jueves, 19 de mayo de 2022

PASAJE

 


     Hoy cuando fui a buscarte me distraje en mis pensamientos y la micro me dejó un paradero más allá. Había andado muy pocas veces por ahí, por lo que empecé a buscar la línea del tren para orientarme. En eso descubrí un pasaje secreto, algo así como un portal dimensional, muy cerca del puente ferroviario. Sin darme cuenta casi, pasé a través de él. El tema fue que el portal me dejó más o menos en el mismo lugar, solo que sintiéndome distinto, como con otro aire, como recién salido de un baño bautismal, o como después de descubrir lo bien que te cae alguien. 



lunes, 25 de abril de 2022

Alaridos de un alma atrapada en una caja de Santa Helena

 


        No fue que llevara tanto tiempo durmiendo bajo ese sol indolente. Tampoco la voz fantasmal de su esposa que el vino se encargaba de hacerle rememorar en cada una de sus noches. No. El tema pasó por el hambre, que súbitamente comenzó a abrirse paso a través de sus tripas para asomar en forma de ira -sí, de ira- en contra de los transeúntes que a esa hora de la tarde caminaban por las veredas del Cerro El Golf.

            Comenzó insultando a quien se le cruzare, pero no pasó mucho tiempo antes de irse a las manos. Su primera víctima fue una anciana que cargaba una bolsa plástica llena de naranjas para hacer jugo.

- ¡Déjame en paz, borracho infeliz! –se defendió la mujer propinándole un golpe en la cabeza con la bolsa de aquellas naranjas maduras, dulces y jugosas.

            El hombre cayó a tierra, y fue principalmente la vergüenza y el miedo a volverse a caer lo que impidió que se levantara a defender su alicaído honor. En vez de eso, se dobló entre los matorrales como una cucaracha, apretando los dientes e intentando cubrirse los ojos de los rayos de sol aún poderosos que iluminaban ese atardecer. Comenzó a darse vueltas de un lado a otro, hasta perder la noción del tiempo.

- ¡Míralo, mamá!- escuchó de pronto la voz de un muchachito- ¡se parece al papá!

- ¡Cállate, cabro tonto!- respondió rápidamente una voz que parecía corresponder a la de la madre furibunda.

 

            Tuvieron que pasar algunos minutos antes de que pudiera volver a ponerse de pie. Inició el ascenso hacia la loma más cercana. En algún minuto, su intención fue atravesar dicho cerro y utilizar todas tus fuerzas para llegar a mendigar vino y quizás un huevo duro donde Don Hami, a un costado de la línea férrea. Sin embargo, se trataba de un camino extremadamente difícil, con subidas, bajadas y una sed que el calor se encargaba de hacer insoportable para cualquier organismo en su misma situación.

            Para colmo, a poco de andar volvió a tropezarse, cayendo sobre unos grandes helechos. Tuvo la mala fortuna de que su cabeza golpeara una roca de colores, y que en mitad de su aturdimiento su conciencia le devolviera al pasado… Se vio acompañando a su hija hasta la entrada de algún colegio de Lorenzo Arenas. Ella se apegaba a su cuerpo y no paraba de contarle chistes mientras caminaba –él creía- orgullosa al lado de su padre. Luego vino un fundido en negro, un despertar entre cristales rotos que reflejaban implacablemente los últimos rayos de sol de esa tarde, algunos de ellos enterrados en las piernas y la espalda. La pérdida de un zapato lo hizo meditar una vez más acerca del carácter efímero de las cosas más valiosas. El rostro de su pequeña hija acompañó cada una de estas profundas reflexiones, mientras se limpiaba con la manga un rastro de sangre y saliva que quedaba en su barbilla.



            La noche no tardó en sorprenderlo andando a tumbos en medio del pastizal, ahogándose nuevamente en sus pesadillas. Feliz arrojaba sobre la mesa unas cuantas bolsitas de merca contenidas en una cartuchera de lentes que disimulaba a la perfección su contenido. Muy animado, caja de vino en mano, procedió a dar cuenta del material en compañía de unos amigotes, a los que no tardaría en responsabilizarlos de lo que estaba por suceder. Entre sueños que más parecían alucinaciones, se recordó poderoso e inquieto, sentado allí bebiendo a grandes sorbos su caja de Santa Helena, sin que nada ni nadie pudiera inmutarlo. En una simple fracción de segundo, no obstante, la vida le recordaría dolorosamente su fragilidad. La silueta de su hija y de su pareja huyendo del ataque cobarde de una de sus amistades ciega de alcohol y mandanga, pareció devolverlo a la realidad.

            Despertó gritando de horror, y para entonces la patrulla ya se había detenido a su lado.

- Buenas noches, parece que no se puede ni las patas, amigo –le dijo uno de los oficiales.

- Eso a usted que le importa. Déjeme solo batírmelas con mi olvido. Aquí me siento tranquilo, no le hago daño a nadie.

- Tranquilo, sí, cómo no. Tus alaridos demenciales tienen despierto a todo el barrio, infeliz. Vas a tener que acompañarnos.

 

            El oficial que parecía más fuerte se aproximó a él con aire amenazante. Su figura a contraluz ciertamente le confería un carácter monstruoso a los ojos de aquel hombre. En cuanto lo levantó de las solapas, utilizó un trozo de vidrio para lanzarle varios cortes a la cara, aunque con escaso éxito.

- ¡Maldito! –gritó el oficial- ¡Ahora vas a ver!

           

            En una rápida maniobra, ambos policías desenfundaron sus lumas y comenzaron a moler a palos al beodo. Como pudo, se protegió de sus agresores. Fue retrocediendo, hasta que un bloque de cemento en mal estado lo hizo desbarrancarse, cayendo cerro abajo por la ladera repleta de basura, pastizal y roedores. Larga es la cuesta que conduce hasta el infierno, pensó mientras rodaba. Para su desgracia, una piedra gigantesca fue lo que detuvo su caída. Se quedó tendido allí, prácticamente inalcanzable para los oficiales, que inútilmente intentaban ubicarlo en medio de la nada con sus linternas. Pasó algunos minutos tratando de controlar las ganas de vomitar. Estaba de espaldas y con pocas posibilidades de convencer a su cuerpo de darse la vuelta. Un vómito en esas condiciones podría resultarle fatal. Luces de todos los colores imaginables centelleaban a su alrededor. Los ruidos que llegaban a sus oídos se mezclaron de forma perfecta hasta conformar un solo y monótono estertor. “Sinfonía de la muerte”, pensó, y echó a reír dolorosamente. “Aquí, en medio de estas plantas nobles y antropofágicas hallará mi cuerpo la lápida más honrosa que puedo darle”.



            Volvió a dejarse conducir por sus sueños, pero ni siquiera en tales circunstancias se ofrecieron estos más bondadosos ni gratificantes. El rostro de su hija amoratado tras una aparente golpiza, le puso sus pelos de punta. Mirándolo desafiante a los ojos, ella se le acercó con su pijama de siempre, con unas ojeras inaceptables para una niña de nueve años, y lo escupió en la cara. Ciego de ira, y creyéndola un demonio, trataba de apartar de sí su imagen terrorífica. Entonces ella tomó sus manos y le enterró sus uñas, produciéndole un dolor insoportable. Acto seguido, abrió una boca inmensa, inmensa como la noche entera que aguardaba por él, y se lanzó a por su cabeza. Sus sueños parricidas normalmente terminaban así, con él, padre, asesinado por el fantasma de una chiquilla dotada de una fortaleza solo concebible en sueños.

            Nuevamente fueron sus alaridos los que alertaron a los vecinos. A esa altura, la patrulla había reanudado su ronda por el barrio, dándolo por fugitivo o por muerto. Esta vez, sin embargo, no estuvo dispuesto a esperar a que volvieran por él. Como pudo, se puso de pie y reanudó su peregrinar cerro arriba, con la esperanza de poder cruzar la loma y bajar en dirección al centro de la ciudad. ¿Concebía acaso alguna recompensa allí? De ninguna manera, pero dentro de la poca lógica que acompañaba su andar, le parecía no solo interesante, sino también necesaria la búsqueda de otros espacios, de otras calles, de otros infiernos posibles.

            Avanzó dando tumbos hasta lo alto de la loma, pero entonces lo sacudieron los temblores. La visión de una caja de vino vacía arrojada por algún otro borracho sobre un baldío le pareció una broma diabólica. Se acercó a ella, y con aire despectivo, orgulloso, la pateó hacia el infinito. Pensó en que se sentía un poco más viejo, un poco más vil y un poco más enfermo que otras veces. “Este asunto irá avanzando con el tiempo. Llegará un día en que ni siquiera podré mantenerme en pie. ¡Qué va! Para eso están los gusanos, ellos sabrán qué hacer con este desecho humano”. Los temblores comenzaron a hacerse más notorios y desagradables.

Desembocó en una suerte de plazoleta. La visión de los bancos de madera y los árboles frondosos le produjo una fugaz sensación de calma. Quizás pudiera encontrar en aquel lugar un descanso. Eso sí, primero debía resolver lo de sus temblores. Necesitaba alcohol con urgencia. Le pareció distinguir el sonido de una conversación de cantina, en las cercanías. Caminó algo confundido de un lado a otro. Incluso, dio vuelta a la manzana un par de veces antes de dar con un portón del que provenían sonidos de algarabía y vasos chocando unos con otros. Al parecer, se trataba del lugar correcto. Golpeó con los nudillos y solo obtuvo por respuesta una voz ronca diciéndole:

- ¡Aquí no aceptamos vagabundos, largo!

 



            Tras alguna insistencia, extrajo sus últimas monedas y volviera a golpear con ellas el portón, se abrió una pequeña compuerta ubicada a un costado, de donde salió un vaso plástico de color café lleno de vino. Su desesperación no le permitió atender a que había pagado casi el triple del precio habitual. Con desesperación, bebió aquel vaso de un solo trago, y consiguió avanzar un par de cuadras en dirección a la plazoleta, antes de desplomarse, al lado de una acequia.

            La mañana siguiente lo sorprendió con una de sus habituales pesadillas, a lo que se sumó la infame pérdida del zapato que le quedaba. Cerró nuevamente los ojos, quemados por el sol, e intentó una y otra vez volver a dormirse. “En el mejor de los casos, esta vez será para siempre”, se repetía como dándose ánimo. Finalmente, lo consiguió.


jueves, 3 de marzo de 2022

GUSTO

 


El gusto es mío, aunque la covid diga lo contrario.

Sin conocerte te juzgué.

Sin buscarte, te hallé en el paso de una nube nortina y difusa

 en un cielo de verano.

Tú dijiste lo mismo, en todo caso,

 y nos dimos el gusto

 de saborearnos.




viernes, 6 de agosto de 2021

CONMOCIÓN INTERIOR





Debo reconocer que me pone contento el poner a disposición de ustedes este pequeño librillo inspirado en la Revuelta de Octubre de 2019. Cierto es que lo tenía pendiente hace bastante tiempo. 

La mayoría de los textos fueron creados durante las primeras semanas de la Revuelta; lo hermoso fue haber tenido la oportunidad de leerlos junto con otrxs compañerxs poetas en varias plazas y esquinas de la ciudad en rebelión. Algunas de aquellas lecturas espontáneas terminaron antes de tiempo, reprimidas entre gases y balines. 

¿Por qué no lo subí antes? Pues porque en términos literarios e incluso personales, concebí la pandemia como un momento de repliegue táctico, pero ya venía siendo tiempo de ponerse al día. Les dejo, entonces, estos primeros apuntes de una Revolución en curso. 


LEER AQUÍ:



CONMOCIÓN INTERIOR by Oscar Sanzana

sábado, 19 de junio de 2021

¡Besa La Cabra!

Acepté juntarme con ella después de todos esos meses que había pasado lejos de su lado. Cierto es que los asuntos de mi terapia marchaban bien. Ya no temía despertar por las noches para transformarme en un ser insomne que vagara por mi casa con la triste soledad de un espectro. Las pastillas hacían lo suyo y, aunque en mi condición de medicado la felicidad es algo que se mira con resignación y no poca desconfianza, los días traían consigo cierto sosiego que por largo tiempo me fuera esquivo. De allí a que cuando encontrara su mensaje de voz en mi teléfono, decidiera aceptar su invitación.

A la Pancha la conocía desde harán unos cinco años. Los primeros dos fueron los mejores quizás, cuando nos enamoramos locamente y hasta decidimos vivir juntos un tiempo. Una decisión que me costaría caro, pues en poco más de seis meses meses perdí mi empleo y comencé a experimentar lentamente el abandono de mis amigos. Y no es que la Pancha fuera en realidad, cómo se dice, absorbente. Por el contrario, me empujaba a reunirme con mis amistades, a salir a los bares y a continuar con mi vida social.

De hecho, tenía todo lo que yo esperaba de una compañera. Podía contarle cualquier idea loca que se me viniera a la mente y a lo sumo se reiría a carcajadas, pero sin jamás juzgarme. Es fácil encontrar dulce una vida así: salir de mi empleo en esa tediosa oficina y saber que la Pancha me esperaría en la Perú, o debajo de los Tribunales, y que pasearíamos sin más horizonte que el de dos almas algo descompuestas y solitarias que se hacen compañía.

Las noches más delirantes tenían lugar cuando aceptaba fumar algo de marihuana con ella. Si hasta creo que me enamoré con solo mirarla enrolando pitos. Paciencia, serenidad, arte, deseo. Grupos de nubes, cúmulos colosales galopando en mi conciencia a la espera de que aquel ser de luz terminara su tarea y me llevara a ese otro mundo. Puedes juzgar a una persona por cómo enrola sus pitos. Por supuesto que sí.

-Ya está listo, dale tú primero, enciéndelo. ¡Besa La Cabra! –me decía mirándome profundamente a los ojos, aludiendo al título de una canción de rock algo satánica que hablaba de ceder a los placeres.

-Vale.

 

Y entonces venía el caminar por el Parque Manuel Rodríguez examinando atentamente los matices de cada color otoñal, deleitarnos con el cielo y con la acuarela crepuscular. Abrir nuestras mentes y corazones a la rareza. Luego comer algo, llegar a la casa a ver una película o, en el mejor de los casos, a hacer el amor. Tal vez no se trate precisamente de una vida gloriosa ni altruista, pero por aquel entonces me parecía suficiente para continuar viviendo con algo de salud mental. Debo admitir que a menudo olvidaba mis pastillas y, con el correr de los días, aquello que antes me mortificaba, simplemente dejó de importarme.

Una noche de sábado, tras haberme pasado todo el día en la cama junto a la Pancha, me sorprendí arrojando por el wáter las últimas pastillas que me quedaban. Una extraña sensación de libertad, ansiedad y miedo se apoderó de mí por algunos segundos. Luego llegó la Pancha toda arreglada a decirme que íbamos a salir a bailar:

-¿De qué hablas? Si estamos en cuarentena…

-Iremos a bailar de todas maneras esta noche, aunque solo seamos los tres junto a la luna. ¿O crees que me emperifollé por las puras?

 

Y ahí iba yo junto ella camino a alguna plazoleta o jardín donde pudiéramos sortear a los pacos y sentirnos más libres. Y, por cierto, el asunto siempre terminaba en baile junto al par de perros callejeros que aceptaban acompañarnos.

Fue una tarde gris cuando ella me habló de ese curso que debía hacer fuera de Concepción y que mejor termináramos en buena porque no confiaba en las relaciones a distancia. Le dije que no fuera lesa, que la esperaría lo que necesitara, pero no hubo caso. Recuerdo que estábamos sentados en una banca de la Avenida Los Carrera, y el ruido de los autos me resultaba particularmente molesto. Una ola de súbita tristeza se apoderó de mí y llegó en la forma de mis demonios habituales: “weón, te vas a morir sin haber hecho ni una weá importante en tu vida”. Y pensaba en esa antigua vida mía que me esperaba, la del insomnio y del grácil consuelo de las pastillas.

-Escucha, no seas tonto, vas a estar bien sin mí. Ya no tendrás que aguantarme. Además, quién sabe si el tiempo vuelva a reunirnos…


La miré de una forma que ella percibió extraña, como si quisiera atesorar ese rostro tan querido por toda la vida. Entonces desvió su mirada hacia el rayado que había en una pared, que decía: “ACAB en mi corazón… Piñera no existe”. Luego me miró y me repitió con dulzura:

-ACAB en mi corazón…

 

Y no volví a saber de ella hasta el audio de esta mañana. Que me había extrañado mucho en este tiempo, pero que había aprendido varias lecciones de vida y que estaba lista para regresar a Conce. Que me esperaría en la Perú, cerca de la pileta, como en los viejos tiempos. Y ahí estuve yo, como esperando este momento toda la vida, echando por el wáter todas mis pastillas nuevamente, dispuesto a arriesgar lo poco que me quedó de alma cuando ella se marchó; dispuesto tal vez a perdonarle estos meses de soledad y nostalgia.

A medida que me acercaba a la Perú mi corazón latía más de prisa, como el zorro domesticado del Principito. Yo había sido domesticado por la Pancha, qué duda cabía. Entonces el sonido de los tambores, la algarabía, los grupos de bailarines y la diversidad noctámbula. La Pancha apareciendo entre los fuegos de una malabarista, su abrazo que me devolviera a esa forma de vida extraña que teníamos los dos, el beso de aquella boca pequeña con la que había soñado largos meses. Ella que saca uno bueno y me dice:

-Ven, tenemos mucho que conversar, pero antes, ya sabes, besa La Cabra.

 

Eso hice.



 

martes, 1 de junio de 2021

ENCUENTRO

 


Bebo esta cerveza rebelde en la Martínez de Rozas

Vuelvo recién de la marcha y de su represión

Afuera continúan las sirenas, los disparos y los gritos

Salgo nuevamente, una micro de pacos a medio quemar nos persigue

Me refugio en el Taller del Libro y salgo inmediatamente detrás de la micro

A buscar a mi compañera

Apenas puedo respirar por el humo y los gases

Agarro un camote para darme seguridad

La veo a mi compa, me ve, y nos sonreímos a la distancia.

Vaya tiempos de locura estos.

Es inevitable disfrutar cualquier segundo de alivio.

Mierda, tanta belleza y pudrición juntas en las calles

Como dos lenguas retorciéndose en un mismo y apasionado beso

De amor y de muerte.

El principio del cielo es el infierno.



viernes, 9 de abril de 2021

VECINO


¡El cambio es inminente! ¡El modelo está liquidado! Desde mi cuarto escuchaba los vítores de mi vecino ebrio de vino barato y revolución. Poco antes había repartido una malla de limones a un grupo de manifestantes que huían de los milicos. Era la tercera o cuarta noche de éxtasis en la pequeña trinchera que constituía esa pieza que arrendaba en el cité de calle Ongolmo. Me lo imaginé altivo, dichoso y pleno. Lo imaginé solitario, soñador y niño. Dando vueltas por la habitación ignorando el reporte de saqueos de la tele; danzando en calzoncillos todo libre, todo loco y con el alma llena de banderas.







domingo, 18 de octubre de 2020

EL CUENCO DE POLLO



El comienzo de todo esto fue más o menos el siguiente. Llevaba algún tiempo viendo esas imágenes de protestas en el metro de Santiago. Casi siempre a la hora de almuerzo, devoraba mi cuenco de pollo con arroz que compraba en un local de comida turca de la avenida Paicaví. Miraba las redes sociales y allí me lo encontraba: cientos de secundarios saltando las vallas del metro en protesta por el alza del transporte. En Conce estábamos igualmente acostumbrados a un estilo de vida injustificadamente caro, y sin embargo, nadie se hacía cargo.

Así es que yo devoraba mi almuerzo contemplando a aquellos cuerpos saltando con una alegría salvaje, como poseídos por vapores rebeldes, subvirtiendo con su tan adorable caos la realidad gris del orden neoliberal chilensis. Desde luego, lo más divertido era escuchar los discursos graves y mediocres de las autoridades, condenándoles:

-¡Estamos siendo víctimas de una violencia irracional!

-Cuando sube el pan no hacen ninguna protesta.

-¡Esto no es protesta, es vandalismo!

-¡Soy partidario de reprimir con energía! – llegó a vociferar un anciano senador social-cocainómano renovado.

 

Y yo, insisto, adoré beber mi café escuchando su rabia. Luego, como el acto más normal del mundo, salía de las redes sociales y volvía a la monotonía de mi trabajo. Las horas pasaban para mí entre el trabajo y los estudios. Maldito examen que tenía aquel sábado en la mañana. Cada hora libre de esa semana la aproveché para estudiar, intentando retener lo mejor posible los conceptos fundamentales del ITER CRIMINIS, la vía al delito. ¿Qué es lo que lleva a un ser humano a delinquir? Detrás de todos aquellos conceptos técnicos se escondía una interrogante así de brutal, pero la materia, tal vez por suerte, no llegaba a explicarlo.

Así fueron los días anteriores a esa tarde y noche de día viernes 18 de octubre. Ciertamente, sentía que mi cabeza explotaría de un momento a otro con el estrés y la ansiedad, por lo que siendo alrededor de las nueve decidí dejar el estudio hasta allí y relajarme en las nerviosas horas previas a mi examen de Derecho Penal. Necesitaba de un plan y lo tenía: hacía ya un tiempo que no invitaba al cine a Paola y decidí que ir a ver Joker sería un buen escape. Además, el Hermanito de los Queques Mágicos me hizo un ofrecimiento que no pude rechazar: me vendió tres porciones de sus alucinantes dulces. Podría invitar a Felipe, así aprovecharía de comentar lo que estaba pasando en Santiago, que a esa hora continuaba con protestas. Así lo haría. Pero antes, un último repaso de la materia del examen…

Me vi corriendo sin querer por una Avenida Paicaví colapsada como buena noche de viernes, tratando de llegar a tiempo a la pizzería donde me esperaba el Hermanito de los Queques Mágicos con la merca.

-Ten cuidado con estos –me dijo- son pequeños, pero están mucho más potentes que la última vez. No te atrevas a comerte más de la mitad de uno.

-Vale, así lo haré –le dije sabiendo que mi instinto drogata podría más y acabaría comiéndome uno entero.

 


El estudio había sido tan desgastante que, junto con el cansancio mental, me sentía incluso físicamente un poco debilitado. Tenía hambre. Fue un alivio saber que Paola había pasado por algo de comida. Para mi sorpresa, compró otros cuencos de pollo. Desde luego, comer un cuenco de pollo en el cine constituía una ordinariez tamaña, empero, zamparse esas dosis aquellos queques con la guata vacía habría sido aún más demencial.  

Nos juntamos los tres en la entrada del cine, llegando justo a tiempo al comienzo de la función.

-¿Cachai la cagadita que está quedando en Santiago?

-Oye sí.

-¿Compraste las entradas?

-Aquí los tengo.

-Entremos de una vez.

 

Reconozco que me siempre me llamó la atención la extraña sensación de impunidad que rodea la oscuridad del cine. El hecho de poder bajonear libremente y sin que la gente supiera de dónde diablos salía ese olor a comida fue algo que de no ser por la penumbra me habría avergonzado. Luego, hacia el final de la película, justo en la escena en la que Joker le vuela la tapa de los sesos al mierda de Murray, un sucedáneo de nuestro pestilente Don Francisco, no pude evitar aplaudir. La porción de queque, aunque pequeña, efectivamente se venía muy potente y comenzaba lentamente a hacer lo suyo.  

Luego vinieron las escenas de protestas callejeras tan características de la película. Recordé mis viejos tiempos de capucha. Fue inevitable emocionarse con la rebelión de les pobres, marginades, prójimes todes. Mierda, si hasta debí contener las lágrimas al contemplar aquella danza carnavalesca y macabra del sangrante protagonista sobre el coche policial, con la que respondía gloriosamente a sus años de cotidiana humillación.  

Drogábamos como estábamos, nos pegamos largo rato mirando los créditos. Debo decir que en ningún segundo se me habría pasado ni remotamente por la mente que al salir de la sala nos encontraríamos con que el mundo, tal cual lo conocíamos hasta entonces, había cambiado y continuaría cambiando para siempre. Incluso hoy me pregunto, ¿habrá sido el queque mágico?, ¿y si solo me hubiese comido la mitad de la porción como me recomendó el Hermanito de los Queques Mágicos? A veces pienso que incluso la clave para comprender toda la bella y terrible locura que se desataría a partir de ese momento en que nos levantamos de nuestros asientos, se hallaba en el fondo mismo del cuenco de pollo que ingerimos con tantas ganas…

-Espérenme un poquito, que necesito hacer pipí –nos dijo Paola al salir al hall.

-Dale, te esperaremos en la entrada.

Entonces me di cuenta que la expresión del rostro de Felipe había cambiado por completo luego de que comenzara a revisar su teléfono:

-Weón, se echaron a un compa en Santiago. Piñera decretó estado de emergencia y los pacos se echaron a un compa en Maipú.

-Me estás webiando…

 

Revisé mi teléfono y estaba rebosante de mensajes. Una sensación eléctrica me sacudió el cuerpo. Ya no se trataba de una simple protesta en Santiago. El sátrapa que teníamos por presidente había declarado la guerra al pueblo que a esa altura se había volcado a las calles por mucho más que un alza en el transporte. Nos había declarado la guerra a todes.

A Paola le tomó unos minutos comprender qué ocurría cuando volvió del baño toda llena de locura y vio nuestras caras.

-¿Y a ustedes qué les pasó?

-Va a quedar la cagá…

 


Salimos del cine a la calle y se respiraba una tensa calma. Esa sería la última noche tranquila de la ciudad en mucho, mucho tiempo. Nuestros teléfonos seguían recepcionando decenas de mensajes provenientes de los muchos grupos que teníamos. Algunos contaban detalles de lo que estaba pasando en Santiago, habría otros dos muertos por la policía y los militares. Había que reaccionar al día siguiente. Aquello era intolerable.

Decidimos ir a un local llamado El Averno para conversar una cerveza antes de irnos a nuestras respectivas casas. Caminamos por la calle Orompello de una ciudad que no se parecía a Conce. Cierto es que eran pasadas las una de la madrugada, pero el silencio de esa noche de viernes lo recuerdo perfectamente, como si las personas y los sonidos se hubieran recogido, como lo hace el mar antes de abrazarnos con sus olas cuando hay tsunamis.  Recordé fugazmente el examen que debía dar al día siguiente, pero se perdió ante la visión de los acontecimientos. Las noticias modificaron nuestro viaje, huelga decirlo, no obstante, nos sentíamos todavía navegando entre las brumas oníricas de la droga.

-Ya está -dijo Felipe, ya instalados en una mesa frente al escenario en donde nadie tocaba-, hay una convocatoria en la Plaza de los Tribunales para mañana al mediodía.

-Voy a pasar de los primeros a dar mi examen para estar listo a esa hora. Te anticipo que se viene pesado el día de mañana. Si en Santiago sacaron milicos, nada impide que no lo hagan acá.

-Cierto, va a depender de la cagadita que quede.

 

Nos fuimos caminando hacia la Remo, pensando en lo que se vendría al día siguiente y a cada tanto deteniéndonos a leer tal o cual nuevo mensaje que llegaba a nuestros teléfonos.

Aquella mañana del sábado 19 de septiembre me levanté a las 6.30 para alcanzar a repasar la materia una última vez antes de mi examen. Sin embargo, no contaba con que el efecto del queque mágico me duraría algunas horas más de lo pensado. Con todo, conseguí releer la materia. Luego, sin desayunar, me puse mi terno –el mismo y único terno que he usado en la vida-, y fui a dar mi examen. Me las arreglé para pasar de los primeros, para aprobar y llegar puntualmente al mediodía a la Plaza de los Tribunales.

Lo que ocurrió luego, que al principio fuéramos cien, luego quinientos y a las pocas horas, miles en las calles de Conce y de todo Chile, es algo que a esta altura forma parte de un relato colectivo de quienes ese día decidimos encontrarnos y comenzar a cambiar de una vez por todas nuestra realidad. Palabras como justicia, dignidad, igualdad, pueblo y revolución volverían a escucharse en las esquinas de nuestros barrios. Había pues, que ponerse manos a la obra con las transformaciones sociales pendientes y urgentes. Y bueno, en eso estamos. 

18 de Octubre Revolucionario de 2020.

 

martes, 29 de septiembre de 2020

Mirador en ruinas del Cerro Chepe


En 1952, el escritor Daniel Belmar bautizó a Concepción como la Ciudad Brumosa:

(…) el otoño y el invierno eran duros, hostiles. Salían del océano, del río, de las altas copas de los pinos, y envolvían la ciudad en un manto de bruma, en un opalescente sudario de niebla, que, durante el día, mojaba el pavimento y los muros, goteaba desde las ramas de los árboles. Y en la noche, esfumaba el contorno de las cosas en un paisaje submarino y turbio, quieto, siniestro, por donde discurrían silenciosos y pálidos fantasmas apenas vislumbrados un instante bajo la luz borrosa de los focos.

Sí. Era una ciudad. Una ciudad brumosa.1


Tal vez uno de los mejores espacios para comprender la capacidad que tiene la bruma para definir la ciudad, sea el mirador en ruinas del Cerro Chepe. El siguiente es el relato de una excursión realizada en las primeras horas de la mañana, en condiciones de neblina intensa. 


Aproximarse a este cerro es allegarse al que parece ser un pasaje secreto, un lugar mágico, al que uno se interna (o al que, mejor dicho, se es conducido) en medio de una intensa búsqueda. La irrealidad que la densa capa de niebla otorga a este mirador lo reviste al mismo tiempo de un particular encanto: la sensación de no estar en ningún lugar. Se está sobre una ciudad que verdaderamente resulta invisible. Y no solo la ciudad de los vivos. Numerosos senderos que se pierden a la distancia, conducen a la polis de los muertos, a la necrópolis, enclavada a los pies del Cerro Chepe: el Cementerio General de Concepción. 

Se necesita ascender por un sendero que a ratos se vuelve un tanto difuso, sortear a los agresivos perros guardianes de las casas vecinas y, por supuesto, de estas ruinas. La bruma, otra vez la bruma, abre el paso a una primera revelación: la inmensa cruz que el entonces administrador del cementerio, Guillermo Otto, ordenó construir en 1933. La estructura posee una altura de 20 metros, y se encuentra instalada sobre una base de dos metros cuadrados. En dicha base existe una placa con el siguiente mensaje:

“IN MEMORIAM XIX CENTENAR RENEPTIONIS XXXIX MCMXXXIII”

                                      


Situada allí desde hace muchos años, con el objetivo de recibir a quienes regresan de su peregrinar a poblar la necrópolis, esta Cruz pareciera abrigar el eco de una compasión que en el resto de la urbe parece ausente. 


Es necesario continuar el ascenso, dejarse conducir a tientas por aquel sendero que continúa hacia lo incierto. La visión del antiguo mirador sugiere al caminante que desde sus ruinosas alturas bien podría contemplarse tanto el cielo como el infierno. Al igual que la Cruz, esta estructura de hormigón fue edificada por instrucciones de Guillermo Otto, en 1933. Posee una altura de cuatro metros, con siete metros cuadrados de base

El mirador está emplazado en una pequeña cima. Se sabe, pero además se intuye y se siente. Allá abajo existe una ciudad, una ciudad que la bruma se encarga de volver invisible. Y existe de igual modo el silencio, que se acerca y por un instante lo posee todo. Incluso al caminante. El espacio en su conjunto resulta absolutamente superado por su historia. Todavía sobreviven acá las voces de los muertos, y a ratos se escuchan con mayor claridad que las de los vivos. Nos hablan desde las faldas del Chepe, subiendo a través de sus senderos como lo haría cualquiera de sus visitantes. Y es que este cerro se encuentra en un lugar limítrofe, en una evidente zona de peligro. Su falda es la que separa las dos ciudades. La urbe de los vivos, la polis de los muertos. La cima, por tanto, pertenece a ambos reinos.


Algunos rayos de sol consiguen romper la densa capa de niebla. El avance entre el pastizal de gran altura, tan característico de los baldíos, se asemeja ahora a un extraño peregrinar entre las llamas de un pequeño infierno.




El último terremoto destruyó la escalera de hormigón que posibilitaba el ascenso al mirador. La necesidad de subir hasta lo alto de esta estructura, salvaguardando la utilidad del mirador, motivó a algún visitante a confeccionar una improvisada escalera de madera. Después de todo, el Cerro Chepe nunca ha dejado de recibir visitas. Así lo atestiguan algunas botellas de licor dispersadas a la redonda, cuya soledad resulta a ratos desgarradora. La parte alta del mirador, curiosamente, se encuentra libre de desperdicios. Resulta difícil imaginar a algún borracho deambular entre estas soledades, en medio de este silencio, sin el riesgo de que la intoxicación culmine en un peligroso extravío. O en la muerte. Una caída, un atraco, una desaparición.




La escalera de palos parece a punto de derrumbarse. Quien decide subir por ella requiere por sobre todo audacia, determinación y deseos desbordantes de trepar a ese mirador en ruinas. Acaso para encontrarse a sí mismo contemplando una ciudad ausente, pues a esa hora de la mañana no se vislumbra ningún otro sentido. Entonces, nuevamente el espacio es el que desplaza al visitante. No se trata de ningún espejismo, sino más bien de un espejo. La interrogación es a uno mismo; el juego a encontrarse en las calles de una ciudad que emerge por momentos, para luego regresar a su brumoso anonimato. Es imposible que una sencilla cámara fotográfica pueda captar lo que significa el paso de las nubes sobre las ruinas, al mismo nivel del observador. No se ha inventado todavía el aparato que permita capturar con toda intensidad al silencio y su misteriosa estridencia.





Una vez arriba, pudiera ser que la escalera de palos termine por ceder, o simplemente desaparezca sin más (lo que, por cierto, reforzaría más aun la mágica percepción del entorno). El visitante poco ágil, física, mental o espiritualmente, podría quedarse para siempre allá arriba, como dentro de una pesadilla, con una neblina dispuesta a devolverle cualquier interrogante hacia sí mismo. ¡He aquí lo más intenso! Bajar esa frágil escalera con la posibilidad de una caída que podría resultar aun fatal; devolverse a la irrealidad de aquel cerro y a la certeza de que no importa la dirección en que se inicie el descenso, pues algo indica que de cualquier forma todos sus senderos terminan en alguna ciudad de muertos vivientes.




Regresando desde el Mirador hacia la Cruz, y luego desde la Cruz al Mirador, pareciera que en aquel tránsito algo se desintegra. El sentido de la orientación, la brújula interior, se va al carajo como si fuera una especie de Triángulo de las Bermudas, recordándole una y otra vez al caminante que se encuentra en una zona limítrofe. Así también lo atestiguan y resumen las palabras del poeta Jaime Giordano, cuando en 1965 describió de esta forma la vista de la ciudad desde el Cerro Chepe:

(…) parece una inmensa fosa común donde los muertos yacen enterrados por el cemento y el barro… Lo más hermoso, plácido, espiritual e inquietante entre lo creado por el hombre en Concepción es su Cementerio. 2


Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva


(1)    Belmar, Daniel. 1952. Ciudad Brumosa. Santiago: Zig-Zag.

(2)    Jaime Giordano. 1965. Treinta años de poesía en Concepción. Concepción: Revista Atenea. 


miércoles, 8 de julio de 2020

EL QUE BAILA PASA

De acuerdo, repensemos el mundo

Todo cuanto debamos dejar atrás

 No será desde ahora más que ruina.

Evade todo, menos la realidad.

Enfrenta la vergüenza de mirarte tú mismo

 en relación a los demás.

El que baila pasa.

Y no hay en verdad quien te impida continuar tu marcha

Más que tu extravío del mundo.

Por estos días

No hay quien te exima de la responsabilidad revolucionaria

De habitar este vasto mundo tan necesitado de dignidad

Y transformarlo.



viernes, 29 de mayo de 2020

EL COMIENZO


Me encontré de pronto allí sin estar suficientemente seguro de lo que hacía. Elegí el lugar más oscuro, bajo unos árboles, para escapar del foco gigante que iluminaba el galpón. Debía esperar a quien traería las herramientas necesarias para abrir el portón y poder sacar la mercadería.

Tal vez sería por la cantidad de vehículos policiales con los que me crucé en el camino, pero me sentía nervioso. No era la primera vez, y difícilmente sería la última, que robaba la bodega de una multitienda. Pero está claro que a quienes iban dentro de los coches policiales poco o nada les importó verme caminando entre las sombras a un costado de la ruta cercana al Terminal de Buses, con las manos en los bolsillos y la cabeza cubierta con el gorro de mi polerón. Aparentemente iban camino a algún lugar mucho más importante.

Mierda, cómo me habría gustado fumar, pero el tabaco lo había dejado hace años, y cualquier otra sustancia no me la permitía antes del trabajo. No hacía frío, si bien reconozco que experimentaba una especie de temblor que parecía provenir desde mi interior. Tenía un extraño presentimiento esa noche. Como si algo muy superior en importancia a nuestra pega se estuviera gestando en algún lugar. Tal vez fuera porque en las afueras de la ciudad se experimentaba un inusual silencio, sin embargo, en cuanto la brisa se calmaba y las ramas de los árboles dejaban de agitarse, comenzaban a escucharse sonidos de sirenas y alguno que otro estampido proveniente desde el corazón mismo de la urbe.

Ahí estaba yo, sentado con las manos en los bolsillos contemplando el galpón cuando apareció el sujeto al que esperaba. Su nombre era Hernán, aunque me quedó claro a los pocos minutos que tal denominación correspondía tan solo a una de sus numerosas chapas.

-¡Vaya nochecita ésta la que elegimos para hacer nuestras fechorías! –me gritó sin el más mínimo disimulo en cuanto me vio agazapado bajo los árboles.

 

 Miré alrededor, y luego enfrenté su mirada con un aire de desaprobación. La naturaleza de nuestra misión allí exigía la máxima cautela.

-No te preocupes, León (no sé qué chucha le dio por decirme así), la yuta está demasiado ocupada en el centro. ¿Es que no sabes lo que pasa? ¡Despertó Chile, el país entero se levantó contra este sistema de mierda!

 

Debo confesar que me habían advertido de la personalidad un tanto curiosa de mi compañero. De hecho, había llegado hasta él por un dato que me pasaron unos viejos ladrones, curtidos en asaltos y robos en bancos y grandes tiendas. Muchos años atrás, esos mismos viejos habían participado en la resistencia armada contra la dictadura. Cierto, hasta cierto punto yo era un novato, pero hasta el momento había tenido mejor suerte robando que ejerciendo la carrera universitaria que estudié. En solo dos años me había salvado robando, casi siempre en bodegas de grandes tiendas. Mi naturaleza esencialmente pacífica me prevenía de exponerme a situaciones en las que me viera obligado a enfrentarme a guardias desclasados o a la yuta misma.

-Así que te dicen el ingeniero, ¿eh? Bueno, vamos a ver si hiciste bien la pega. Éste es el tipo de alarma que usan estos giles, ¿la tienes?

-Sí, sí. No debería tener problema.

-Quiero hacerla y largarme de aquí lo antes posibles. Nuestro pueblo está en la calle a esta hora, ése es nuestro lugar, ¿comprendes? Yo terminando aquí me voy al centro.

-¿Quieres hacer otros negocios en el centro?

-¡No!, yo con esto quedo parao un buen rato. Lo que quiero es salir a la calle y darle cara a los pacos, ¡esto es una revolución!

-Déjame desconectar estos dos cables y estaríamos. Aparte voy a neutralizar las cámaras de…

-¡Sí, eso, hace cagar toda la weá no más!

-Dile al tipo del camión que ya llegó su momento.

-Dicho y hecho.

 

Hernán entonces hizo una brevísima llamada y en poco más de dos minutos teníamos un pequeño camión sin patente afuera del galpón.

-Cuanta eficiencia, Hernán…

-Hernán, sí. Jamás he dejado de ser Hernán. Hubo un tiempo en el que me decían de otras formas, ahora soy desde hace rato Hernán. Me agrada.

 

Aunque suene disparatado, no necesitamos más de 5 minutos para meter en el camión buena parte de la mercadería más valiosa que encontramos: televisores, equipos eléctricos, cocinas, algunos muebles de finas terminaciones, dos o tres colchones... Eso sí, debimos tentar al conductor del camión con una jugosa comisión para que nos echara una mano con nuestro botín. Mientras cargábamos a toda prisa el camión, Hernán no dejaba de decirme lo excitado que se sentía por lo que estaba sucediendo.

-Es de no creerlo, León, tantos años esperando a que la gente despertara, y al final, cuando más dormido parecía todo el mundo, de un momento para otro decidieron pararle los carros a estos sinvergüenzas que nos gobiernan…

 

Yo asentía en silencio. Jamás me interesó demasiado la política. Con suerte tiré piedras a la policía alguna que otra vez mientras estudié, pero la política no era lo mío. Sin embargo, la emoción que transmitía Hernán hizo que me decidiera a darme una vuelta al centro después de terminar el trabajo.

Cuando vimos que la mercadería de más valor ya se encontraba dentro del camión, decidimos dar por terminada la faena. Dentro de una caja de madera encontramos varias botellas de vino caro, reserva de no sé qué año; nos guardamos un par entre las ropas y nos fuimos de allí. El sujeto del camión se llevó la mercadería y nosotros con Hernán nos devolvimos caminando por entre los mismos árboles, luego por pasajes y lugares sombríos. Descorchamos una botella y nos la fuimos pasando.

-Bueno, ahora a esperar que la otra gente reparta la merca para recibir nuestra tajada.

-Así es, ¿vas al centro ahora?

-Por supuesto que voy al centro.

-¿Eres comunista, acaso?

-Nah, eso de encasillar a la gente que piensa diciéndole de una forma u otra no es lo mío. Soy un weón que piensa, nada más.

 

Tras una larga caminata llegamos a la Rotonda Bonilla, desde allí ya se percibía un aire enrarecido, un rumor que fue creciendo a medida que bajamos por la Avenida Los Carrera hacia el centro. Oíamos explosiones, gritos, disparos. Gustosamente me habría largado a mi casa, de no ser por la insistencia de Hernán de ver lo que estaba pasando. Entonces, tras andar unas cuadras, aparecieron los primeros resplandores. Había algunos edificios en llamas. Un helicóptero de la policía sobrevolaba la ciudad iluminando el área céntrica con un foco muy potente. Sin embargo, miles de personas repletaban la calle, era la protesta más masiva que había visto. Desde la Rotonda de la Avenida Paicaví con Los Carrera era posible apreciar, para un lado y otro, al menos una decena de barricadas. Muy a lo lejos, algunos blindados de la policía que poco o nada podían hacer frente a tanta gente arrojándoles lo que tuvieran a mano.

Nos acercamos a una fogata. Hernán me miró fijamente y me dijo:

-Formo parte de una generación cuyo proyecto político se perdió, perdió el norte, mucho se vendieron, otros se fueron derrotados a sus casas. Yo nunca me he sentido derrotado, sabes, creo que siempre supe que no caería en cana o me moriría sin antes vivir una noche como ésta. No sabes lo feliz que me siento. Ha sido un día largo, chico, pero maravilloso.

 

Contemplando el resplandor de las llamas sobre su rostro, rodeado por cientos y cientos de personas allí, en medio de la calle, comprendí por un segundo el éxtasis de Hernán.

-Maravilloso, maravilloso…

 

 Volvió a decirlo con la vista fija en un grupo de jóvenes capuchas que sacaban paneles de una serviteca en construcción para alimentar una barricada.

-Maravilloso.


Y entonces decidí echarles una mano.




lunes, 20 de abril de 2020

La literatura es una terapia de transformación de la realidad


Las ganas de terminar con el encierro y la desazón que produce esta crisis sanitaria hace que muchos deseemos una cotidianeidad distinta. Pero no debemos perder el foco mirando únicamente nuestro ombligo. Hoy, el a veces tan tedioso teletrabajo es en verdad un privilegio, pues cientos de miles de personas deben seguir exponiendo sus vidas saliendo a trabajar por necesidad. Hacia ellos y ellas debe ir nuestra solidaridad, comprensión y apañe.

Para quienes tenemos el privilegio de teletrabajar, el encierro se convierte –como en el mundo de los sueños-, en un monstruo amenazante dispuesto a fagocitarnos con su monotonía y desesperación. Entonces surge la oportunidad de cambiar por un momento el paisaje de nuestra ventana por el de nuestro mundo interior. Para ello, la lectura y particularmente la escritura, pueden resultarnos muy útiles.  

Leer implica abrir la puerta a mundos posibles, imaginar realidades paralelas que pueden conectarse de una misteriosa forma con el presente. ¿Conocen el relato Continuidad de los parques de Cortázar? En él hallarán una pista.

Escribir es una forma de terapia que nos permite sanar nuestras averías interiores mediante su exposición y confrontación. Me explico: escribir nos obliga a comunicar, es decir, hacer común una realidad que necesitamos compartir, aunque sea con nosotros mismos. Y a través de aquel testimonio podemos actuar sobre nuestro mundo, concibiendo escenarios y mecanismos posibles para su modificación.  


El primer paso para transformar algo es imaginar la sola posibilidad de que sea distinto. La literatura posee la virtud de hacernos correr el cerco de lo posible. Es cuando escribimos -sea un poema en el que plasmamos un sentimiento que nos inquieta o agobia, o alguna historia que nos atraiga o conmueva-, cuando somos conscientes de dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Lo siguiente será entonces dar el paso. Atrevernos a cambiar nuestra forma de ver las cosas y decidirnos a actuar en consecuencia; de las palabras a la acción. Entonces pasaremos, necesariamente, de involucrarnos con la realidad a comprometernos con ella y con su urgente transformación.




viernes, 3 de abril de 2020

"'Laguna de los negros' se interna por una trágica historia penquista"


Artículo aparecido en Diario El Sur, por el periodista Sebastián Grant del Río, edición del viernes 3 de abril de 2020.

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