jueves, 22 de octubre de 2015

"Poesía para antes de tirar la cadena", poemario de Arnolfo Cid, por Oscar Sanzana Silva




    Pocas situaciones podrían parecernos tan familiares como entrar al baño cada día. El autor sugiere que una buena lectura bien podría transcurrir precisamente en el espacio donde nos desprendemos de aquello que ya no necesitamos. La cotidianeidad está llena de estos momentos de desapego frente a algo que en otro tiempo fue nuestro: una emoción, una vivencia, un amor pasado, alguna que otra frustración.

    Cid nos presenta una serie de fragmentos que forman parte de un “diario vivir maldito”, y que pese a su aparente caos, guardan entre sí la capacidad de unir diferentes escenas de la vida urbana:

La calle vacía

trenes de mentira

avanzando en rieles sin durmientes



    Las imágenes de Cid se desvanecen: está y no están; se visibilizan en ciertos estados de contemplación, y como buenos fantasmas acuden presurosos dispuestos a apropiarse de las mentes atormentadas. De hecho, existe en “Poesía para antes de tirar la cadena” un llamado a reconocernos como seres hermanados en una misma miseria, y es de pleno interés del autor abordar tópicos –si bien recurrentes en la poesía penquista-, para nada alejados de la realidad. En esto se enmarca, por ejemplo, el encuentro de poeta con una prostituta (“Dientes del color de la nieve”)

¿Y tú qué haces?

Busco dónde dormir

Si no quieres pasar la noche solo

Vale diez mil



    Otro aspecto importante dentro de la obra corresponde al intento que realiza el autor por interponer temáticas político-sociales en su desarrollo poético. Si bien esto denota algún excesivo arrojo en algunos casos (“No me interesa conocer su mundo de mierda”, “¡Que arda la hipocresía!”), en otros se incorpora plenamente en la obra (“Cielo negro”, “Buscando la paz”). Sin embargo, el contenido grueso de la obra apunta al cuestionamiento del sentido mismo de la existencia, y desemboca de manera directa en una aguda crítica a la sociedad neoliberal:

¿Por qué mierda esta ratas

privatizaron el agua?



    En síntesis, Arnolfo Cid nos invita a conocer una serie de pequeños relatos descarnados que en muchos casos nos evidencian como seres humanos sujetos a los vaivenes de una existencia condicionada por el modelo económico. Junto con ello, nos sugiere la posibilidad de podernos desprender de aquellos aspectos que nublan nuestro andar. Pero subyace además el anhelo de rescatar ciertos episodios gratos, los breves instantes en que nos encontramos como especie y donde nos planteamos las dudas más inquietantes y terribles. Es allí, después de ese acto tan valeroso de alivianar el equipaje, cuando nos encontramos listos para salir por la puerta y caminar hacia adelante, tras haber tirado victoriosamente la cadena.


(Artículo publicado en Periódico Resumen, edición de octubre de 2015).


lunes, 12 de octubre de 2015

REPTILES



La primera vez solo alcancé a divisar su cola, cuando la cajera de la farmacia me ofrecía un vigorizante sexual por la compra de unas aspirinas. La segunda, capté algo más que su cuello, mientras se desperezaba dentro de una oficina municipal. La última vez me lo encontré de frente, predicando en la Plaza Independencia; hablaba con tanta seriedad y convicción, que estuve a punto de pensar que realmente se creía todas las barbaridades que salían de su boca.

(Experimento fallido, 2015)




lunes, 5 de octubre de 2015

LA ÚLTIMA FUNCIÓN




    Dicen que en sus tiempos mozos, hubo quien llegó a hacer fila para verlo pelear. Lo cierto, sin embargo, es que ni siquiera en sus años de gloria, antes de convertirse en un “paquete” para otros peleadores con un poco más de proyección, la gente de Coronel y Lota lo detenía en la calle para saludarlo. Tampoco llegó a firmar un autógrafo, y salvo un par de sobrinos, nadie se fotografió con él ni antes ni después de entrar al ring. Pero sumando y restando, tenía bien asumida su decadencia. Había conseguido que no le importara.

    Los organizadores del evento de esa noche, que sería su último combate, estaban conscientes de lo inútil que resultaba esperar algo de público. Es más, casi le hacían un favor proporcionándole la posibilidad de esta despedida, porque ellos apenas recuperarían el costo de arriendo del local y del ring. Las conversaciones entre ellos estaban empapadas de una amarga resignación. “Hace mucho que el boxeo ya no es lo que un día fue”. “Hoy en día lo que manda son las peleas clandestinas: mientras menos reglas y más sangre, tanto mejor”. “Ojalá no dejen muy machucado a nuestro compadre”. “Ya no estamos para estos trotes, viejito, después de esta velada yo hago mis maletas y me olvido de toda esta huevá, la dejo”. “Al final, la vida nos ganó por nocaut”.

    A un lado del portón metálico, un individuo recibía con desgano al escaso público que llegaba hasta el gimnasio. En tanto, en una salita de paredes roídas por la humedad, un hombre de baja estatura, delgado, algo canoso y aparentemente mal alimentado, se dejaba vendar por otro que lucía tan débil y marchito como él. De no ser por el short y los botines, hubiese resultado imposible diferenciar al púgil de su preparador. A cada tanto, el vendado echaba un sorbo de un botellín de whisky barato que tenía a su lado. “A estas alturas uno puede permitirse ciertas concesiones”, le  dijo una vez a su técnico-mánager-sparring, y a éste no le quedó otra que aceptar su voluntad. El silencio de ambos gozaba de cierta solemnidad, y era interrumpido a ratos en términos parecidos a este:

Dicen que hoy vendrá a verte la Eduviges.

¿Quién?

La Eduviges, hombre. Acuérdate de la rubia que te vio pelear en Playa Blanca ese verano del 87. ¡Era una mujer de primera!

No me acuerdo. Apriétame más el guante, que lo hallo suelto.


    Exactamente cuando faltaban quince minutos para las diez de la noche, el viejo guerrero saltó al ring en medio de tibios aplausos. Levantó su brazo derecho y dirigió una mirada a la tribuna semivacía, solo para comprobar que ni sus familiares se habían tomado la molestia de asistir. “Al menos no tendré la necesidad de fingir un par de rounds”, se dijo, dispuesto a dejarse caer en la lona y dar por terminada su última función en cuanto tuviera la oportunidad.


(Columna Ciudad Brumosa, publicada en Periódico Resumen, edición de agosto de 2012, ilustración de Frangles)