martes, 20 de septiembre de 2016

Algunos apuntes en torno a "TREE-D (Árbol Muerto)" de Alan Muñoz Olivares



Nos encontramos, pues, frente a un árbol muerto. Yace, seguramente, en algún lugar del bosque  que de pronto se nos antoja un cementerio; allí donde el silencio ensordecedor es capaz de responderle  a la más arrogante sensatez.
No es ninguna casualidad que el libro de Alan comience hablándonos de Dios, despertando de una resaca, seguramente descomunal.
Un día Dios despertó en Malos Aires después de la resaca,
Lejos del estupor del bullicio de la ciudad sitiada
Y fue a dar al acantilado póstumo del tiempo (p.9)

Es casi seguro que con la caída de Dios caemos también nosotros. Habitantes todos de la “ciudad sitiada”, descendemos por el tronco ya estéril de este árbol; a medida que caemos, rebotamos y nos dejamos conducir a través del “imperio de las ideas”, por esos auténticos nodos que resultan ser los “hongos alucinógenos”. Los mismos que aguardan pacientemente, en mágico sueño, a que tropecemos con su latencia.
Estamos dentro del árbol muerto. Somos parte de ese bosque invisible, de aquella sabiduría aparentemente fenecida. Y si nuestro viaje parece errático, es una pura casualidad. Vemos en 3D, así somos conducidos a través de miles de fragmentos diminutos de vidas pasadas, épocas remotas, episodios fabulosos. Frente a cualquier duda que pudiese aquejarnos, Muñoz Olivares tiene la respuesta:
Las 3 dimensiones son el Déjà vu de las prostitutas silentes
que esperan ser penetradas por la locura (p.10)

Y luego, en un arranque de brutal honestidad, nos aclara de una vez por todas la escena a la que asistimos, con nuestros sentidos comprometidos por el vino, la poesía o la virtud, al decir de Baudelaire
La resistencia revolucionaria de la mandrágora
es la sobrevivencia de las luciérnagas en la noche
revoloteando el ÁRBOL DEL AHORCADO (p.10)

Me consta que casi la totalidad de los árboles (vivos y muertos) tienen algo que decirnos. Me consta, además, que no existen las verdades fáciles. Si perseveramos en este descenso me parece que habremos dado un paso adelante en la comprensión de esto, así signifique “Salir a tientas con un cuerpo ensangrentado entre las manos”.
A medida que caemos, en “caída libre”, parecemos aterrizar a cada tanto en diferentes territorios. “La Ciudad Luz”, la “Gran Vía Blanca newyorquina”, el “Reyno de la Carne en Marqueteo”, el “Mar Muerto”, nos derivan finalmente a nuestra “Sudamérica personal, escondida”, y particularmente, a Chile:
Chile es una calle larga de dos pistas,
Una va al cielo, La otra al infierno (p.22)

Es aquí donde yace la raíz de este gigantesco árbol a través del cual nos desplazamos. Aunque los “Eagles” nos canten su “Hotel California”; porque también lo hacen los “ángeles distorsionados” de Alan. Los mismos que parecen susurrarnos los que acaso sean los versos más bellos del poemario:
Sus destinos lo llevan bolsillo atrás del pantalón,
Porque hay monedas en la frente
Como el mapa de tu geografía:
Nos dormimos boca con boca,
Nos inhalamos los pensamientos (p.26)

Los hongos alucinógenos se transfiguran, adoptan la pose de ángeles que siguen haciendo su trabajo. Mientras continuamos nuestro descenso hacia la raíz de este árbol, somos espectadores de destellos extraños y perturbadores, que nos devuelven al mundo, en la forma de realidades paralelas. Es precisamente en una de ellas donde reparamos en el tropiezo del Dios resacoso.
Llueve a cántaros en La Concepción del Nuevo Extremo
y nadie repara en la trizadura de Dios en el ocaso (p.32)

Resulta imposible no acordarse de aquella otra cartografía maravillosa: la de Harris en su Cipango. Si no fuera por los ángeles, pienso, quizás también naufragaríamos en esta ciudad-mar. Dice Muñoz Olivares:
Ahora nos queda el miedo invicto
de besar los sombríos rincones de las calles
aferrados al universo de la memoria
y ajenos a los buses
en un paradero (p.85)

Entonces es cuando caemos en la conclusión de que somos parte de un fantástico ritual. Siempre lo hemos sido, incluso ahora, en nuestro peregrinar por este tronco de un árbol muerto. Pero el viaje a través del cadáver se ha vuelto más que una simple suma de resplandores. Tal vez sea inútil intentar comprender lo eterno, aunque la lucidez a veces pretenda fascinarnos con su lógica y razón. Lo que nos queda es apenas el reflejo de nuestra propia imagen, nuestro rostro proyectado al infinito; nuestro rostro como sinfonía de todos los rostros.
Mi rostro son los rostros del mundo
que vienen a contar la fina embriaguez
de la iluminación (p.103)

Nuestra caída, nuestro viaje a las profundidades del árbol muerto nos devuelve al reino de lo real (¿es realmente real?), con muchas más preguntas que respuestas. Solo me resta volverme hacia Alan para pedirle que imagine una noche como ésta, y que comience a hablarnos en su nombre.



No hay comentarios:

Publicar un comentario