lunes, 10 de septiembre de 2018

Acerca de la memoria


        Y bien, todo parece indicar que vivimos en un país cuya memoria es frágil y también algo errática. El tema se vuelve sensible en estos días y probablemente en algunas horas más, cuando comience el éxtasis diciochero, pasará a segundo o tercer plano. Pero quizás retorne con fuerza al cabo de algún breve tiempo, pues la memoria constituye siempre un territorio en disputa. Existen bandos que se pelean la interpretación de un pasado que a la luz del presente a veces parece concretarse horriblemente en la realidad. La historia determina que como país continuemos, pues, siendo prisioneros de nuestro pasado. ¿Algún ejemplo? Basta mirar nuestra Constitución.

     Me hace sentido una situación vivida hace algunos años. Siendo estudiante de periodismo, una profesora de Marketing Político nos dijo “Bueno, ahora que ya como mundo nos pusimos de acuerdo en el modelo socioeconómico que queremos, la cosa es más fácil”. Vaya tomadura de pelo, pensé. A costa intervencionismo, dictaduras y muerte, nadie consigue ponerse de acuerdo con nadie. Desde la Casa Blanca se nos impuso coercitivamente un determinado modelo. No hubo elección alguna, y lo que hoy vivimos es más o menos una consecuencia directa de nuestro insensato lema patrio: “por la razón o la fuerza”. Eso pensaron los poderosos hace exactamente 45 años, y no seamos ingenuos, lo más probable es que siga figurando en su manual de acción como una respuesta posible frente a alguna contingencia desfavorable a sus intereses...

          Tiendo a pensar que escribir es un ejercicio libertario y de acción directa en el campo de la memoria. Escribir es un acto político. Siempre lo ha sido y muy posiblemente seguirá siéndolo durante un buen rato. Por eso no concibo el arte separado de las condiciones sociales que lo generan. “El arte por el arte” -vuelvo a decirlo- no es más que una torpe y marchita quimera. Vivimos bajo un modelo socioeconómico que fundamenta su existencia no solo en volvernos unas criaturas consumistas y reproductoras; además, el neoliberalismo necesita seducirnos con la idea de que obramos bien. Es decir, nos controla culturalmente. Nos dice, por ejemplo, que volver los ojos hacia el pasado es una pérdida de tiempo, algo improductivo, aunque también peligroso, que es cosa de quedarse pegado, de no poder avanzar (aunque nunca sepamos hacia adónde). La memoria como discurso añejo, desposeído de toda utilidad y valor en el presente. La memoria como obstáculo de la unidad y el progreso del país y del mundo.

          Escribir es un ejercicio político, ya que nos permite reencontrarnos con lo que un día fuimos en acciones, palabras y sueños. Gracias a la escritura podemos rescatar del olvido a nuestros ancestros, a nuestros muertos e incluso a nosotros mismos. Podemos reconstruir pedacitos de historia que de no ser por esta labor se perdería para siempre, y al mismo tiempo, conseguimos poner en conocimiento de otras personas las luchas inconclusas, las tareas pendientes y ¡quién sabe!, quizás hasta podamos despertar en lectores y lectoras alguna curiosidad, algún interés o incluso hasta algún afán transformador.

           La memoria debe ser un principio combativo, radicalmente opuesto a la inactividad o a la inercia de los tiempos. El filósofo francés Louis Lavelle sostenía que la memoria puede funcionar como un motor en el presente, capaz de activar el rescate de aquello perdido. La memoria es representación, y ésta es a su vez resurrección. De allí a que pueda atestiguar que lo transcurrido no muera sino para renacer. Incluso la experiencia de la tragedia en el pasado puede poseer en el presente un carácter liberador, pues “el pesar es al pasado lo que el deseo es al porvenir”, según señala Lavelle.

         Así, la memoria es la identidad de lo que somos, la fuente de nuestra originalidad y secreto. Para nuestros ancestros, el tiempo poseía un carácter circular y no lineal, lo que quiere decir que volvemos a cruzar varias veces la misma senda y en esto radica la posibilidad de cambiar. Lo mismo ocurre con los procesos sociales. Poco a poco, la inercia y el miedo dan paso a la conciencia y a una todavía incipiente aunque esperanzadora voluntad transformadora. Hacia allá caminamos.


Concepción, martes 11 de septiembre de 2018.



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