domingo, 20 de diciembre de 2015

ENDICIOCHADO

 


   Dicen que durante el mes de septiembre es inexacto hablar de curados, que el término correcto es endiciochado. Se trataba de un individuo algo espinillento, de polerón negro, jeans claros y zapatillas, que deambuló por casi dos horas en la esquina de la calles Ongolmo y Bulnes, justo la noche del 18 de septiembre pasado. Avanzaba dando tumbos y tras andar algunos pasos se detenía. Entonces podían ocurrir dos cosas: o se arrodillaba y comenzaba a dar puñetazos al suelo como un enfermo, o bien le daba por arrancar de raíz el pasto que crece de forma natural al costado de la vereda.


    Los primeros vecinos en divisarlo lo creyeron ebrio, y sí, por supuesto que lo estaba, pero había algo más. No lo sé. Quienes lo juzgaron al principio pusieron especial énfasis en que caminaba con una lata de cerveza en la mano. Al poco rato, sin embargo, no quedaba ni rastro de su lata de cerveza, y en cambio parecía cada vez más perturbado. Era evidente que el sujeto en cuestión no se hallaba en buenas lides con la vida. Tal vez la mayoría de nosotros tampoco, pero él parecía haber explotado esa noche. Siempre he creído que lo mejor en esos casos es mantenerse al margen y observar con atención cómo se van dando las cosas. Una vecina, en cambio, creyó que lo correcto era recriminarle por su comportamiento.


-Joven, váyase para su casa…

-¡Que andai sapiando, vieja copuchenta! –le respondió, insolente.

-¡Está borracho!

-Ah, ¿en serio?


    Cuando la vecina amenazó con llamar a los carabineros, el tipo hizo el intento de echarse a correr, pero tropezó a los pocos pasos e incluso rodó un par de metros. Parecía liquidado, pero haciendo un gran esfuerzo volvió a levantarse. Es extraño, pero es posible que la policía no fuese el mejor remedio. Es verdad que los curaditos en esas fechas abundan, aunque tampoco deja de ser cierto que por ahí podría pasarles algo: un atropello, una golpiza, un asalto. Pero se oyen cosas, se oyen rumores. De otros como él que han sido asaltados incluso dentro de alguna patrulla. Y entonces uno esperaría que primase la comprensión, la solidaridad, por sobre el abuso y la sanción, y eso, por desgracia, rara vez ocurre. Tendríamos que empezar a mirarnos en otros términos, pero claro, aquello es materia de otra discusión…


    El joven se levantó una vez más y si bien la oscuridad impedía hacer un análisis detenido de su rostro, daba la impresión de ser alguien completamente ajeno a este tipo de situaciones. Su cara no poseía toda la dureza con que la vida marca de manera indeleble a quienes enfrentan en su cotidianeidad este tipo de situaciones. Quiero decir, a simple vista del prejuicio, no era posible notar en él una habitualidad en caminar borracho y a la deriva, esperando que algo, cualquier cosa, buena o mala, cambiara para siempre su suerte. No. Su comportamiento, de esa noche al menos, parecía ser el nefasto resultado de un delirio al que se había arrojado algunas horas antes, acaso en alguna fonda, en una cantina o quizás simplemente en una pieza minúscula arrendada por unos pocos pesos al mes, y de la cual se sintió instado a salir en busca de más bebida, o por la bebida misma.


    Como fuere, nuestro héroe trágico se las arregló para arrancar algunas otras matas de pasto antes de que un vehículo se estacionara a su lado. El vidrio se bajó y solo alcancé a oír una voz femenina que le dijo algo como:
 -¿Qué estás haciendo? 


O bien,

-¿Dónde te gustaría ir?


    El asunto me olió a trampa, y sin embargo estaba, como ya lo he dicho, impedido de intervenir en esta situación. Pero el joven, pese al torbellino que tenía dentro de su cabeza, fue lo suficientemente listo:

-¿Tiene un cigarrillo que me dé?


    Luego la misma voz le ofreció algún dinero por prestar determinado servicio, a lo que él respondió dándose la vuelta, ofendido. El auto aceleró hasta perderse por calle Bulnes hacia arriba. Al menos obtuvo algo a cambio, claro. Un cigarrillo que no tardaría en colocar al revés entre sus labios. Luego, el problema del fuego. Una nueva desestabilización mientras buscaba algún encendedor entre su ropa, y la caída hacia unas plantas que decoran el jardín de uno de los bloques. Fue allí precisamente donde un par de helechos no carnívoros lo acogieron, ofreciéndole al desamparado un breve respiro, un regazo donde acabar esa amarga noche de 18, que por la mañana seguramente tendría el áspero sabor de una resaca infernal, pero que al menos él habría salvado con algo de dignidad y una cuota de ebria esperanza.

(Relato publicado en la Columna Ciudad Brumosa, de Periódico Resumen, edición de octubre de 2015) 




domingo, 13 de diciembre de 2015

CANCIÓN ESPECTRAL




¿Cuánta lucidez es necesaria para encontrar el amor?

Ellos lo hicieron en medio de sus sueños

Y para más de alguno

Los sueños son lo más parecido a la muerte:



Adictos a los estados alterados de conciencia,

Huyeron de todo lo que oliera a rutina,

Hartos los dos, él la invitó a construir su propia realidad:



¿Adónde irían a parar las palabras etéreas si no?

¡Canta tu canción espectral!

Si todos terminan por desfigurar su corazón

¿Cómo podrían condenarnos por nuestro escape
                                                                              hacia la sensación?


De pronto llegó la noche. Y entonces ella aceptó.

Aceptó seducirlo a él, con piel, con dudas y vacíos

Con etéreas manos, tomó su brazo



Las velas de la taberna onírica se encendieron en sus ojos
Cruzaron miradas pasajeras de lo oculto,
                                                                      de lo perverso e inconfesable
Y dócilmente se entregaron el uno al otro todo cuanto el sueño     
 les permitió;

De allí que, al despertar por separado,
Ella en alguna residencial de suburbio en París,
Él, en el sofá de una cantina de Barrio Norte
Se encontraran en un mismo y desamparado consuelo,
Y con renovados aires para hacer frente a sus respectivas miserias.


(El sueño del mundo, 2012)