¿la tienes?
-Sí, sí. No debería tener problema.
-Quiero hacerla y largarme de aquí lo antes
posibles. Nuestro pueblo está en la calle a esta hora, ése es nuestro lugar,
¿comprendes? Yo terminando aquí me voy al centro.
-¿Quieres hacer otros negocios en el centro?
-¡No!, yo con esto quedo parao un buen rato. Lo
que quiero es salir a la calle y darle cara a los pacos, ¡esto es una
revolución!
-Déjame desconectar estos dos cables y
estaríamos. Aparte voy a neutralizar las cámaras de…
-¡Sí, eso, hace cagar toda la weá no más!
-Dile al tipo del camión que ya llegó su
momento.
-Dicho y hecho.
Hernán entonces hizo una brevísima llamada y en
poco más de dos minutos teníamos un pequeño camión sin patente afuera del
galpón.
-Cuanta eficiencia, Hernán…
-Hernán, sí. Jamás he dejado de ser Hernán.
Hubo un tiempo en el que me decían de otras formas, ahora soy desde hace rato
Hernán. Me agrada.
Aunque suene disparatado, no necesitamos más de
5 minutos para meter en el camión buena parte de la mercadería más valiosa que
encontramos: televisores, equipos eléctricos, cocinas, algunos muebles de finas
terminaciones, dos o tres colchones... Eso sí, debimos tentar al conductor del
camión con una jugosa comisión para que nos echara una mano con nuestro botín. Mientras
cargábamos a toda prisa el camión, Hernán no dejaba de decirme lo excitado que
se sentía por lo que estaba sucediendo.
-Es de no creerlo, León, tantos años esperando
a que la gente despertara, y al final, cuando más dormido parecía todo el mundo,
de un momento para otro decidieron pararle los carros a estos sinvergüenzas que
nos gobiernan…
Yo asentía en silencio. Jamás me interesó demasiado la política. Con suerte tiré piedras a la policía alguna que otra vez mientras estudié, pero la política no era lo mío. Sin embargo, la emoción que transmitía Hernán hizo que me decidiera a darme una vuelta al centro después de terminar el trabajo.
Cuando vimos que la mercadería de más valor ya
se encontraba dentro del camión, decidimos dar por terminada la faena. Dentro
de una caja de madera encontramos varias botellas de vino caro, reserva de no
sé qué año; nos guardamos un par entre las ropas y nos fuimos de allí. El
sujeto del camión se llevó la mercadería y nosotros con Hernán nos devolvimos
caminando por entre los mismos árboles, luego por pasajes y lugares sombríos. Descorchamos
una botella y nos la fuimos pasando.
-Bueno, ahora a esperar que la otra gente
reparta la merca para recibir nuestra tajada.
-Así es, ¿vas al centro ahora?
-Por supuesto que voy al centro.
-¿Eres comunista, acaso?
-Nah, eso de encasillar a la gente que piensa
diciéndole de una forma u otra no es lo mío. Soy un weón que piensa, nada más.
Tras una larga caminata llegamos a la Rotonda
Bonilla, desde allí ya se percibía un aire enrarecido, un rumor que fue
creciendo a medida que bajamos por la Avenida Los Carrera hacia el centro.
Oíamos explosiones, gritos, disparos. Gustosamente me habría largado a mi casa,
de no ser por la insistencia de Hernán de ver lo que estaba pasando. Entonces,
tras andar unas cuadras, aparecieron los primeros resplandores. Había algunos
edificios en llamas. Un helicóptero de la policía sobrevolaba la ciudad
iluminando el área céntrica con un foco muy potente. Sin embargo, miles de
personas repletaban la calle, era la protesta más masiva que había visto. Desde
la Rotonda de la Avenida Paicaví con Los Carrera era posible apreciar, para un
lado y otro, al menos una decena de barricadas. Muy a lo lejos, algunos
blindados de la policía que poco o nada podían hacer frente a tanta gente
arrojándoles lo que tuvieran a mano.
Nos acercamos a una fogata. Hernán me miró
fijamente y me dijo:
-Formo parte de una generación cuyo proyecto
político se perdió, perdió el norte, mucho se vendieron, otros se fueron
derrotados a sus casas. Yo nunca me he sentido derrotado, sabes, creo que
siempre supe que no caería en cana o me moriría sin antes vivir una noche como
ésta. No sabes lo feliz que me siento. Ha sido un día largo, chico, pero
maravilloso.
Contemplando el resplandor de las llamas sobre
su rostro, rodeado por cientos y cientos de personas allí, en medio de la
calle, comprendí por un segundo el éxtasis de Hernán.
-Maravilloso, maravilloso…
Volvió a
decirlo con la vista fija en un grupo de jóvenes capuchas que sacaban paneles
de una serviteca en construcción para alimentar una barricada.
-Maravilloso.
Y entonces decidí echarles una mano.
lunes, 20 de abril de 2020
La literatura es una terapia de transformación de la realidad
Las ganas de terminar con el encierro y la desazón que produce esta crisis sanitaria hace que muchos deseemos una cotidianeidad distinta. Pero no debemos perder el foco mirando únicamente nuestro ombligo. Hoy, el a veces tan tedioso teletrabajo es en verdad un privilegio, pues cientos de miles de personas deben seguir exponiendo sus vidas saliendo a trabajar por necesidad. Hacia ellos y ellas debe ir nuestra solidaridad, comprensión y apañe.
















