domingo, 18 de octubre de 2020

EL CUENCO DE POLLO



El comienzo de todo esto fue más o menos el siguiente. Llevaba algún tiempo viendo esas imágenes de protestas en el metro de Santiago. Casi siempre a la hora de almuerzo, devoraba mi cuenco de pollo con arroz que compraba en un local de comida turca de la avenida Paicaví. Miraba las redes sociales y allí me lo encontraba: cientos de secundarios saltando las vallas del metro en protesta por el alza del transporte. En Conce estábamos igualmente acostumbrados a un estilo de vida injustificadamente caro, y sin embargo, nadie se hacía cargo.

Así es que yo devoraba mi almuerzo contemplando a aquellos cuerpos saltando con una alegría salvaje, como poseídos por vapores rebeldes, subvirtiendo con su tan adorable caos la realidad gris del orden neoliberal chilensis. Desde luego, lo más divertido era escuchar los discursos graves y mediocres de las autoridades, condenándoles:

-¡Estamos siendo víctimas de una violencia irracional!

-Cuando sube el pan no hacen ninguna protesta.

-¡Esto no es protesta, es vandalismo!

-¡Soy partidario de reprimir con energía! – llegó a vociferar un anciano senador social-cocainómano renovado.

 

Y yo, insisto, adoré beber mi café escuchando su rabia. Luego, como el acto más normal del mundo, salía de las redes sociales y volvía a la monotonía de mi trabajo. Las horas pasaban para mí entre el trabajo y los estudios. Maldito examen que tenía aquel sábado en la mañana. Cada hora libre de esa semana la aproveché para estudiar, intentando retener lo mejor posible los conceptos fundamentales del ITER CRIMINIS, la vía al delito. ¿Qué es lo que lleva a un ser humano a delinquir? Detrás de todos aquellos conceptos técnicos se escondía una interrogante así de brutal, pero la materia, tal vez por suerte, no llegaba a explicarlo.

Así fueron los días anteriores a esa tarde y noche de día viernes 18 de octubre. Ciertamente, sentía que mi cabeza explotaría de un momento a otro con el estrés y la ansiedad, por lo que siendo alrededor de las nueve decidí dejar el estudio hasta allí y relajarme en las nerviosas horas previas a mi examen de Derecho Penal. Necesitaba de un plan y lo tenía: hacía ya un tiempo que no invitaba al cine a Paola y decidí que ir a ver Joker sería un buen escape. Además, el Hermanito de los Queques Mágicos me hizo un ofrecimiento que no pude rechazar: me vendió tres porciones de sus alucinantes dulces. Podría invitar a Felipe, así aprovecharía de comentar lo que estaba pasando en Santiago, que a esa hora continuaba con protestas. Así lo haría. Pero antes, un último repaso de la materia del examen…

Me vi corriendo sin querer por una Avenida Paicaví colapsada como buena noche de viernes, tratando de llegar a tiempo a la pizzería donde me esperaba el Hermanito de los Queques Mágicos con la merca.

-Ten cuidado con estos –me dijo- son pequeños, pero están mucho más potentes que la última vez. No te atrevas a comerte más de la mitad de uno.

-Vale, así lo haré –le dije sabiendo que mi instinto drogata podría más y acabaría comiéndome uno entero.

 


El estudio había sido tan desgastante que, junto con el cansancio mental, me sentía incluso físicamente un poco debilitado. Tenía hambre. Fue un alivio saber que Paola había pasado por algo de comida. Para mi sorpresa, compró otros cuencos de pollo. Desde luego, comer un cuenco de pollo en el cine constituía una ordinariez tamaña, empero, zamparse esas dosis aquellos queques con la guata vacía habría sido aún más demencial.  

Nos juntamos los tres en la entrada del cine, llegando justo a tiempo al comienzo de la función.

-¿Cachai la cagadita que está quedando en Santiago?

-Oye sí.

-¿Compraste las entradas?

-Aquí los tengo.

-Entremos de una vez.

 

Reconozco que me siempre me llamó la atención la extraña sensación de impunidad que rodea la oscuridad del cine. El hecho de poder bajonear libremente y sin que la gente supiera de dónde diablos salía ese olor a comida fue algo que de no ser por la penumbra me habría avergonzado. Luego, hacia el final de la película, justo en la escena en la que Joker le vuela la tapa de los sesos al mierda de Murray, un sucedáneo de nuestro pestilente Don Francisco, no pude evitar aplaudir. La porción de queque, aunque pequeña, efectivamente se venía muy potente y comenzaba lentamente a hacer lo suyo.  

Luego vinieron las escenas de protestas callejeras tan características de la película. Recordé mis viejos tiempos de capucha. Fue inevitable emocionarse con la rebelión de les pobres, marginades, prójimes todes. Mierda, si hasta debí contener las lágrimas al contemplar aquella danza carnavalesca y macabra del sangrante protagonista sobre el coche policial, con la que respondía gloriosamente a sus años de cotidiana humillación.  

Drogábamos como estábamos, nos pegamos largo rato mirando los créditos. Debo decir que en ningún segundo se me habría pasado ni remotamente por la mente que al salir de la sala nos encontraríamos con que el mundo, tal cual lo conocíamos hasta entonces, había cambiado y continuaría cambiando para siempre. Incluso hoy me pregunto, ¿habrá sido el queque mágico?, ¿y si solo me hubiese comido la mitad de la porción como me recomendó el Hermanito de los Queques Mágicos? A veces pienso que incluso la clave para comprender toda la bella y terrible locura que se desataría a partir de ese momento en que nos levantamos de nuestros asientos, se hallaba en el fondo mismo del cuenco de pollo que ingerimos con tantas ganas…

-Espérenme un poquito, que necesito hacer pipí –nos dijo Paola al salir al hall.

-Dale, te esperaremos en la entrada.

Entonces me di cuenta que la expresión del rostro de Felipe había cambiado por completo luego de que comenzara a revisar su teléfono:

-Weón, se echaron a un compa en Santiago. Piñera decretó estado de emergencia y los pacos se echaron a un compa en Maipú.

-Me estás webiando…

 

Revisé mi teléfono y estaba rebosante de mensajes. Una sensación eléctrica me sacudió el cuerpo. Ya no se trataba de una simple protesta en Santiago. El sátrapa que teníamos por presidente había declarado la guerra al pueblo que a esa altura se había volcado a las calles por mucho más que un alza en el transporte. Nos había declarado la guerra a todes.

A Paola le tomó unos minutos comprender qué ocurría cuando volvió del baño toda llena de locura y vio nuestras caras.

-¿Y a ustedes qué les pasó?

-Va a quedar la cagá…

 


Salimos del cine a la calle y se respiraba una tensa calma. Esa sería la última noche tranquila de la ciudad en mucho, mucho tiempo. Nuestros teléfonos seguían recepcionando decenas de mensajes provenientes de los muchos grupos que teníamos. Algunos contaban detalles de lo que estaba pasando en Santiago, habría otros dos muertos por la policía y los militares. Había que reaccionar al día siguiente. Aquello era intolerable.

Decidimos ir a un local llamado El Averno para conversar una cerveza antes de irnos a nuestras respectivas casas. Caminamos por la calle Orompello de una ciudad que no se parecía a Conce. Cierto es que eran pasadas las una de la madrugada, pero el silencio de esa noche de viernes lo recuerdo perfectamente, como si las personas y los sonidos se hubieran recogido, como lo hace el mar antes de abrazarnos con sus olas cuando hay tsunamis.  Recordé fugazmente el examen que debía dar al día siguiente, pero se perdió ante la visión de los acontecimientos. Las noticias modificaron nuestro viaje, huelga decirlo, no obstante, nos sentíamos todavía navegando entre las brumas oníricas de la droga.

-Ya está -dijo Felipe, ya instalados en una mesa frente al escenario en donde nadie tocaba-, hay una convocatoria en la Plaza de los Tribunales para mañana al mediodía.

-Voy a pasar de los primeros a dar mi examen para estar listo a esa hora. Te anticipo que se viene pesado el día de mañana. Si en Santiago sacaron milicos, nada impide que no lo hagan acá.

-Cierto, va a depender de la cagadita que quede.

 

Nos fuimos caminando hacia la Remo, pensando en lo que se vendría al día siguiente y a cada tanto deteniéndonos a leer tal o cual nuevo mensaje que llegaba a nuestros teléfonos.

Aquella mañana del sábado 19 de septiembre me levanté a las 6.30 para alcanzar a repasar la materia una última vez antes de mi examen. Sin embargo, no contaba con que el efecto del queque mágico me duraría algunas horas más de lo pensado. Con todo, conseguí releer la materia. Luego, sin desayunar, me puse mi terno –el mismo y único terno que he usado en la vida-, y fui a dar mi examen. Me las arreglé para pasar de los primeros, para aprobar y llegar puntualmente al mediodía a la Plaza de los Tribunales.

Lo que ocurrió luego, que al principio fuéramos cien, luego quinientos y a las pocas horas, miles en las calles de Conce y de todo Chile, es algo que a esta altura forma parte de un relato colectivo de quienes ese día decidimos encontrarnos y comenzar a cambiar de una vez por todas nuestra realidad. Palabras como justicia, dignidad, igualdad, pueblo y revolución volverían a escucharse en las esquinas de nuestros barrios. Había pues, que ponerse manos a la obra con las transformaciones sociales pendientes y urgentes. Y bueno, en eso estamos. 

18 de Octubre Revolucionario de 2020.

 

martes, 29 de septiembre de 2020

Mirador en ruinas del Cerro Chepe


En 1952, el escritor Daniel Belmar bautizó a Concepción como la Ciudad Brumosa:

(…) el otoño y el invierno eran duros, hostiles. Salían del océano, del río, de las altas copas de los pinos, y envolvían la ciudad en un manto de bruma, en un opalescente sudario de niebla, que, durante el día, mojaba el pavimento y los muros, goteaba desde las ramas de los árboles. Y en la noche, esfumaba el contorno de las cosas en un paisaje submarino y turbio, quieto, siniestro, por donde discurrían silenciosos y pálidos fantasmas apenas vislumbrados un instante bajo la luz borrosa de los focos.

Sí. Era una ciudad. Una ciudad brumosa.1


Tal vez uno de los mejores espacios para comprender la capacidad que tiene la bruma para definir la ciudad, sea el mirador en ruinas del Cerro Chepe. El siguiente es el relato de una excursión realizada en las primeras horas de la mañana, en condiciones de neblina intensa. 


Aproximarse a este cerro es allegarse al que parece ser un pasaje secreto, un lugar mágico, al que uno se interna (o al que, mejor dicho, se es conducido) en medio de una intensa búsqueda. La irrealidad que la densa capa de niebla otorga a este mirador lo reviste al mismo tiempo de un particular encanto: la sensación de no estar en ningún lugar. Se está sobre una ciudad que verdaderamente resulta invisible. Y no solo la ciudad de los vivos. Numerosos senderos que se pierden a la distancia, conducen a la polis de los muertos, a la necrópolis, enclavada a los pies del Cerro Chepe: el Cementerio General de Concepción. 

Se necesita ascender por un sendero que a ratos se vuelve un tanto difuso, sortear a los agresivos perros guardianes de las casas vecinas y, por supuesto, de estas ruinas. La bruma, otra vez la bruma, abre el paso a una primera revelación: la inmensa cruz que el entonces administrador del cementerio, Guillermo Otto, ordenó construir en 1933. La estructura posee una altura de 20 metros, y se encuentra instalada sobre una base de dos metros cuadrados. En dicha base existe una placa con el siguiente mensaje:

IN MEMORIAM XIX CENTENAR RENEPTIONIS XXXIX MCMXXXIII”

                                      


Situada allí desde hace muchos años, con el objetivo de recibir a quienes regresan de su peregrinar a poblar la necrópolis, esta Cruz pareciera abrigar el eco de una compasión que en el resto de la urbe parece ausente. 


Es necesario continuar el ascenso, dejarse conducir a tientas por aquel sendero que continúa hacia lo incierto. La visión del antiguo mirador sugiere al caminante que desde sus ruinosas alturas bien podría contemplarse tanto el cielo como el infierno. Al igual que la Cruz, esta estructura de hormigón fue edificada por instrucciones de Guillermo Otto, en 1933. Posee una altura de cuatro metros, con siete metros cuadrados de base

El mirador está emplazado en una pequeña cima. Se sabe, pero además se intuye y se siente. Allá abajo existe una ciudad, una ciudad que la bruma se encarga de volver invisible. Y existe de igual modo el silencio, que se acerca y por un instante lo posee todo. Incluso al caminante. El espacio en su conjunto resulta absolutamente superado por su historia. Todavía sobreviven acá las voces de los muertos, y a ratos se escuchan con mayor claridad que las de los vivos. Nos hablan desde las faldas del Chepe, subiendo a través de sus senderos como lo haría cualquiera de sus visitantes. Y es que este cerro se encuentra en un lugar limítrofe, en una evidente zona de peligro. Su falda es la que separa las dos ciudades. La urbe de los vivos, la polis de los muertos. La cima, por tanto, pertenece a ambos reinos.


Algunos rayos de sol consiguen romper la densa capa de niebla. El avance entre el pastizal de gran altura, tan característico de los baldíos, se asemeja ahora a un extraño peregrinar entre las llamas de un pequeño infierno.




El último terremoto destruyó la escalera de hormigón que posibilitaba el ascenso al mirador. La necesidad de subir hasta lo alto de esta estructura, salvaguardando la utilidad del mirador, motivó a algún visitante a confeccionar una improvisada escalera de madera. Después de todo, el Cerro Chepe nunca ha dejado de recibir visitas. Así lo atestiguan algunas botellas de licor dispersadas a la redonda, cuya soledad resulta a ratos desgarradora. La parte alta del mirador, curiosamente, se encuentra libre de desperdicios. Resulta difícil imaginar a algún borracho deambular entre estas soledades, en medio de este silencio, sin el riesgo de que la intoxicación culmine en un peligroso extravío. O en la muerte. Una caída, un atraco, una desaparición.




La escalera de palos parece a punto de derrumbarse. Quien decide subir por ella requiere por sobre todo audacia, determinación y deseos desbordantes de trepar a ese mirador en ruinas. Acaso para encontrarse a sí mismo contemplando una ciudad ausente, pues a esa hora de la mañana no se vislumbra ningún otro sentido. Entonces, nuevamente el espacio es el que desplaza al visitante. No se trata de ningún espejismo, sino más bien de un espejo. La interrogación es a uno mismo; el juego a encontrarse en las calles de una ciudad que emerge por momentos, para luego regresar a su brumoso anonimato. Es imposible que una sencilla cámara fotográfica pueda captar lo que significa el paso de las nubes sobre las ruinas, al mismo nivel del observador. No se ha inventado todavía el aparato que permita capturar con toda intensidad al silencio y su misteriosa estridencia.





Una vez arriba, pudiera ser que la escalera de palos termine por ceder, o simplemente desaparezca sin más (lo que, por cierto, reforzaría más aun la mágica percepción del entorno). El visitante poco ágil, física, mental o espiritualmente, podría quedarse para siempre allá arriba, como dentro de una pesadilla, con una neblina dispuesta a devolverle cualquier interrogante hacia sí mismo. ¡He aquí lo más intenso! Bajar esa frágil escalera con la posibilidad de una caída que podría resultar aun fatal; devolverse a la irrealidad de aquel cerro y a la certeza de que no importa la dirección en que se inicie el descenso, pues algo indica que de cualquier forma todos sus senderos terminan en alguna ciudad de muertos vivientes.




Regresando desde el Mirador hacia la Cruz, y luego desde la Cruz al Mirador, pareciera que en aquel tránsito algo se desintegra. El sentido de la orientación, la brújula interior, se va al carajo como si fuera una especie de Triángulo de las Bermudas, recordándole una y otra vez al caminante que se encuentra en una zona limítrofe. Así también lo atestiguan y resumen las palabras del poeta Jaime Giordano, cuando en 1965 describió de esta forma la vista de la ciudad desde el Cerro Chepe:

(…) parece una inmensa fosa común donde los muertos yacen enterrados por el cemento y el barro… Lo más hermoso, plácido, espiritual e inquietante entre lo creado por el hombre en Concepción es su Cementerio. 2


Texto y fotografías por Oscar Sanzana Silva


(1)    Belmar, Daniel. 1952. Ciudad Brumosa. Santiago: Zig-Zag.

(2)    Jaime Giordano. 1965. Treinta años de poesía en Concepción. Concepción: Revista Atenea. 


miércoles, 8 de julio de 2020

EL QUE BAILA PASA

De acuerdo, repensemos el mundo

Todo cuanto debamos dejar atrás

 No será desde ahora más que ruina.

Evade todo, menos la realidad.

Enfrenta la vergüenza de mirarte tú mismo

 en relación a los demás.

El que baila pasa.

Y no hay en verdad quien te impida continuar tu marcha

Más que tu extravío del mundo.

Por estos días

No hay quien te exima de la responsabilidad revolucionaria

De habitar este vasto mundo tan necesitado de dignidad

Y transformarlo.



viernes, 29 de mayo de 2020

EL COMIENZO


Me encontré de pronto allí sin estar suficientemente seguro de lo que hacía. Elegí el lugar más oscuro, bajo unos árboles, para escapar del foco gigante que iluminaba el galpón. Debía esperar a quien traería las herramientas necesarias para abrir el portón y poder sacar la mercadería.

Tal vez sería por la cantidad de vehículos policiales con los que me crucé en el camino, pero me sentía nervioso. No era la primera vez, y difícilmente sería la última, que robaba la bodega de una multitienda. Pero está claro que a quienes iban dentro de los coches policiales poco o nada les importó verme caminando entre las sombras a un costado de la ruta cercana al Terminal de Buses, con las manos en los bolsillos y la cabeza cubierta con el gorro de mi polerón. Aparentemente iban camino a algún lugar mucho más importante.

Mierda, cómo me habría gustado fumar, pero el tabaco lo había dejado hace años, y cualquier otra sustancia no me la permitía antes del trabajo. No hacía frío, si bien reconozco que experimentaba una especie de temblor que parecía provenir desde mi interior. Tenía un extraño presentimiento esa noche. Como si algo muy superior en importancia a nuestra pega se estuviera gestando en algún lugar. Tal vez fuera porque en las afueras de la ciudad se experimentaba un inusual silencio, sin embargo, en cuanto la brisa se calmaba y las ramas de los árboles dejaban de agitarse, comenzaban a escucharse sonidos de sirenas y alguno que otro estampido proveniente desde el corazón mismo de la urbe.

Ahí estaba yo, sentado con las manos en los bolsillos contemplando el galpón cuando apareció el sujeto al que esperaba. Su nombre era Hernán, aunque me quedó claro a los pocos minutos que tal denominación correspondía tan solo a una de sus numerosas chapas.

-¡Vaya nochecita ésta la que elegimos para hacer nuestras fechorías! –me gritó sin el más mínimo disimulo en cuanto me vio agazapado bajo los árboles.

 

 Miré alrededor, y luego enfrenté su mirada con un aire de desaprobación. La naturaleza de nuestra misión allí exigía la máxima cautela.

-No te preocupes, León (no sé qué chucha le dio por decirme así), la yuta está demasiado ocupada en el centro. ¿Es que no sabes lo que pasa? ¡Despertó Chile, el país entero se levantó contra este sistema de mierda!

 

Debo confesar que me habían advertido de la personalidad un tanto curiosa de mi compañero. De hecho, había llegado hasta él por un dato que me pasaron unos viejos ladrones, curtidos en asaltos y robos en bancos y grandes tiendas. Muchos años atrás, esos mismos viejos habían participado en la resistencia armada contra la dictadura. Cierto, hasta cierto punto yo era un novato, pero hasta el momento había tenido mejor suerte robando que ejerciendo la carrera universitaria que estudié. En solo dos años me había salvado robando, casi siempre en bodegas de grandes tiendas. Mi naturaleza esencialmente pacífica me prevenía de exponerme a situaciones en las que me viera obligado a enfrentarme a guardias desclasados o a la yuta misma.

-Así que te dicen el ingeniero, ¿eh? Bueno, vamos a ver si hiciste bien la pega. Éste es el tipo de alarma que usan estos giles, ¿la tienes?

-Sí, sí. No debería tener problema.

-Quiero hacerla y largarme de aquí lo antes posibles. Nuestro pueblo está en la calle a esta hora, ése es nuestro lugar, ¿comprendes? Yo terminando aquí me voy al centro.

-¿Quieres hacer otros negocios en el centro?

-¡No!, yo con esto quedo parao un buen rato. Lo que quiero es salir a la calle y darle cara a los pacos, ¡esto es una revolución!

-Déjame desconectar estos dos cables y estaríamos. Aparte voy a neutralizar las cámaras de…

-¡Sí, eso, hace cagar toda la weá no más!

-Dile al tipo del camión que ya llegó su momento.

-Dicho y hecho.

 

Hernán entonces hizo una brevísima llamada y en poco más de dos minutos teníamos un pequeño camión sin patente afuera del galpón.

-Cuanta eficiencia, Hernán…

-Hernán, sí. Jamás he dejado de ser Hernán. Hubo un tiempo en el que me decían de otras formas, ahora soy desde hace rato Hernán. Me agrada.

 

Aunque suene disparatado, no necesitamos más de 5 minutos para meter en el camión buena parte de la mercadería más valiosa que encontramos: televisores, equipos eléctricos, cocinas, algunos muebles de finas terminaciones, dos o tres colchones... Eso sí, debimos tentar al conductor del camión con una jugosa comisión para que nos echara una mano con nuestro botín. Mientras cargábamos a toda prisa el camión, Hernán no dejaba de decirme lo excitado que se sentía por lo que estaba sucediendo.

-Es de no creerlo, León, tantos años esperando a que la gente despertara, y al final, cuando más dormido parecía todo el mundo, de un momento para otro decidieron pararle los carros a estos sinvergüenzas que nos gobiernan…

 

Yo asentía en silencio. Jamás me interesó demasiado la política. Con suerte tiré piedras a la policía alguna que otra vez mientras estudié, pero la política no era lo mío. Sin embargo, la emoción que transmitía Hernán hizo que me decidiera a darme una vuelta al centro después de terminar el trabajo.

Cuando vimos que la mercadería de más valor ya se encontraba dentro del camión, decidimos dar por terminada la faena. Dentro de una caja de madera encontramos varias botellas de vino caro, reserva de no sé qué año; nos guardamos un par entre las ropas y nos fuimos de allí. El sujeto del camión se llevó la mercadería y nosotros con Hernán nos devolvimos caminando por entre los mismos árboles, luego por pasajes y lugares sombríos. Descorchamos una botella y nos la fuimos pasando.

-Bueno, ahora a esperar que la otra gente reparta la merca para recibir nuestra tajada.

-Así es, ¿vas al centro ahora?

-Por supuesto que voy al centro.

-¿Eres comunista, acaso?

-Nah, eso de encasillar a la gente que piensa diciéndole de una forma u otra no es lo mío. Soy un weón que piensa, nada más.

 

Tras una larga caminata llegamos a la Rotonda Bonilla, desde allí ya se percibía un aire enrarecido, un rumor que fue creciendo a medida que bajamos por la Avenida Los Carrera hacia el centro. Oíamos explosiones, gritos, disparos. Gustosamente me habría largado a mi casa, de no ser por la insistencia de Hernán de ver lo que estaba pasando. Entonces, tras andar unas cuadras, aparecieron los primeros resplandores. Había algunos edificios en llamas. Un helicóptero de la policía sobrevolaba la ciudad iluminando el área céntrica con un foco muy potente. Sin embargo, miles de personas repletaban la calle, era la protesta más masiva que había visto. Desde la Rotonda de la Avenida Paicaví con Los Carrera era posible apreciar, para un lado y otro, al menos una decena de barricadas. Muy a lo lejos, algunos blindados de la policía que poco o nada podían hacer frente a tanta gente arrojándoles lo que tuvieran a mano.

Nos acercamos a una fogata. Hernán me miró fijamente y me dijo:

-Formo parte de una generación cuyo proyecto político se perdió, perdió el norte, mucho se vendieron, otros se fueron derrotados a sus casas. Yo nunca me he sentido derrotado, sabes, creo que siempre supe que no caería en cana o me moriría sin antes vivir una noche como ésta. No sabes lo feliz que me siento. Ha sido un día largo, chico, pero maravilloso.

 

Contemplando el resplandor de las llamas sobre su rostro, rodeado por cientos y cientos de personas allí, en medio de la calle, comprendí por un segundo el éxtasis de Hernán.

-Maravilloso, maravilloso…

 

 Volvió a decirlo con la vista fija en un grupo de jóvenes capuchas que sacaban paneles de una serviteca en construcción para alimentar una barricada.

-Maravilloso.


Y entonces decidí echarles una mano.




lunes, 20 de abril de 2020

La literatura es una terapia de transformación de la realidad


Las ganas de terminar con el encierro y la desazón que produce esta crisis sanitaria hace que muchos deseemos una cotidianeidad distinta. Pero no debemos perder el foco mirando únicamente nuestro ombligo. Hoy, el a veces tan tedioso teletrabajo es en verdad un privilegio, pues cientos de miles de personas deben seguir exponiendo sus vidas saliendo a trabajar por necesidad. Hacia ellos y ellas debe ir nuestra solidaridad, comprensión y apañe.

Para quienes tenemos el privilegio de teletrabajar, el encierro se convierte –como en el mundo de los sueños-, en un monstruo amenazante dispuesto a fagocitarnos con su monotonía y desesperación. Entonces surge la oportunidad de cambiar por un momento el paisaje de nuestra ventana por el de nuestro mundo interior. Para ello, la lectura y particularmente la escritura, pueden resultarnos muy útiles.  

Leer implica abrir la puerta a mundos posibles, imaginar realidades paralelas que pueden conectarse de una misteriosa forma con el presente. ¿Conocen el relato Continuidad de los parques de Cortázar? En él hallarán una pista.

Escribir es una forma de terapia que nos permite sanar nuestras averías interiores mediante su exposición y confrontación. Me explico: escribir nos obliga a comunicar, es decir, hacer común una realidad que necesitamos compartir, aunque sea con nosotros mismos. Y a través de aquel testimonio podemos actuar sobre nuestro mundo, concibiendo escenarios y mecanismos posibles para su modificación.  


El primer paso para transformar algo es imaginar la sola posibilidad de que sea distinto. La literatura posee la virtud de hacernos correr el cerco de lo posible. Es cuando escribimos -sea un poema en el que plasmamos un sentimiento que nos inquieta o agobia, o alguna historia que nos atraiga o conmueva-, cuando somos conscientes de dónde estamos y hacia dónde queremos ir. Lo siguiente será entonces dar el paso. Atrevernos a cambiar nuestra forma de ver las cosas y decidirnos a actuar en consecuencia; de las palabras a la acción. Entonces pasaremos, necesariamente, de involucrarnos con la realidad a comprometernos con ella y con su urgente transformación.




viernes, 3 de abril de 2020

"'Laguna de los negros' se interna por una trágica historia penquista"


Artículo aparecido en Diario El Sur, por el periodista Sebastián Grant del Río, edición del viernes 3 de abril de 2020.

Para ir a la edición digital, HACER CLIC AQUÍ.

martes, 24 de marzo de 2020

HASTA DECIR BASTA


Te golpearon, humillaron, gasearon y mojaron. Hasta que te hartaste de responder a su violencia -a su horror- con simples consignas. Entonces no recuerdas cuándo fue la primera vez que maldijiste a la autoridad, aunque solo alcanzaras a sabotear a su lacayo. Primero fue gritarle en la cara al desclasado ése y que una luma acudiera a su rescate. Viste a todo el mundo cubrirse el rostro para descubrir la realidad. Decidiste no regalarte a la repre nuevamente, y ni cuenta te diste cuando le arrojaste un camote al psicópata que disfrutaba baleando a la gente con su escopeta, como si fuera un puto videojuego. Luego vendría la acción directa, el fabricar muros en las calles con los adocretos de los Tribunales. Más tarde, el desear su presencia en la protesta para poder descargar tu rabia. Un día contemplaste el fuego de una barricada y te maravillaste al encontrar belleza en esas llamas que consumían todas las puertas que la sociedad te cerró en las narices, con el único y brutal argumento del porque para ti, no





lunes, 17 de febrero de 2020

BOSQUE NEBLINOSO


Bueno, ya que he tenido botado por tantas semanas este blog, lo mínimo es que me vaya poniendo más o menos al día con mis nuevas creaciones. Este poemario vio la luz a mediados del año pasado, y la verdad fue bien piolita su lanzamiento (en la Feria Invernal del Libro, organizada por el Taller del Libro). Sin embargo, sus versos han estado presentes en varias de las lecturas callejeras e intervenciones en las que he participado luego del estallido social que vive nuestro país. 

Además, haré lo posible por subir mis novelas "Escrito en el sol" y "La alta torre" en formato ISSUU durante este año, para que puedan acceder a ellas por vía digital. Respecto a "Bosque neblinoso", acá algunas breves palabras:

Entrar al bosque neblinoso. Escuchar el susurro de la bruma. Dejarse conducir por sus visiones fantasmagóricas. Hallar un claro. Encontrarse a uno mismo. Salir del bosque neblinoso. Los poemas que componen esta obra corresponden en su mayoría a escritos registrados a la rápida en croqueras de bolsillo, entre dibujos, aforismos y anotaciones diversas.

¿Tienen los árboles el deber de compartir con nosotros su sabiduría? Lo más probable es que nuestro sea el deber de escucharles. Éste es el relato de una travesía por el medio de un bosque que es en realidad la ciudad misma. Es, por sobre todas las cosas, una invitación a viajar hacia el interior de nuestra propia cotidianeidad. 

¡Que lo disfruten!




"Libro 'Laguna de los negros' de Oscar Sanzana recoge la historia de un motín de esclavos en Concepción"


Nota de prensa de Canal TVU acerca del lanzamiento de la novela "Laguna de los negros". Sigue el siguiente enlace para ver la nota: https://www.tvu.cl/prensa/tvu-noticias/2020/01/17/tvu-noticias-17-de-enero-2019-2.html


"Libro 'Laguna de los negros' rescata una historia desconocida del pasado penquista"


Artículo publicado en Diario Concepción, edición del jueves 16 de enero de 2020. Leer artículo aquí.