sábado, 2 de febrero de 2019

RONQUIDOS




     La quería, sí. Y hasta entonces no había experimentado sensación más dulce y acogedora que dormirme abrazado a sus caderas. Pero fueron sus ronquidos los que comenzaron a mandarlo todo al diablo. Aquellos sonidos definitivamente no eran humanos. Una noche me desperté de un sobresalto con ellos, y mientras luchaba por volver a conciliar el sueño, imaginé toda clase de seres extraños, criaturas fabulosas, bestias mitológicas, monstruos marinos. Los visualicé con horror resoplando a mi lado, a punto de devorarme, convencidos de que sería un buen bocado. A la mañana siguiente, despertando todo ojeroso de aquel horrible letargo, solo atiné a decirle: “oye buenamoza, ya no sé si siento lo mismo por ti”. 



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