viernes, 2 de septiembre de 2016

LA MALETA




La historia es más o menos así. El tipo caminó hacia su departamento, después de visitar a su madre, que sonrió al verle llegar. La calle Salas estaba a oscuras, y a poco de andar tropezó con una maleta de viaje. Sin pensarlo demasiado, decidió llevarla consigo. Escuchó algunos improperios desde un edificio aledaño. Eran policías, y al parecer acababa de arruinar un procedimiento. Irracionalmente, tomó la maleta y corrió con ella en dirección a Barros Arana.
Una vez en su cuarto, descubrió que la maleta estaba llena de billetes. Parecían legales y estaban ordenados perfectamente en fajos. Al fin algo de suerte, pensó mirando el techo, con grandes manchones de humedad y grietas que permitían ver la espesa bruma que comenzaba a cubrir la ciudad.
De pronto, escuchó que alguien forzaba la cerradura. Recordó que la logia conducía a un restaurante chino. Tenía una oportunidad. Sacó su viejo revolver del velador, tomó el maletín y salió de su cuarto cuidadosamente.
— ¡Suelta esa maleta, hijo de puta, somos la policía! — gritó alguien desde la oscuridad, al tiempo que se oyó un disparo

            Entonces repelió el ataque, y oyó gritar a uno. Bajó las escaleras de la logia usando la maleta como escudo. Tres metros más y lo conseguiría.


             Sintió que un par de balas le rozaban la cara y se creyó perdido. En eso llegó abajo y salió a la cocina del restaurante, donde meseras y cocineros chinos lo miraron aterrorizados. Se preguntó si sus gritos se escucharían igual en Shangai, luego lo olvidó.
Salió a la calle y sólo entonces se percató de que cojeaba: su pierna sangraba abundantemente. Pero no era para espantarse, debía evitar a toda costa irse a negro, lo peor había pasado y necesitaba seguir. Atrás quedaban sus verdugos, los tres años y un día de cárcel por un atraco que nunca cometió, el divorcio de su mujer que lo dejó en la miseria, y la misteriosa desaparición de sus dos hermanos. El bus estaba cerca y tal vez su madre volvería a sonreír.


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